Chile, buscando el sur
7. Del glaciar Yelcho a el Queulat
y un pudin que quita el hipo

Los alojamientos nos sorprenden para bien. Son dos cabañas muy nuevas, amplias y robustas. Están en una huerta, entre árboles, y disponen de grandes ventanales; también están bien equipadas.

               Las tres parejas ocupan la primera cabaña y los “solteros” la otra. En cada una hay un dormitorios con dos camas y dos sofás-cama en el salón. Sorteamos los sofás-camas para que nadie se moleste. La suerte está echada y el resultado nos parece bien a todos. A mi y al Wikipedia nos toca compartir el dormitorio; sonreímos pues pensamos que el buen entendimiento que tenemos nos trae suerte.

En la inmensidad de la playa./ Foto JM
En la inmensidad de la playa./ Foto JM

              Nos acercamos hasta el pueblo y buscamos un restaurante para almorzar. La Junta, como otras pequeñas localidades por las que ya hemos pasado, tiene aspecto de villorrio improvisado y de tránsito. Núcleo de frontera. Cruce de caminos. Fundada en 1963, apenas cuenta con 900 habitantes. El casco urbano ha sido diseñado en cuadrículas con calles paralelas, que se cruzan perpendicularmente. La mayoría de las casas parecen sencillas; todas son de madera. Tienen un pequeño jardín por delante o un porche y un recinto a modo de corral, trastero o huerto en la parte de atrás.

              Cuando llegan a estos pueblos, los viajeros hacia el sur solo buscan acomodo sin importarles el confort demasiado. Para una noche o dos que van a estar aquí –quizás, alguien se quede una semana– y visitan las maravillas que ofrece la naturaleza de la zona, no se necesita demasiada comodidad en el alojamiento. Lo importante es seguir con la aventura.

Una vista muy particular del glaciar Yelcho./ Foto./Foto PT
Una vista muy particular del glaciar Yelcho./ Foto./Foto PT

              Lo mismo haremos nosotros; en los dos días completos que vamos a pasar en La Junta tenemos previsto recorrer el sendero del ventisquero del Yelcho, en el parque nacional Corcovado y el ventisquero Queulat, en el parque nacional del mismo nombre. Es decir, asomarnos a ver los glaciares –aquí los llaman ventisqueros– del Yelcho y el Queulat.

              Pero acabamos de llegar y estamos pendientes del almorzar.  Caminando, a la entrada del pueblo, nos encontramos con el restaurante La Junta Delivery. ¿Para qué darle más vueltas? Seguro que no hay mucho más donde elegir. Pedimos platos autóctonos. Chupe de Jaiba, sopa zapallo… Algunos, menos curiosos y no tan interesados por la gastronomía, degustamos un solomillo de ternera excelente. Todo acompañado con unas cervezas del país; la Austral es una de las más apreciadas por aquí. Aunque hay otras muchas, tanto locales como de importación.

              Después, por la tarde, nos dedicamos a asentarnos en las cabañas que, por ahora, nos complacen, a recorrer el entorno y a preparar el programa previsto para el día siguiente.

              La excursión al mirador para ver el ventisquero del Yelcho, como la mayoría que hemos hecho a lo largo del viaje, discurre por un sendero acondicionado por los cuidadores del parque para que todas las personas que quieran intentar llegar hasta el final lo consigan. Esto no quiere decir que no tenga dificultades el camino (barro, raíces, acentuados desniveles, socavones…), pero, en general, está habilitado para que todo el mundo pueda recorrerlo, aunque sea a paso de tortuga.

              A partir del mirador ya se complican las cosas. Se puede intentar seguir hasta los pies del glaciar, si uno así lo desea, o hasta donde el cuerpo aguante; pero eso ya es por cuenta y riesgo del montañero avezado y la disposición que tenga para abrirse camino, además del tiempo con el que cuente. Algunos de nosotros lo intentamos; pero pronto nos damos la vuelta porque, además del inconveniente selvático de tener que abrirse paso a machetazos, tenemos que cruzar varias veces un río. Después de pensarlo mucho, desistimos. Pero, aun así, la experiencia de llegar hasta el mirador del Yelcho merece la pena. Son seis kilómetros de naturaleza en estado puro hasta la plataforma del mirador. Árboles que, aunque llevamos días viéndolos, no nos cansamos de admirar ni dejan de sorprendernos; plantas como las nalcas, con sus hojas-parasoles gigantes, bajo las que pueden protegerse varias personas a la vez.

Siempre exuberancia, vegetación y agua./ Foto PT
Siempre exuberancia, vegetación y agua./ Foto PT

              Avanzar por estos caminos abiertos entre la vegetación por los operarios de los parques nacionales chilenos es como penetrar en un cuerpo extraño y desconocido, del que se desconocen los límites, y en el que los fluidos del bosque se expresan por el canto del agua que corre por todas partes, con el trinar de los pájaros o mediante la sinfonía de los vientos batiendo los árboles. Nada hay más integrador ni más sano, nada hay más profundo ni más auténtico, que esta simbiosis del ser humano inmerso en la naturaleza practicando un esfuerzo para alcanzar las metas que uno se ha marcado.

              Como casi siempre, la excursión concluye demasiado pronto para una parte del grupo, que siempre quiere más. Algunos se quedan comiendo el bocadillo junto a donde hemos dejado los coches. Otros preferimos emprender el camino de regreso a la Junta y por la carretera buscar algún lugar para almorzar. Por azar paramos en un restaurante, Entre Mañios y Coigües, Comida casera, ubicado en medio de la nada, en las inmediaciones del río Frío. Nos atiende el hijo de la dueña que es originaria del lugar, aunque la familia reside en Santiago, donde él estudia derecho. Pasan los veranos en este lugar perdido del mundo, nos cuenta, y “mi mamá”, añade poniéndose tierno, “cocina”. En invierno regresan a Santiago.

