Pasadas las dos de la tarde acudimos a tomar posesión del apartamento. Una quinta planta y dos pisos en uno: el que parece “principal”, el que se supone que ocupaban los señores de la casa, tiene 4 dormitorios, dos baños y un gran salón que da a la calle Catedral. El contiguo, el que supuestamente ocupaba el servicio, dispone de un dormitorio, aseo, despensa y cocina… Cocina que es la única y principal de la casa.
No solemos discutir a la hora de repartirnos las camas o habitaciones; todos estamos dispuesto a ceder si hace falta, máxime cuando quienes eligen primero pasan a la cola para la elección del alojamiento siguiente. En este viaje, el grupo se compone de tres parejas y seis singles, un dato a tener en cuenta pues no siempre disponemos de ese mínimo de seis habitaciones; esto significa que casados y solteros han de compartir habitación con frecuencia. Mas siempre hay acuerdo y el juego del reparto suele motivar ocurrencias y risas.
El cuarto-la-criada, donde hay dos literas, nos lo adjudicamos nosotros, el Wikipedia y yo. Hemos convivido en otros viajes y nos resulta muy fácil entendernos. Le propongo que elija primero… Él es grandote y necesita más espacio. Aunque siempre me responde con generosidad y se empeña en lo contrario (que elija yo). En esta ocasión me cede la litera de abajo y él se encarama al palomar. Del resto de reparto, no caben más datos; todo el mundo se ubica sin mayores problemas.
A pesar de que acabamos de llegar, algunos se echan a la calle enseguida con la intención de subir al cerro de Santa Lucía. Somos caminantes, inquietos, y no hay cerro, montaña o mojón en una ciudad que no nos tiente otearlo.
Mamma-Guagua y yo vamos al supermercado. A la vuelta nos encontramos con un matrimonio ancianos (más mayores que nosotros, por supuesto) en el vestíbulo del edificio. El señor se detiene y me mira con cara de susto y preocupación. “No debería usted andar por ahí tan alegre, con la cámara de fotos a la vista”, me dice. “Y con la mochila tengan cuidado. Desde luego no salgan de noche a la calle…”, deja flotando en el aire mientas mete tripa, tan plana como una tabla y extrae de detrás del cinturón, oculto en la camisa, un bastón reducido a unos 20 centímetros sobre el que presiona un resorte con el dedo pulgar para que al instante se extienda medio metro de vara rematada por un punzón. Blande el artilugio y “mire usted, llevo aquí esto por si alguien nos ataca”, concluye. Su mujer no ha dejado de mirarnos, no habla. Se van.
Mamma-Guagua y yo nos miramos también, asustados. Palpo la mochila, toco la cámara y subimos a casa para dejar los yogures y la fruta que acabamos de comprar. ¡Qué desasosiego!
Salimos a la calle de nuevo. Llamamos por teléfono al grupo que se ha ido al cerro de Santa Lucía y nos dirigimos a su encuentro. El atardecer se muestra muy animado; la gente está de vuelta, recogiendo la cosecha del día; es decir, se apresura a volver a casa y liberarse del trabajo cotidiano en oficinas, mercados, puestos callejeros. Santiago tiene un aspecto envejecido, cansado; la veo muy sucia. Se la ve desconchada e impresiona por ese aire de fatiga que envuelve muchos de sus muros. Poco a poco, a nosotros también, nos enreda ese crepúsculo de sombras que proyectan los altos edificios. Vuelan sobre las torres los últimos rayos de sol. Buscamos un restaurante para cenar y en ese momento descubrimos que, al menos en el centro, la vida ha echado el candado de golpe. En un instante reina el vacío. Aunque apenas han dado las ocho, bares y restaurantes se aprestan al cierre. El reguero de gente que hace media hora colapsaba las aceras ha desaparecido.
Nos retiramos temprano a descansar. Me doy cuenta de pronto de que ayer a estas horas estábamos en el aeropuerto de Madrid caminando hacia la zona de embarque; hoy, en Santiago, la sensación que uno tiene es de haber ido a parar muy lejos, muy lejos; es como estar en otro mundo.
Según el programa previsto para este viaje (pergeñado a la ligera, como nos gusta a nosotros) hoy, primer día completo en Chile, toca visitar Valparaíso, ciudad portuaria, con aura de mítica, clave en la historia de este país y, por su orografía y estética, considerada por los gurús-vendedores de placeres turísticos, un lugar imprescindible para perderse por ella y caminarla, aunque los paseos resulten fatigosos dada su orografía particular. De sus museos, espacios culturales o acontecimientos históricos que la envuelven ya está todo contado en los libros de historia, guías turistas e Internet.
Nosotros dejamos los coches junto al monumento a los Héroes de Iquique, en un estacionamiento subterráneo al lado del puerto, y nos disponemos a recorrer esas calles que nacen del mar para, salvando una verticalidad imposible, remontar hasta lo alto de los cerros. El Cerro Alegría es uno de los más conocidos. Y a él nos dirigimos una parte del grupo; otros prefieren tomarse con calma la mañana y perderse por otras callejuelas menos empinadas.

