Chile, buscando el sur
5. Hornopirén
y la chica valenciana que huyó

De pronto, a la salida de una curva, circundado por montañas elevadas y glaciares aparece Hornopirén. Sobre la planicie que rodea la bahía se desparraman las casitas; casi todas de una planta; la mayoría de madera. Amplias avenidas; pequeños y cuidados jardines rodeando a las coquetas viviendas… Y una plaza pública (Plaza de Armas) indefinida por sus extrañas dimensiones y engalanada aún con abalorios navideños.

              Hornopirén tiene 3.600 habitantes y una intensa vida en verano. Prácticamente vive del turismo. También del cultivo de especies marinas y de los servicios que administra en la región. Aquí, el mar interrumpe de nuevo la carretera austral.

En la bahía de Hornopirén./ Foto JM
En la bahía de Hornopirén./ Foto JM

              El alojamiento  lo componen esta vez tres cabañas idénticas en las que hay dormitorios con camas individuales y otros con cama de matrimonio. En general, el alojamiento en los viajes no suele preocuparnos demasiado. Alternamos cabañas modestas, como la que ocupamos en Puerto Mont, con estas de Hornopirén que parecen un poco mejores, más confortables y limpias. Somos de espíritu aventurero -viajeros sobre todo- a los que no les arredran los inconvenientes de intendencia que surgen cuando es ésta precaria. Compartimos habitaciones y espacios con consenso y acuerdos. Siempre animosos y conscientes, tenemos muy claro el «carpe diem»; lo importante es gozar del instante y seguir.

              El Inquieto, el Rastreador, el Wikipedia y yo compartimos una cabaña con cuatro dormitorios minúsculos e individuales. Los cuatro están en la planta de arriba a la que se accede por una escalera vertical, que para sí la quisiera un suicida borracho. Como venimos observando hasta ahora –y llevamos ya una semana viajando por Chile– en las habitaciones, baños, etcétera, de los alojamientos que ocupamos, no sé por qué, faltan perchas y, en general, sillas y muebles auxiliares o un simple taburete, por ejemplo. Cosas simples que facilite la estancia. No se entiende muy bien por qué, si las viviendas están dedicadas al turismo en exclusiva, no disponen de esos detalles.

La magia de la naturaleza, roca y agua./ Foto JM
La magia de la naturaleza, roca, musgo y agua./ Foto JM

              En la planta baja, en cada cabaña, hay un baño (amplísimo) una cocina minúscula y un salón-comedor igual de chico. El alojamiento nos cuesta 13 € por noche a cada uno. Es cierto, ¿qué más puede pedirse por esa cantidad? Pero, aun así, hay objetos o elementos que no cuesta nada ponerlos y facilitan la vida, verdad. Nos resultará más caro, desde luego, lavar la ropa en una lavandería, comprar en el supermercado o cenar en un restaurante.

              La globalización ha conseguido que todo se unifique. Da lo mismo que acudas un super o a un restaurante en Madrid, París o en Sevilla o en los confines del mundo. Las incontables marabuntas que se mueven por el mundo con el turismo, ese monstruo incontrolable transpirando liquidez, es exprimido por la industria hostelera sin que, por ahora, su resistencia esté agotada. El turista, todavía, parece aceptar todo… incluso los abusos. Y en ese desorden, los turistas, viajeros o lo que sean, pagan, sin preguntar por qué, un precio desorbitado por algo tan simple como una cerveza o un bocadillo… Y aunque le cueste un ojo de la cara, callan. «Total, dentro de un rato nos iremos de aquí…», parece que piensan.

Los mariscos son una las riquezas que guarda esta región./ Foto Paco T.
Los mariscos son una las mayores riquezas de la región./ Foto PT

              En esta ocasión, las cabañas (las llaman así) están limpias y son de reciente construcción. Pasaremos dos noches en ellas antes de irnos a Chaitén.

              Una vez recuperados del día de viaje y de la excursión endiablada que hicimos en la mañana de ayer al lago Triángulo, salimos a conocer un poco la ciudad y a cenar. El pueblo está animado. Hay algunos bares atestados de jóvenes y restaurantes en los que no cabe un cliente más. En uno de estos, que parece estar de moda, queda un rincón desocupado y encontramos, por suerte, acomodo, juntando varias mesas, para ubicarnos los doce. Nos gusta degustar la cocina local y disfrutar de una buena cerveza después de un día duro de caminata. Compensamos la elección de un modesto alojamiento con el goce de una buena cena.

              La gastronomía de esta zona (Hualaihué, Chiloe, etc.) tiene características propias. Como no podía ser de otro modo, mezcla la cocina mapuche y autóctona con la española, aportada en su día, y sobre todo, por aquellos pioneros asturianos y gallegos que cayeron por aquí, además de la que ha ido llegando con el tiempo desde el centro y norte de Chile. Las patatas, en la gastronomía local, son importantes; las preparan de todos los modos imaginables. Pero el marisco y los pescados son la estrella. Entre tanto mar, no puede esperarse otra cosa. Pero tampoco falta el vacuno de calidad o el cordero; ambas cabañas se crían de forma extensiva entre pastos abundantes, sempiternamente verdes.

