Resuelto el tema de los alojamientos, nos acercamos a Puerto Río Tranquilo, 30 kilómetros más al sur, un enclave junto al lago, donde, como si fueran parte de un enjambre de abejas perdido en tierras remotas, se mueven decenas de vendedores-guías ofreciendo todo tipo de servicios y excursiones, alojamientos, bares, restaurantes y sueños.
Sindy, una chica encantadora y más lista que el hambre, nos vende al instante una excursión (que teníamos prevista en la agenda) a «la catedral» y cuevas de mármol, para mañana, a 120 € cada uno, después de “un generoso descuento”, dice, que, como es nuestro deseo creérnoslo, nos lo creemos.
La tarde está un poco triste y desapacible. Retornamos a Murta envueltos en el polvo que, como una cortina rasgada agitada por el viento, nos persigue durante todo el trayecto por la R7. Y es que, ya, a las puertas del otoño, esta región es la más seca que hemos visto hasta ahora en lo que llevamos de viaje, aunque, paradójicamente, esté sembrada de lagos y rodeada de glaciares y nieves perpetuas.

Nos acercamos a cenar al único bar-restaurante abierto que hay en Murta. Al abrir la puerta, dos docenas de ojos se clavan en nosotros como si llegásemos dispuestos a asaltar el saloon. No hay ni una mesa libre. ¡¿Y estos de dónde han salido!?, parece que se preguntan. Lo que en ese momento se atarean con su cena suspenden en el aire el cuchillo mientras el magro de pollo o el bocado de lomo se les congela en la boca. Solo es un instante; pero es suficiente para que nos demos cuenta de que somos forasteros y ya nos vigilar. ¡Faltaría más! No nos quitan ojo. Acabamos de invadirles y se ponen en alerta ante cualquier sobresalto.
Pero el dueño, que barrunta enseguida el negocio, sale diligente de detrás de la barra y, mientras sonríe y se seca las manos, ensaya reverencias y nos ofrece atención y agasajos. «Vengan ustedes», parece decir, mientras tira de nosotros agitando los brazos. Y así nos conduce a su casa por una puerta lateral para, a continuación, instalarnos en el comedor familiar.
La cena resulta ser una delicia y la esposa del dueño la mar de simpática. Contentos de haber concluido el día así, sin mayores contratiempos, nos vamos a dormir.

Amanece muy nublado y con un tiempo ventoso. Aun así, la excursión a la catedral y a las cuevas de mármol “se mantiene”, nos confirma por teléfono Sindy. Desayunamos y nos vamos a Puerto Río Tranquilo. Las cuatro calles que tiene este enclave turístico, y “la zona portuaria”, son un hervidero de guías y asistentes, secretarias, vendedores y turistas; mochileros, buscones, aventureros… Hay al menos media docena de barcazas dispuestas a partir cuando el viento lo permita. En los restaurantes se reservan mesas para almorzar y se anuncian menús y viandas copiosas para la vuelta de esa excursión que, por lo que se ve, será accidentada pues la superficie del lago General Carrera se riza más y más por momentos, más que la lana de una borrega merina. El oleaje, y con él la espuma, dibujar un cardado blanco infinito mientras los barcos atracados en el muelle bailan como borrachos, mecidos por el viento.

Sindy, mariposa enloquecida, revolotea y nos reúne para que firmemos algunos papeles y paguemos. Después nos equipa: Pantalón impermeable, chubasquero gigante con capucha, salvavidas… Jugamos y reímos al vernos como extraños adefesios o arlequines de un circo. Nos entregamos al juego. Queremos disfrutar y no cabe quejarse ni poner malas caras. Vamos a embarcar, dispuestos a darlo todo, como se suele decir. Nos hacemos fotos… Embarcamos.
El guía, Germán Muñoz, alias Suri, nos presenta a Felipe Uribe, el piloto de la lancha. Suri es un chico ilustrado, sabe de qué habla y cuenta muy bien las cosas. Nos resulta agradable y simpático y no es nada pesado, no. No es uno de esos guías que practican la incontinencia verbal además de inventarse aconteceres y leyendas. Suri nos da información clara y precisa. Y sabe cuándo ampliar un dato o callarse para no marearnos.

