A las 6,30 estamos ya en pie. Y a las nueve en punto nos colocamos delante de las recién abiertas taquillas del parque nacional Coyhaique. Hemos llegado los primeros. Tenemos prisas y ansias por patear esta reserva ecológica y subir al pico Cinchao. Por delante, una ruta de 20 km en un camino circular que acumula 1.200 metros de subida hasta alcanzar la cumbre del cerro de 1.361 metros.
Coyhaique, situado a 310 metros sobre el nivel del mar, cuenta con 58.000 habitantes; es la ciudad más poblada en cientos de kilómetros a la redonda.

Emprendemos la marcha por un bosque abigarrado de pinos enormes. Pura repoblación. A comienzos del siglo pasado los colonos quemaron estos valles y montes para obtener «zonas verdes» de pasto para su ganado. Se quemaron más de 4 millones de hectáreas y algunos incendios permanecieron activos más de un año. Hoy, el bosque por el que se abre el sendero que estamos ya subiendo está literalmente alfombrado con restos de aquellos incendios. Aun así, su belleza subyuga; el paisaje impresiona por la majestuosidad que aún conservan los troncos abatidos por el fuego; son como túmulos funerarios; monumentos de homenaje a los árboles que sobrevivieron; esos colosales gigantes que aún permanecen en pie.

El camino trepa como una serpiente, reptando y retorciéndose; en muchos momentos la inclinación es superior al 40%, pero se sube muy a gusto pues está bien trazado. Con calma y paciencia vamos allá.
Atravesamos ecosistemas muy distintos según la altitud, una flora adaptada al terreno y al desnivel. El bosque más sorprendente es el que nos encontramos casi al final, antes de salir a una ladera desnuda, donde ya solo hay piedras y algunos neveros. Se trata del árbol lenga. Al pasar por en medio de este grupo de árboles, el sol que se filtra entre ramajes y troncos configura un cuadro surrealista, extraño, y un tanto fantasmagórico; cada árbol aparece revestido de líquenes que el viento acaricia como si fueran miles de melenas sueltas al viento.
Arriba, en la cumbre, nos recibe la ventisca. Por eso, a pesar de que el sol luce espléndido, permanecemos por allí poco tiempo. Nos compensa del frío la visión circular de los Andes; una panorámica que embelesa, de 360º, donde los picachos nevados se extienden hasta el infinito. Tanta belleza apabulla y nos congratula del ímprobo esfuerzo que algunos hemos hecho para hollar lo más alto y llevar a buen puerto este reto.

El descenso lo hacemos muy rápido, aunque es fatigoso por lo largo; varias horas bajando no es la mejor medicina para las sufridas rodillas. Al final llegamos al lugar de partida sobre las cinco de la tarde; unas ocho horas subiendo y bajando en total, para, pensamos, conseguir un regalado –el de alcanzar una cumbre– que nos hace sentir que, haciendo montaña, se vive mejor. Por experiencias como esta viajamos.

De vuelta a las cabañas, algunos decidimos pasar por el pueblo, conocerlo y acercarnos a comprar en el súper. Nos sorprende el bullicio que hay en las calles del centro y los atascos en la zona comercial. Las calles, dibujadas en cuadrícula como todos los núcleos urbanos que nos hemos encontrado hasta ahora, cuentan con amplias aceras y zonas de jardín y arbolado. Coyhaique es una ciudad de servicios, con numerosos restaurantes y espacios para el ocio. En el supermercado Unimar, similar a tantos otros y tan enorme como los de las grandes cadenas que operan en los países de occidente, se nos muestra lo que es la globalización más absoluta, ya irreversible. Cualquiera de los productos que Unimar nos ofrece podrían encontrarse, seguro, en un súper de cualquier otro lugar del mundo, no importa de qué marca, pero sí equivalentes. Por ejemplo, el paquete de galletas Oreo que tengo ante mis ojos ahora, podría tenerlo delante si estuviera en Mongolia, que, como se sabe, es ahora mismo la antípoda del rincón del mundo en el que estoy. Mongolia es el país que se encuentra en el globo terráqueo en el lado opuesto de esta región de Aysén.
El segundo día en Coyhaique nos lo tomamos de asueto; bueno, algunos, porque la consabida vanguardia de exploradores que llevamos en el grupo (el Inquieto, el Wikipedia, el Azogue y el Rastreador) han decidido subir al cerro de El Fraile. Ellos son incansables y, siempre ufanos, no pueden permitirse dejar explorar un solo rincón de este territorio. El resto del grupo nos dedicamos a pasear por el pueblo y empaparnos un poco de su idiosincrasia y costumbres.