A la ciudad se la ve usada, vieja, desgastada por el paso del tiempo y por el abandono secular que padece. Se me antoja cansada. En las fachadas de muchos de sus edificios, con balconadas historiadas y adornos, se adivinan tiempos pretéritos de esplendor y riqueza. Hoy, los murales –algunos bellísimos– disimulan un poco, a modo de sudario, el abandono y decadencia que sufre. Los cables de electricidad y teléfono se enredan en nudos imposibles de deshacer en balcones y cornisas; las escalinatas empinadas y angostas, decoradas por artistas callejeros, iluminadas por arcoíris de colores, pero sucias, desconchadas y viejas, disimulan con estas pinturas su ruina. Grafitis, escenas provocadoras y sueños… Todo un arte junto exclusivos rincones cuidados con delicadeza y cariño, que exhiben un recoleto parterre de flores o un grupo de plantas a la entrada de un portal.

Hace mucho calor, es verano. Nos detenemos, miramos, seguimos andando, nos sentamos en un descansillo, hacemos fotos. Remontamos escaleras y aceras que son escalones también, y curveamos para salvar las alturas. Mientras, a medida que avanzamos hacia lo alto del cerro, el horizonte se abre y agranda mirando al oeste, y un océano Pacífico en calma, cual alfombra infinita, se extiende a los pies de la fatigada ciudad, fundada en 1536 por Juan de Saavedra que, originario de un pequeño pueblo de Cuenca (España) con el mismo nombre, le propone a Diego de Almagro, al mando de la flota que recala en la bahía, el nombre de su pueblo Valparaíso por su extraña similitud paisajística con su añorado terruño. Hoy, este conglomerado urbano que cabalga sobre el monte de verticalidad imposible se acerca a los 300.000 habitantes.

El sol siembra de plata la bahía y ciega la vista. Es mediodía. Avanzamos siempre subiendo por las escalinatas de Cerro Alegre mientras nos entretenemos fotografiándolo todo como cualquier otro turista; observando. Tras los viejos portones de las casas se esconden a veces tiendas antiguas ancladas en el tiempo; cafés o pequeños restaurantes que a esa hora están todavía vacíos; estudios de artistas que, supongo, recalaron aquí al reclamo del mito y del nombre sonoro de la ciudad y decidieron quedarse. Todo está un poco muerto (entiendo que por la hora que es y el calor), pero a la vez se me antoja muy vivo, palpitando a escondidas; como si el encantamiento que un día vivió la ciudad estuviera latente aún, a punto de revivir, y esa eclosión y artificio fuera a trasladarnos a otra época.