La excursión dura dos horas. Visitamos un islote donde hallamos un barco encallado que se dedicaba, en otro tiempo, al transporte de minerales, muy abundantes en esta región; concretamente, en las primeras décadas del siglo XX, cuando había explotaciones mineras en el entorno del lago.
Rodeamos más islotes donde el agua y el viento, durante más de 300 millones de años, han hecho un trabajo de fina orfebrería esculpiendo maravillas. Se calcula que en estos islotes se concentran más de 5.000 millones de toneladas de mármol.

La catedral (el islote más afamado), la capilla, las cuevas abiertas en pequeñas islas emergidas en medio del lago General Carrera, configuran, debido a la erosión, un escenario visual inigualable. Nuestro guía nos orienta: “Ahí puede verse un elefante”. “Más allá, un tigre”. “Mirad, mirad… El perfil de un perro”. “Fíjense bien, que parece un gato durmiendo”. “Un ave del paraíso”. Son juegos, deseos, palabras… Y uno trata de ver lo que no parece que exista hasta que lo ve. ¿O es un invento de la imaginación que responde positivamente al reclamo de Suri? Penetramos en las cuevas. Tocamos los perfiles cortantes de la roca marmórea, admiramos su irisación y el refulgente color chispeante de la piedra en su contacto con el agua. Nos hacemos fotos; muchas fotos. Y el Inquieto, más, muchas más fotos. Hay días, nos cuenta, que hace hasta trescientas, cuatrocientas… Menos mal que al mismo ritmo que dispara selecciona las que considera mejores y al resto las borra.

Cesa el oleaje y desaparecen las nubes. Suri nos comenta que, en lo que se conoce como «la catedral» se celebran muchas bodas. ¿Cómo? Sí, las parejas e invitados se vienen hasta aquí a casarse. Se desplazan en barcos, se colocan delante del islote y se dan el “sí quiero”. Luego brindan, se ríen un rato, se retratan y se van.
La Catedral es una roca marmórea de unos 25 metros de altura que, erosionada por el agua durante millones y millones de años, ahora parece que flota, pues solo está sostenida por las partes más duras, unos pilares.

Y aquí concluye la excursión. En el entorno dejamos a otras barcazas con grupos de turistas disfrutando de las maravillosas figuras y formas que ofrecen las rocas. También a algunos paseando en kayak mientras penetran por entre las laberínticas formas y canales. Nosotros iniciamos el regreso, salimos a “lago abierto” y la barca salta sobre el oleaje como caballo desbocado. Creo que el piloto quiere impresionarnos y acelera hasta el límite. Acelera tanto que yo, que soy de tierra adentro, me agobio y presiento que, en uno de esos saltos, el espinazo del nautilus saltará hecho pedazos. Pero no, como estaba previsto, llegamos sanos y salvo a puerto.

Tenemos mesa reservada en un restaurante para celebrar la aventura. El almuerzo es pantagruélico a base de asado de cordero al estilo patagónico. Una delicia que nos será difícil olvidar.
El segundo día en Murta, tres miembros del grupo (la Inspectora, el Ausente y el Impasible) se van, en una excursión matutina (salen a las cinco de la mañana) al lago de San Rafael con la intención de ver el glaciar, que lleva el mismo nombre, desde primera línea. El viaje, nos cuentan a la vuelta, es más largo que un día sin pan. Aunque regresan satisfechos de la experiencia, porque, a tenor de las fotos y videos que muestran, han tenido la fortuna de asistir en directo a la caída de un bloque de hielo gigante, máximo aspiración de cualquier turista que se apunta a este tipo de excursiones, pues es un fenómeno que no siempre se da. Satisfechos y ufanos, cuentan que han disfrutado de lo lindo a lo largo del día: del barco en el que dieron el paseo, de la comida y bebidas que le han servido a bordo y, como guinda colocada sobre el delicioso pastel del viaje… ¡Ese iceberg que se desprende de la pared del glaciar y estalla con un gran estruendo en el lago, como un gong budista anunciando el fin del mundo!