Y en este caminar a paso de recreo descubrimos en una gran plaza el Monumento al Ovejero. Se trata de un grupo escultórico con rebaña de ovejas, perro y pastor incluidos (bastante kitsch, por cierto) ubicado en una de las intersecciones principales del pueblo. El monumento parece que tiene gran fama si nos atenemos al número de visitantes que encontramos haciéndose fotos en él. El grupo escultórico homenajea a aquellos pioneros, primeros pobladores de estas tierras, que dedicaron su vida y energías al desarrollo del negocio basado en la cría de ovejas, aunque para ello tuvieron que quemar, como ya he comentado, los bosques, arrasando millones de hectáreas de foresta.
La tarde discurre tranquila, volvemos a casa y en esto me encuentro al hijo del dueño esparciendo semillas de flores por la pradera delante de las cabañas. “¿Qué hace usted?”, le pregunto. “Estoy esparciendo semillas para cuando pase el invierno”, me responde. “¿El invierno? Aquí nieva mucho, supongo”, le digo. Y me explica que antes sí. “Hasta ocho metros de nieve podía acumularse en vaguadas o en algún ventisquero, pero eso pasó. El tiempo ha cambiado tanto en los últimos años que ahora casi ni nieva”, resume. Y percibo en él cierta pena. ¡Uf!, parece que el cambio climático es más que global. Se me antoja que avanza de prisa y puede ser aterrador.

La estancia en Coyhaique concluye y partimos rumbo a Puerto Murta, 194 km más al sur. El día amanece lluvioso. Retomamos la Austral R7 con tráfico lento e intenso, algo que hasta ahora no habíamos sufrido desde que salimos de Temuco. Las nubes bajas ocultan paisajes y cumbres. Los picachos se asoman, de tiempo en tiempo, aquí y allá sin previo aviso, a socaire del viento. Llueve. Llueve intensamente y la carretera, asfaltada en este tramo, es una cinta brillante que de pronto se queda vacía, sin tráfico, pues camiones y coches se desvían a Balmaceda, donde hay aeropuerto, en las inmediaciones de la frontera argentina.

La R7 sigue jalonada de ofertas para pernoctar o quedarse unos días y hacer excursiones. Son cabañas de todos los colores y formas. En grupos o solas, grandes y pequeñas. La sensación es que en torno a la austral hay cientos de proyectos de desarrollo turístico. No vemos pueblos, pero sí continuas propuestas de descanso y carteles con senderos que llevan a lagos o a las cumbres. Durante un par de horas, la lluvia lo impregna todo sembrando el camino de misterios.
Pasamos angostos cañones, más lagos, muchos ríos y puertos de montaña donde la ruta, de ripio, resulta peligrosa y resbaladiza. Aun así agradecemos que llueva pues nos libra de ese polvo que siempre se levanta en los tramos secos. Uno de nuestros objetivos, a mitad de jornada, es subir al macizo de Cerro Castillo, de 2.675 metros, a 95 km de donde hemos partido. Mas al llegar a la villa que da nombre al monte, la borrasca ha echado el anclada en su entorno y no se ve un pimiento. La lluvia y el viento arrecian otra vez; pero nuestros exploradores se empeñan en hacer la excursión y se acercan a la entrada del parque nacional; el resto nos damos la vuelta y desistimos del intentarlo. Quizá, si en el programa que apenas esbozamos del viaje, hubiésemos previsto pernoctar en Villa Castillo, tal vez hubiese habido suerte, y, al día siguiente, hubiésemos podido subir. Pero la reserva para pernoctar esta noche la hemos hecho en Puerto Murta, 100 km más al sur; kilómetros que hemos de hacer todavía por un carril sin asfaltar.

