Después de seis horas y 148 km –incluidos los dos tramos que se hacen en barco, una especie de puente permanente, con varios transbordadores que rotan–, la carretera austral llega a Chaitén.
Las nubes se abren a nuestra llegada y aparece la hermosa bahía rodeada de montañas, sobre las que destaca el volcán con el nombre del pueblo. Al fin luce el sol. El cielo es de un azul transparente y la luz liquida nos envuelve; nada nos hace pensar en el diluvio que comenzará unas horas más tarde.
Chaitén ocupa una extensa explanada al borde del mar, urbanizado en amplias cuadrículas (“cuadras”), planificadas de nuevo hace dieciocho años, a partir de que el volcán entrase en erupción en 2008 y dejase al pueblo literalmente enterrado en cenizas. Cuenta con unos 6.200 habitantes y parece un lugar próspero, teniendo en cuenta lo lejos que está de todo y lo poco habitada que se ve la región. Es lugar de paso. Por aquí transitan muchas de las mercancías que llegan a estas tierras de hielos perpetuos; y también una gran parte del trasiego turístico que busca los confines del sur. Hay restaurantes, cafeterías, supermercados… Y una lavandería en la que hacemos nuestra primera colada después de una semana de viaje, a razón de 3.500 pesos por kilo de ropa lavada y seca.

Las casas son de madera, de una sola planta la mayoría. De aspecto endeble, pero, una vez dentro, se ven confortables. La gastronomía, dicen las guías en alusión a este pueblo, mezcla lo autóctono con la cocina más actual (hamburguesas, chips ad chips, sushi), esa “cocina” que «viaja» con el turismo allá donde va. Nosotros degustamos una sabrosa merluza (doy fe) y una carne de ternera que se deshace en la boca. Pero, como somos doce, hay paladares para todos los gustos y siempre surge aquel comensal que se arriesga a probar lo más estrambótico e insólito que aparece en la carta; el plato más tentador y extraño de los que le enumera la mesera. Un zapayo italiano, fue lo que prefirieron algunos compañeros; que no es otra cosa que una calabaza pequeña decorada al “estilo Halloween” rellena de carne y arroz gratinada con queso. Aunque hay otros platos por aquí de recia sonoridad y contenido sugerente, con excelentes sabores patagónicos, como sopaipillas o las empanadas de pino.

Como predice el pronóstico, Chaitén amanece bajo la manta de un diluvio. Estamos alojado en el hotel “Mi Casa” y, ante tal tempestad, dan ganas de no levantarse de la cama. Cae agua como si las cañerías del cielo hubiesen reventado. Llevamos viajando hacia el sur 1.288 kilómetros ya, desde que dejamos Santiago, y no es cuestión ahora de darse la vuelta, verdad. De modo que nos armamos de paciencia y desayunamos con calma. El desayuno es bastante ramplón y en ningún caso responde al precio pagado por el alojamiento en este rincón del culo del mundo; 105 € por una habitación doble.
Teníamos previsto para hoy subir al volcán, pero esperando a que cese la lluvia se nos va la mañana. Por más que observamos las nubes, solo vemos negrura; llegan remolinos de viento a oleadas retorciendo los árboles y, por momentos, el ciclón amenaza con levantar los tejados y romper ventanales. De modo que cada uno aprovecha el tiempo a su modo: unos juegan a las cartas y otros repasan las fotos que han hecho hasta ahora, leen o estudian los mapas y excursiones previstas. Internet, en estas circunstancias, es también un recurso eficaz para combatir el impasse que impone el mal tiempo.

Pero veo a más de uno retorcerse nervioso en su asiento; le agobia el encierro. Son varios ya los que se revuelven, inquietos, en los butacones de la sala de estar del hotel; miran a fuera como zorros enjaulados. El Inquieto, el Azogue, el Wikipedia y el Rastreador se levantan de pronto –“¡No aguanto más!”, exclama uno de ellos!– y deciden desafiar la tormenta y subir al volcán. Se pertrechan, cogen un coche y se van. El resto, una hora más tarde, en el momento que parece que escampa, nos armamos de paraguas y salimos a pasear por el pueblo –desértico y con muy poca gracia– mientras buscamos un restaurante para el rito del almuerzo. Es mediodía y la tormenta se aleja; aunque quizá vuelva.
Paseamos junto al mar, hacemos fotos de recuerdo y otra vez irrumpe sin avisar la ventisca y las trombas de agua llegan a oleadas desde el sur, obligándonos a buscar con urgencia refugio. Miramos a lo alto y allí, todavía, las nubes son espesas madejas pegadas como lapas al paisaje. El volcán Chaitén sigue cubierto; ni asomo de la cumbre.
El almuerzo, como fuera ayer la cena, resulta muy agradable, aunque los precios, como he comentado, siguen pareciéndonos precios para gringos o para ricos europeos.