La pregunta –se me ocurre (sin ninguna maldad)– es saber si no será el dios del Turismo el que programa la ruptura del glaciar para el momento en el que llegan los turistas, entregados y ávidos de emociones, con el fin de justificar el alto precio que les cobran. Porque en Australia, en la barrera de coral, en Caers, a los peces les dan de comer para que no se muevan de allí, además de que con el tiempo se acostumbran y parecen “amaestrados”; y esto para que los turistas puedan fotografiarse con ellos. Y en la selva amazónica, en las inmediaciones de Manaos, el guía te lleva a donde vive la tarántula; más adelante te acerca a la serpiente que está aguardando para levantar la cabeza y saludarte, y, poco después, te conduce a visitar una familia de hormigas gigantes o al árbol dónde copulan dos monos. En Sudáfrica, en cambio, en el Kruger National Park, una familia de leones con sus crías se presenta reunida cada día al lado de un carril de ripio, a donde acude, en turnos de mañana y tarde, una marabunta de turistas se acerca con los todoterreno para hacerles fotos. Todo esto lo han visto mis ojos, aunque no tengo la certeza de que ocurra tal cual lo cuento; puede que mi imaginación sea excesiva y todos los aconteceres extraordinarios que los turistas gozan no sean otra cosa que fruto del azar, es decir, estar en el momento justo en el lugar oportuno. En cualquier caso, el negocio del turismo es tan poderoso y los turistas-viajeros somos tan crédulos y voluntariosos que pueden hacer con nosotros lo que les dé la gana; incluso conseguir que veamos a los burros volar mientras aplaudimos el maravilloso invento.
Los que no vamos al lago de san Rafael viajamos, por nuestra cuenta, a ver otro glacial más cercano, el conocido como el “de los Exploradores”. También queda lejos. Pero el camino que seguimos es tan espectacular que uno no sabe para a donde mirar pues se suceden los ríos, los lagos o las cascadas de cientos de metros que arrancan de las cumbres coronadas por nieves perpetuas. Por todas partes descubrimos picachos y lenguas de glaciares asomando. Y siempre, de tanto en tanto, surgen, al borde del camino, algunas cabañas para que los viajeros que hacen estos recorridos sin prisas, encuentren refugio o un lugar de descanso.
Aparcamos los coches en el centro de interpretación. La funcionaria que nos atiende parece estar enfadada; vete a saber por qué. Quizá no durmió bien anoche, comenta alguien a mi lado. Tal vez la soledad en la que vive, aquí perdida, la tenga perturbada. Lo que está claro es que se muestra desabrida con nosotros. Apenas nos mira. Pagamos la entrada y nos vamos para intentar llegar al glaciar.
Aquí, en Chile, ya lo sabéis, se paga por todo. Hasta por caminar por el monte como el que vamos a explorar que está en el culo del mundo. Comenzamos nuestra marcha adentrándonos por una senda difícil, retorcida, enfangada, que, se supone, nos lleva a la lengua del glaciar que muere en una laguna enfangada, la morrena, en la que se mezclan el hielo, el barro y las rocas acumuladas durante millones de años para que le fruto del deshielo desemboque en un río caudaloso y rugiente.

Son más o menos cinco kilómetros los que hemos de hacer, entre ida y vuelta. La senda exige destreza y concentración si uno no quiere rodar por los suelos. Hay multitud de raíces retorcidas que actúan como trampas dispuestas a atraparte por los pies al menor descuido; pendientes resbaladizas, escaleras irregulares y pasarelas, rocas que has de esquivar… Desde el mirador que corona el recorrido se expande el horizonte hacia el norte, con una masa de hielo inabarcable, imponente, que se pierde valle arriba entre nubes y la bruma hasta abrazarse a las cumbres.
A la vuelta decidimos detenernos en un hostal que habíamos descubierto al pasar, en la ida. Un lugar misterioso, escondido entre el enramado del bosque, regentado por “una extraña pareja” –he leído en algún sitio– que, por el aspecto que muestran en las fotografías que circulan por Internet, invitan, una vez más, a este autor a dar rienda suelta a sus fantasías.