Visto desde el pueblo, el macizo de Cerro Castillo es una tentación para un montañero y un espectáculo visual para el viajero que solo desea mirar. Sus afiladas agujas de roca, recubiertas parcialmente de hielo, negras como el pedernal, alineadas de norte a sur, con un torreón central y varias torres en su entorno, impresionan. Sin embargo, es un macizo que solo ahora empieza a conocerse. Hasta hace poco tiempo, quienes venían por la región a escalar o simplemente a hacer senderismo, preferían desplazarse a las Torres del Paine o a Chaitén. Hoy ya no, el Parque Nacional Cerro Castillo se ha convertido en un atractivo turístico de primer orden. La pequeña villa es su centro neurálgico y el trajín de turistas y mochileros es cada día mayor; prácticamente la actividad montañera dura todo el año.
Al grupo de exploradores los perdemos después de que sopesasen si subían o no a Cerro Castillo. Cuando decidieron no hacerlo, se fueron a por nuevas aventuras hacia Puerto Ibañez por la X65, la carretera que va hacia Argentina. Puerto Ibañez, 800 habitantes, tiene cierta importancia comercial pues opera como puerto fluvial en el lago que comparten ambos países (“General Carrera” es el nombre de la parte chilena y “Buenos Aires” el de la parte argentina). Este lago es el segundo mar grande América del Sur; un mar interior con más de 200 km de largo y numerosas bifurcaciones y ensenadas a modo de lagos anexos, siempre rodeado de espectaculares montañas.

El resto del grupo continuamos el viaje, durante bastantes kilómetros, remontando junto al cauce del río Ibañez. Luego, tras pasar de vertiente, la R7 se ciñe al río Murta siguiendo su curso hasta su desembocadura en el lago General Carrera. La lluvia, constante y pertinaz, apenas nos deja admirar el paisaje que, a retazos, entre claro y claro, nos muestra los campos de hielo colgados de las nubes.
A Murta llegamos poco después del mediodía. La primera impresión es la de haber caído en un lugar triste; más triste que un día sin pan. La aldea, ubicada junto a la bahía que conforma la desembocadura del río con el lago, carece de interés y encanto. Localizamos los alojamientos: endebles, viejos, bastante descompuestos… Decidimos esperar a que los exploradores llegasen antes de distribuir cada cama. ¡Y llegan! ¡Vienen eufóricos, tan contentos cantando sus hazañas! Contento que desaparece en su semblante ipso facto cuando se les cuenta el posible reparto de cabañas, no confirmado todavía, es cierto, pues, como apunta el Conseguidor, para hacer el reparto efectivo “lo correcto es que todos estemos presentes”.
Y estalla la tormenta, ¡el cisma! Algo normal si se piensa bien. Normal en un grupo tan amplio que lleva dos semanas conviviendo. El conflicto se plantea, en realidad, entre lo que podríamos llamar “de justicia” y lo que es más “asunto de emociones”, diría yo. Cada cabaña cuenta con dos habitaciones; una, con cama de matrimonio y la otra con varias camas individuales o literas. No sé cómo ni por qué, alguien propone que sean los matrimonios los que ocupen las habitaciones matrimoniales en este caso y el resto, los singles, nos acoplemos a ellos. Pero el Wikipedia dice que no (con razón, pienso yo) alegando que si hasta ahora habíamos convivido en armonía y como grupo perfecto los cuatro (el Impaciente, el Rastreador, el Wikipedia y quien escribe –conocido por el Coloradito por mor del Conseguidor–), no hay razón para que se modifique el reparto. “Creo que tenemos derecho a una cabaña para nosotros solos”, sugiere.

La Riñona reparte argumentos para todos los gustos y enciende el barullo con vehemencia mientras la Inspectora se coge un rebote de padre y muy señor mío, al tiempo que se enfada y hace pucheros. Ella, precisamente, que todo lo inspecciona con sapiencia y criterio, que lo quiere saber todo en ese afán tan suyo, desbordado, de curiosa que tiene, no entiende por qué ha de dejar la cabaña donde ya se ha instalado para “deshacer” lo decidido (no se olvide) sin consenso.
Afortunadamente las aguas vuelven a su cauce enseguida, la discusión no va a mayores y en unos minutos ya estamos todos instalados de nuevo sin más contratiempos.
Los viajeros sabemos que la clave para que funcione un viaje es comprender, aceptar y ceder. El reparto se ha hecho como lo hemos hecho siempre, aceptando el razonamiento de los singles (defendido, sobre todo, por el Wiki) y así y por ahora todos contentos otra vez.

(Continuará)