De vuelta al hotel, en una cafetería con muy buena pinta, tomamos una infusión y un pastel. Luego, ya en casa, dedicamos la tarde a vaguear. Hemos asumido, tranquilos, que hoy es día de asueto y somos obedientes con el tiempo que nos condiciona los planes; tenemos muy claro que esto también forman parte del viaje.
Los cuatro aguerridos compañeros que salieron escopetados para subir al volcán regresan muy contentos y felices. ¡Y chorreando! Nos cuentan que han sorteando riadas y barro, que se han peleado hasta la extenuación con el viento y que no han visto nada o casi nada debido a la niebla. Pero vienen con la moral por las nubes, eso sí, y empapados hasta los huesos como se podría suponer. Arriba, comentan, no se veía ni a un burro a tres pasos. Pero han conseguido hacer cumbre y están satisfechos. Ahora les toca recuperar su cuerpo maltrecho, hacer la colada, y normalizar la temperatura corporal antes de que el gusano del frío les ataque. Las fotos que muestran son espectaculares; alguna se me antoja tenebrosa. Troncos gigantes, calcinados por el fuego en 2008, cuando entró en erupción el volcán, que permanecen enhiestos como intemporales esculturas. Y ellos, en las fotos, jugando a hacer arte a contraluz o aprovechando las sombras, abriendo los brazos, saltando, retorciéndose y provocando el alivio a tanta emoción por haber alcanzado el objetivo en medio de la tempestad. Y todo rodeado, inmerso en un escenario de niebla, habitado por una infinita soledad y los campos de hielo.

El desayuno del segundo día en el hotel Mi Casa resultó igual de escaso que el servido el primer día: demasiadas cosas dulces (tarta de frambuesa, yogur azucarado, cereales, mermeladas) y muy pocos productos salados (apenas una loncha transparentes de queso por persona y otra igual de fina de salami) Como somos doce y hablamos muy alto –pienso que debido a la incipiente sordera que adorna a más de uno– copamos la sala-comedor en todos los órdenes, tanto sonora como físicamente. El dueño, un irlandés ya entrado en años que, vete tú a saber cómo y por qué recaló en este paraje, nos mira de reojo, un tanto abrumado y resignado a la vez. Supongo que entiende los comentarios negativos que hacemos sobre el yantar. Pero no dice ni mu. Nada. Se hace el sueco… aunque es irlandés.
En el exterior la lluvia cae, no cesa, aunque es menos intensa que ayer; ahora, las nubes, parece que juegan a engañarnos: salen y se esconden. Tan pronto luce el sol como vuelve a nublarse.

Cargamos las maletas y remprendemos la marcha por la Austral R7 en busca del nuevo destino en el pueblo de La Junta, 143 kilómetros más al sur. Este lugar, en el que pasaremos tres noches, no es el que teníamos previsto recalar, pero no hay más remedio, todavía es verano y los alojamientos escasean. Ni siquiera en los confines del mundo es hoy sencillo encontrar hospedaje para doce personas en cabañas. De modo que aquí estamos, en ruta de nuevo, yendo hacia lo desconocido.
El día, inclemente, parece ir a peor; en este momento, el tiempo es tan desapacible que duele. Nubes, lluvia, viento, frio… Nada más salir de Chaitén, el Rastreador nos anuncia la primera parada que hay prevista. En su cuaderno de bitácora ha anotado una cascada y el recorrido de un pequeño sendero. Ya sabemos que con él todo lo que albergue interés podremos verlo; cada día nos ilustra con todas las posibles visitas, rutas, senderos, cascadas, miradores, lagos, ríos, glaciares y etcéteras que pudieran despertar nuestra curiosidad. Es una suerte tenerlo con nosotros.
La lluvia arrecia. Pero, tras dudarlo unos minutos, y después de consultar con la persona encargada de la vigilancia de la entrada al Parque Nacional Pumalín Douglas –así se denomina el parque en el que estamos– quitamos la cadena que impide el paso y avanzamos por la carretera de ripio hacia el sendero Ranita de Darwin. Caen chuzos de punta, ¡santo cielo! Cada vez llueve más. Sin embargo, las ansias de algunos por caminar, como las que tienen el Impasible, el Wiki y el Rastreador, son tan grandes que bajan del coche, se pone el chubasquero y el pantalón impermeable, abren el paraguas y allá van. Pero llueve tanto, tanto, en ese momento, que con la misma decisión que se han bajado y caminan veinte metros, los intrépidos regresan al coche y se suman a los que ya habíamos decidido no bajarnos y esperar a resguardo, en el caso de que decidiesen hacer el sendero o acercarse al ventisquero (glaciar) donde nace el río Amarillo.

Una espera de diez minutos resignados y esperando a ver si escampa, llegamos al acuerdo de que no merece la pena mojarse teniendo todo un día de viaje por delante. Así que nos damos la vuelta por donde hemos venido y retornamos a la carretera austral que, en el tramo por el que ahora transitamos, sí está asfaltada.
La cinta se retuerce buscando el trazado más cómodo. Apenas hay tráfico. En la inmensidad y monotonía de los bosques, la soledad se espesa, casi se corta a cuchillo; el silencio lo envuelve todo. Aquí y allá, buscando los claros, aparecen cabañas disimuladas escondidas en el bosque. Cruzamos varios ríos, como el Michimahuida o el Yelcho, sobre puentes de hierro de aspecto robusto y muy estrechos; como si hubiesen sido levantados con urgencia. Bordeamos lago tras lago. La carretera sube y baja, circunda montes, se adentran por gargantas, salva puertos de montaña. La lluvia persiste, no cesa. Y la vegetación, impenetrable, muestra un paisaje uniforme de bosques y verdor hasta donde alcanza la vista; la mirada se fija en las cumbres nevadas que surgen por detrás la negrura del cielo.
Llegamos al fin a las cabañas Coihues Patagonia, donde pernoctaremos tres noches. Están situadas a la orilla del río Rosselot, unos centenares de metros antes de llegar al pueblo de La Junta, pueblo que debe su nombre a que confluyen aquí el citado Rosselot y río el Palena.

(Continuará)
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La foto de portada -en la cumbre del volcán Chaitén- es de Paco Trapero.