El alerce podría compararse a las secuoyas./ Foto AL
El alerce podría compararse a las secuoyas./ Foto AL

              La comida, casera, a elegir entre carne y pescado, resulta sabrosa y abundante. Correcta. Sencilla. Al irnos Mamma-Guagua y yo compramos un pan hecho por la “mamá” del “mesero”, y en mi caso añado un gran pastel de pudin de manzana (¡que quita el hipo!) con pinta de chuparse los dedos, que, pienso, puede endulzarnos la tarde en la cabaña, cuando llegásemos.

              Tal como habían comentado, los intrépidos e impacientes: el Rápido, el Wikipedia y el Rastreador deciden subir a otros montes, visitar otros lagos y fotografiar otras cascadas. Los demás regresamos a ese alojamiento que hoy sí nos complace, y que hemos reservado para tres días.

              Como siempre que la excursión lo permite, sesteamos un buen rato o nos entretenemos leyendo (unos), llamando por teléfono (otros) o jugando a las cartas el grupo habitual de las timbas.

Los misterios del bosque y esos arboles gigantes./ Foto JM
Los misterios del bosque y esos arboles gigantes./ Foto JM

              El segundo día en la Junta hacemos la excursión al ventisquero Queulat. Esta es, sin duda, la más interesante que hasta ahora hemos hecho. No solo por el trazado de la subida, que es espectacular, sino, también, por la belleza del paisaje que uno va encontrándose. Al final del trayecto, la postal que se ofrece a la vista desde el mirador habilitado tiene fama; de hecho, el lugar convoca a masas de excursionistas. Precisamente, nada más iniciar el recorrido nos vemos envueltos en un atasco. Apenas hemos iniciado la subida del sendero cuando, por delante, nos topamos con los ocupantes de un autobús, por más señas nativos, que, pese a su edad avanzada y aspecto achacoso en bastantes casos, se les ve muy jolgoriosos y disfrutando. Eso sí, no tienen ninguna prisa en avanzar; lo suyo es recrearse y mirar, manifestar su asombro, hacerse fotos. A cada paso se paran y se invocan unos a otros. El atasco crece… Y aún se agrava más al llegar a un puente colgante por el que solo se puede pasar de uno en uno. El puente, de frágil estructura, se bambolea demasiado para algunos generándoles inseguridad, hilaridad y, en algún caso, terror.

              Y para más contrariedad, el río Ventisquero, caudaloso y rugiente, muestras sus garras bajo el puente, amenazando con tragarse a todo aquel que caiga engullido por la espuma.

              Los domingueros miran hacia abajo de reojo desconfiados; no solo sufren al pisar sobre las tablas inestables, sino que, una vez que comprenden que no hay ningún peligro, cambian de actitud. Se relajan, adquieren confianza y se vienen arriba; para colmo, se paran en medio –algunos sonríen exultantes y sacan pecho– y se ponen a pedir a gritos que les haga todo el mundo fotos.

Siempre presentes, las montañas con sus cumbres nevadas y el mar./ Foto JM
Siempre presentes, las montañas con sus cumbres nevadas y el mar./ Foto JM

              La cola va alargándose hasta perderse entre los árboles. Y los que solo aspiramos a seguir hasta el mirador (ninguno del grupo excursionista tiene pensado ir mucho más lejos de donde están ahora, sospecho) comenzamos a impacientarnos. Mas todo pasa, verdad, pues no hay atasco que cien años dure y al final continuamos nuestra subida al glaciar sin otros contratiempos; al ventisquero, que así llaman a los glaciares por aquí.

En el reino de los hielos perpetuos./ Foto AL
En el reino de los hielos perpetuos./ Foto AL

              Si se está en forma, subir es siempre una delicia. Poco a poco, zigzagueando por una interminable e irregular escalera, el sendero remonta entre bosques milenarios al encuentro de la luz del glaciar. Son varias horas de esfuerzo y mil ansias de ver esa mole de hielo que, como un desesperado asomándose al abismo, se deja caer lentamente durante millones de años ya, mientras decenas de hilos de agua y cascadas vuelan por el precipicio generando nubes de vapor y espuma que, apenas unos kilómetros más abajo, se amansan en un lago.

              El balcón que los conservadores del parque han habilitado permite tener una visión casi perfecta del ventisquero. Después del esfuerzo para llegar aquí arriba, tomar un refrigerio mientras se contempla este espectáculo de la naturaleza es un privilegio solo al alcance de los dioses. De los dioses y de algunos mortales, como esta docena de locos, que no tienen miedo ni reparos en someter sus cuerpos septuagenarios al reto de explorar lo desconocido.

              A la vuelta, como es ya habitual, el grupo se dispersa y cada coche tira por su lado. Nosotros decidimos llegar a Puyuhuapi, un pueblito similar a La Junta, de apenas 600 habitantes, pero con aparente más vida y ambiente turístico, pues está al borde del mar y cuenta con un pequeño helipuerto. Almorzamos en uno de sus restaurantes y después paseamos por las cuatro calles del pueblo, entre casitas aseadas con sus jardines recoletos. También hacemos fotos de recuerdo; entre ellas, una de esas que tanto celebran los turistas cuando se encaraman al rótulo de letras gigantes –P U Y U H U A P I– pintada cada letra de un color. Una foto que alguien subirá a Internet para que quede constancia de que estuvimos allí.

En el pueblo de la Junta (Chile) al atardecer./ Foto JM
En el pueblo de la Junta (Chile) al atardecer./ Foto JM

(Continuará)

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La foto de portada es de Alfonso Lasso

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