Cuando la carretera austral se interrumpe, el transbordador hace de puente./ Foto JM
Cuando la carretera austral se interrumpe, el transbordador hace de puente./ Foto JM

              Nos sirve la cena un ser extraño que rebosa simpatía. Extraño por la decoración corporal que presenta y por su aspecto indefinido y ecléctico. Ella dice llamarse Noelia y es de Valencia. ¿Cómo es que aterrizaste tan lejos? “Hui de Valencia por el auge que estaban tomando los fachas y, ya ves…”, comenta, sonriendo, mientras deja flotando en el aire la frase. “Y he llegado a un país en el que acaba de ganar las elecciones la ultraderecha. Tiene gracia, ¿no?”. Sonríe y se ríe mientras piensa qué hacer, qué derroteros tomar cuando llegue el otoño a este pueblo perdido, que vive del turismo. Qué lugar del mundo podría ella elegir, reflexiona, para refugiarse con su pareja, también camarero, y con la piel decorada de alegorías y misterios, tan entusiasta de la vida como ella.

La aventura en bicicleta hacia el fin del mundo por la R7./Foto PT
La aventura en bicicleta hacia el fin del mundo por la carrera austral./Foto PT

              El segundo día en Hornopirén, algunos, decidimos tomárnoslo con calma, aunque tres miembros del grupo (El Azogue, El Rastreador y el Inquieto) no pueden resistir la tentación de ir a ver muchos más lagos, otras cascadas, más bosques y etcéteras.

              El resto vagueamos y deambulando en coche por la bahía recorriendo un paisaje marino, sembrado de soledades, aldeas perdidas, casas endebles y gentes solitarias. Picihicolo, Chauchíl, Relecha… En esta última almorzamos estupendamente en una “Feria Costumbrista”, que no es más que una especie de cooperativa de familias que se asocian para servir comidas, cada cual su especialidad, pero que comparten espacio y, además, si un cliente demanda algo que una familia determinada no tiene en su carta, ellos mismos se encargan de ir a buscarlo al puesto que pueda servirlo.

En los parques naturales los senderos están perfectamente acondicionados para que pueda visitarlos todo el mundo./ Foto A.B.
Los caminos de los parques nacionales de Chile están al alcance de cualquiera./ Foto A.B.

              Cordero patagónico a la estaca, pescados frescos como la merluza o el pargo y otros preparados como el ceviche (que enloquece a Mamma-Guagua) fueron los manjares que gozamos en ese mediodía de asueto y calma perdidos por la costa de Hornopirén, en no se sabe dónde. El yantar lo completamos con unas cervezas frías, aunque nos costó más encontrarlas que si hubiésemos perdido una aguja en un pajar.

              Proseguimos el viaje hacia el sur desde Hornopirén tomando un ferry que, después de cinco horas, nos deja en Leztepu, un insignificante punto en el mapa, sin otra función ni sentido que permitir que el ferry atraque, descargue y recoja a los que están en la cola esperando y dé la vuelta.

Aunque a veces se complican... ¡Ay, esos senderos!/ Foto JM
Aunque a veces se complican… (los senderos)/ Foto JM

              Durante el trayecto en el barco –que va a rebosar–, Ignacio, con su “guitarra austral”, interpreta canciones de aquellos países de los que procedemos los viajeros: chilenos, argentinos, brasileños, franceses, ingleses, norteamericanos, españoles… El gran salón en que estamos es un Babel confundido de mil lenguas. Desde la cubierta miro hacia la orilla, a las rachas de nubes algodonosas que ocultan las laderas, a esa soledad perenne que parece apoderada eternamente del paisaje.

              Nada más tomar tierra, la carretera se adentra, otra vez, por valles húmedos y profundos, bordea fiordos, lagos y espectaculares montañas con sus coronas de hielo que se incrustan en las nubes. El día está tristón y la sensación de soledad se agranda más si cabe con la falta de sol, o eso me parece a mí. Apenas se descubre alguna casa dispersa en las orillas. Se percibe muy poca vida humana por aquí. Las bateas y cultivos marinos aparecen desperdigados aquí allá a lo largo de la costa. No llevamos ni media hora circulando cuando, abruptamente, la carretera se interrumpe otra vez delante de Fiordo Largo. Un nuevo transbordador nos aguarda para llevarnos a Caleta Gonzalo en poco más de una hora.

El mar, el bosque, la montaña, la nieve, el hielo... Así cientos de kilómetros./ Foto PdeD
El mar, el bosque, la montaña, la nieve, el hielo… Así cientos de kilómetros./ Foto PdeD

              Ahora sí, la carreta austral se asienta y alarga entre más desfiladeros y más bosques, serpentea devorando kilómetros de ripio, mientras la monotonía del paisaje envuelve todo. Por el camino a Chaitén nos detenemos a ver algún que otro lago, a visitar sorprendentes ejemplares de alerce o a observar como el deshielo en las cumbres propicia hermosos torrentes de agua, sembrando en gargantas y paredes rocosas innumerables cascadas.

              En una de estas visitas, la del lago Río Negro, mientras contemplamos en silencio la serenidad del lago y la armonía que desprende, y después de haber caminado un buen trecho por un bosque cerrado, aparece ante nosotros el ingeniero forestal Jorge Arellano y nos cuenta, una vez hechas presentaciones de rigor –en esas conversaciones espontáneas que surgen en momentos así– que él es uno de esos locos que huyen del ruido de la ciudad para refugiarse en silencio profundo de los bosques. Yo vivía en Concepción, junto mi mujer y mi hija; lo dejamos todo –mi mujer es maestra– para venirnos a una aldea, en este paraíso”. Una aldea remota de la que no recuerdo el nombre y a la que sólo se llega, nos dijo, después de varias horas viajando en un barco. Recordar nombres aquí no es nada fácil. Porque todo es olvido y vegetación, silencio. Caminar por algunos parques naturales es como hacerlo por un jardín a reventar de flores y plantas gigantes mientras los ríos, cascadas, torrentes… lo inundan todo.

(Continuará)

Y el viaje sigue.../ Foto PT
Y el viaje sigue…/ Foto PT

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Nota.- La foto de portada es de Alfonso Lasso.

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