Le propongo a mis compañeros de andanzas (los cinco que somos) visitar la Sebastiana, la casa museo en la que el poeta y diplomático Pablo Neruda pasaba los fines de año. Yo la conozco de otro viaje… E intento que mi deseo de volver por allí les seduzca. Aceptan el reto y esto nos permite caminar varios kilómetros callejeando. Avanzamos por la Avenida de Alemania, una calle que, ceñida como una serpiente a la orografía de las lomas, discurre horizontal comunicando varios de los cerros que conforman la ciudad. Durante el trayecto descubrimos miradores, placitas, jardines recoletos y a despistados turistas que no salen del asombro que provoca esta urbe, tan singular. Aplanados por el sol caminamos a la busca del sueño que fue la casa del poeta, ubicada en el Cerro Bellavista. Apenas nos cruzamos con gente, tampoco pasan coches. Algún turista despistado que se pierde mirando, embelesado, las construcciones colgadas de los montes o encerradas en la profundidad de los barrancos. Llegamos a la Sebastiana. Cuesta 15 euros entrar. Y mis viajeros andantes, cansados de tanto caminar y con hambre, deciden que no es el momento, que ahora no; que no son horas de ponerse a pensar ni a entender por qué el escritor diplomático y poeta hizo o compró esto o aquello para decorar su casa; tampoco hay tiempo suficiente para admirar la belleza que encierra tantos recuerdos y objetos personales conservados en las distintas estancias.
Así que nos vamos. No antes de pasar por el baño ubicado en el jardín. (“Hacerse un Neruda”, alguien propone que llamamos, entre risas y el jolgorio, a este acto de liberación).
Emprendemos el descenso del cerro al encuentro con el resto del grupo. Somos caminantes y aves de vuelo sobre espacios abiertos. Se entiende que a esta familia de pájaros le cueste encerrarse en un salón o en un dormitorio, aunque sea el de Pablo Neruda. Pero el grupo sí disfruta, en cambio, del Museo al Aire Libre que nos encontramos bajando por la calle Ferrari. Luego, buscamos a nuestros amigos que nos dicen que están almorzando en un restaurante asomado al horizonte y al mar desde otro de los cerros. Por el Ascensor Reina Victoira –gratis para los nativos, 1 € para los turistas– llegamos enseguida al restaurante Fama, ubicado en una calle donde ¡oh, qué contraste! no se puede dar un paso por la cantidad de turistas que pululan por allí.
Nos sentimos felices. El viaje es ya una corriente de aire imparable empujándonos a nuevas aventuras. Después del almuerzo decidimos coger los coches y visitar los alrededores de la ciudad, algunos acantilados, playas y bahías que hay por la zona. Salimos del estacionamiento los tres coches juntos, pero, como suele ocurrir, cada uno tira por su lado. Nosotros –el Conseguidor, la Crupier, Mamma-Guagua y un servidor– decidimos parar en un mirador, al lado de la carretera. Estamos en esto, admirando los acantilados y el mar, cuando recibimos una llamada del Azogue que nos cuenta que les han robado. ¡Santo cielo! Se fastidió la aventura. El hilo del gozo se rompe… Les pedimos la ubicación de dónde se encuentran y nos damos la vuelta; en 20 minutos estamos en el “escenario del crimen”.
En un lugar en el que la carretera se ensancha para que los turistas se detengan a mirar, dos policías encañonan, pistola en mano, a un par de jóvenes a los que obligan a tirarse boca abajo en el suelo con el rostro pegado a la tierra mientras inspeccionan su vehículo. Al verlos pensamos que ¡ya está!, han cazado a los reos.
Pero no, nuestros amigos nos aguardan unas decenas de metros más lejos, al otro lado de la explanada que se extiende frente al mar sobre el acantilado. Hay bancos para sentarse y el entorno está limpio, aunque se observan restos de cristales por el suelo. Se ve que es un lugar frecuentado, donde los turistas se detienen para hacerse una foto.
Mientras tanto, El Inquieto, la Inspectora, El Azogue y el Rastreador nos cuentan su versión de lo ocurrido.
“Aparcamos el coche”, verbaliza el Inquieto, “y nos bajamos para mirar y hacer una foto. Un instante. No nos alejamos ni diez metros. Solo hay una familia en su coche con un par de niños jugando. Cuando regresamos –han pasado tres minutos– la familia ya no está y nos encontramos con una ventanilla rota. Las mochilas habían desaparecido”.

La reflexión que se me ocurre a posteriori es que, a un español le cuesta imaginar que una familia con niños esté esperando a que llegue algún incauto para robarle. Pertenecemos a ese mundo seguro en el que casi nunca pasa nada; y menos se nos pasa por la cabeza que unos padres de familia te desvalijen. Pero las consignas que dan las autoridades, los habitantes del lugar, los amigos que han viajado primero por estos países, las embajadas, los consejeros de Internet, la policía… todos, son que, en Chile, en Colombia, en Argentina, prácticamente en toda Sudamérica, hay que andar con mil ojos y nunca, ¡nunca! dejar nada a la vista o en el maletero de un coche.
El hermoso hilo que hasta ahora nos guiaba en el viaje se ha torcido, roto. Ahora solo cabe poner la denuncia, asimilar lo sucedido, recomponer el programa y seguir. Afortunadamente, el desaguiso tiene arreglo, y fue menos de lo que pudo ser. De las tres mochilas que se llevaron solo en una iba el pasaporte y otros documentos. ¿Dinero? Bueno, ¿qué importa el dinero cuando se conserva la salud?
Mientras asimilamos el percance y los afectados se acercan a una comisaría, la policía que mantiene encañonados a los presuntos delincuentes –de los que comprendemos enseguida que no tienen que ver nada con el robo a nuestros amigos– les quita las esposas y les deja marcharse.
Lo peor es que ahora vemos ladrones por todas partes, la paranoia se instala entre nosotros. Ladrones, ladrones… ¡En moto! ¡Acechándonos! ¡Siguiéndonos!
Volvemos a Santiago contrariados, lógicamente, pero pensando en el futuro y consensuando soluciones pues mañana, a las nueve, tenemos un vuelo a Temuco, donde comenzaríamos realmente esta aventura viajera.
(Continuará)
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Nota.- En el cerro Alegría (Valparaíso, Chile) la decadencia la visten, a veces, con murales. La foto de portada es de Francisco Trapero.