Me imagino a estas dos personas huida de un país remoto, ausentes ya del mundo, con dos, tres… Vete tú a saber con cuántas vidas vividas ocultas. Y una de ellas, con la complicidad de la otra, dedicada a celebrar rituales y sacrificios de sangre, en honor de los dioses antiguos, para los que necesita extraer el corazón de sus víctimas; esos incautos viajeros-turistas que se asoman a su albergue de tarde en tarde. Podrían ser vampiros, ¿por qué no? Vampiros herederos de Drácula, huidos de los Cárpatos, y hoy instalados en uno de los parajes más remotos del Chile austral que hemos conocido hasta ahora. O simplemente son sacerdotes reencarnados, dedicados a honrar algún dios sanguinario.
Ya imagino a un par de ninfas mochileras entrando confiadas al salón que le ofrece Gertrudis, la dueña, soltar sus pertenencias ante el agasajo y cariño que les dan, y, dejándose caer, agotadas, en las butacas que rodean al fuego, preguntar si hay una habitación disponible. “¡Por supuesto que la hay!”, le responde amablemente Gertrudis, relamiéndose mientras se acicala las greñas y aviva el fuego removiendo las brasas con un recatón.
Lo que ocurra o no a lo largo de esa noche, ya lo dejo al albur del lector o al arbitrio de lo que quiera imaginarse el viajero o enfebrecido turista que lea estos textos.

No, no bata ya de desvarío. La realidad, según cuentan las crónicas, es muy distinta. La pareja entrada en años, y bastante mugrosita por cierto, seguramente por vivir aislados del mundo, es que son dos personas amables y acogedoras que ofrecen generosamente lo que tienen y celebran con una cena de gala la estancia de cada viajero que les llega.
Pero, ¿qué quieren? Uno no puede sustraerse a imaginar… Uno tiende a la ensoñación con frecuencia y en los sueños cabe cualquier cosa.
Por lo que fuese, en el último momento decidimos volver de un tirón a Puerto Río Tranquilo y regresar a las cabañas que tenemos alquiladas en Murta. De este modo, damos por concluida la excursión. Sólo paramos unos minutos en el cementerio Berrocal, un recoleto recinto al lado del camino, en el que las tumbas son casitas en miniatura reproduciendo el hogar que habitaron los muertos de esta familia. Tanto nos sorprendió que hicimos fotos.
Dentro de las casas-tumbas se guardan los recuerdos y algunos objetos que pertenecieron en vida al difunto. Algo curioso, ¿no es cierto? Antes habíamos pasado por el cementerio Jaramillo, menos pintoresco, pero también familiar.
Una vez más, no puedo dejar de pensar en aquellos pioneros que llegaron aquí desde sabe Dios donde, de Europa central, de Inglaterra, de Italia, de Siria o de España, ¿qué más da? para comenzar una vida que ahora tiene en “su” tumba-casita su refugio para toda la eternidad. Lo de “cementerio familiar” se explica, supongo, porque en muchos kilómetros a la redonda no había más colonos que la familia en cuestión, y que a medida que iba multiplicándose y fallecían sus miembros, tenían, lógicamente, que tener su cementerio.
Regresamos a Murta y nos ponemos enseguida a organizar la jornada siguiente. De acuerdo con los planes, la próxima etapa concluye en Caleta Tortel, 267 km más al sur todavía. El viaje será duro pues la mayoría del trayecto está sin asfaltar.

(Continuará)
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La foto de portada muestra la que se conoce como «la catedral de mármol». «A ella acuden enamorados con sus invitados para el ritual de casarse», nos cuenta Siri.
Qué maravilla de lugares y qué bien nos los describes. Impresiona!!!!
Estáis en otro planeta? Que maravilla. Mugrositos. Me suena….