En la granja orwelliana

Somos miembros de una piara de cerdos, atrapada en esta granja que es hoy el planeta.

Sí, sí, todos. También usted. Y usted, y usted, y usted… Todos.

              Gruñimos cuando algo no nos complace, pero no con demasiada convicción. La realidad es que hace tiempo que renunciamos a dar ese mínimo paso, necesario para derrotar a los tiranos. Hablo de las multinacionales que son las que realmente nos gobiernan y oprimen desde la oscuridad. Nos quejamos de vez en cuando y rabiamos, sí, y hacemos algún que otro aspaviento. Pero poco más. Todos los días celebramos “el día de…” en una especie de ritual jolgorioso y festivo, más que nada para desahogarnos. Pero estará usted de acuerdo conmigo en que, en la granja orwelliana, somos como indefensos garrapos.

              Pero, ¡ay!… estamos tan embobados que ni siquiera tenemos una idea, y menos un plan, para escapar de la jaula en la que las grandes corporaciones nos han encerrado. Eso sí, encerrados con la aquiescencia de una mayoría de políticos –esa casta que les hace el trabajo sucio, legislando a su favor y aceptando sus abusos–. Unas corporaciones que, por ejemplo, nos tienen aturdidos con el señuelo del consumo –“para ser más felices”, nos dicen– y con la golosina del ocio. Las empresas de telecomunicaciones, las que aseguran cuidar de nuestra salud, las que nos venden combustible, electricidad y cualquier otro tipo de energía… Todas, absolutamente todas, como si se hubiesen puesto de acuerdo, trabajan para encerrarnos en su laberinto, manipularnos y atiborrarnos como a cerdos indefensos de esa gran granja que es hoy la Tierra, mientras nos aturden y nos chupan la sangre con el fin de anularnos, y decidir por nosotros, y a su antojo, lo que debemos pagarles por los servicios que, aseguran, nos prestan. También por las injusticias que comenten, pagamos. Y por los errores. Y pagamos porque ni siquiera nos ofrecen la posibilidad de hablar con una persona, alguien de carne y hueso, que escuche nuestras quejas y, a veces, lamentos de desesperación.

              Hacen con nosotros lo que quieren sin dar la más mínima explicación, aunque nos venden lo contrario mientras nos manipulan hasta dejarnos sin blanca ni voluntad.

              Con todo, no creo que el núcleo del problema esté en los políticos; ellos son previsibles, los conocemos, sabemos que, en general, van a lo suyo… Y podemos echarles si descubrimos que son unos corruptos o incompetentes. Podemos echarles no votándoles en las próximas elecciones.

              Pero a las multinacionales no, a las multinacionales no podemos vencerlas salvo que actuásemos todos a una. Estas empresas sí que son un problema. El problema es la conjunción de las fuerzas ocultas del IBEX 35, del Dow Jones, del S&P 500, etcétera. Las multinacionales que están todo el día ofreciéndonos jalea real, pienso y alpiste, sin apenas dejarnos respirar.

              “Usted es genial y se lo merece todo. Viaje con nosotros por una ganga. Pague seis noches y duerma ocho en una cama Queen Size en la isla de Maricastaña, donde no le faltará de nada, ni siquiera el arrullo de una flor virgen”. Luego, uno llega allí, me han contado, te colocan una pulsera para que no te despistes mientras te invitan a que te atiborres de “lo que sea” al tiempo que te sueltan como al cerdo orwelliano en el corralito que hay delante de la pocilga, miras por encima de la tapia en la que estás encerrado y descubres que solo hay sombras y una selva impenetrable.

              “Cómprate un coche por 15 € al mes… Y el resto ya lo pagarás en cómodos plazos”. “Llévate dos kilos de calzoncillos al precio de 1 € cada uno.” “Disfruta de la mejor sanidad por una cuota de 20 € al mes. Te ofrecemos habitación individual con hilo musical incluido…” Si no estás muy grave, añado yo, porque, si lo estás, te dan una patada en el culo y te mandan a la Sanidad Pública.

              En fin, compra, compra, compra. Compra y no pares. Compra, garrapo. Y, tu, mientras tanto, gruñe que te gruñe y venga a comprar.

              Este es el magma ¿no? en el que hoy chapotea nuestra especie. Y cuando tratas de resolver un problema de esos que los dueños de nuestras vidas nos causan, quien te atiende es una máquina, porque, la multinacional de turno es sabido que solo está para cobrar.

              Ayer, por poner un ejemplo, dediqué 2 horas y 45 minutos a intentar resolver un conflicto con una compañía aérea. ¡Casi tres horas colgado de un teléfono! Después de hablar con tres personas –no hace mucho tuve que hablar con 13, a lo largo de tres días, para restablecer una conexión de Internet– decidí que no podía más y volví a encerrarme en la jaula orwelliana. ¡Claudiqué! Sí, claudiqué, que es lo que las multinacionales pretenden, ¿no? Paga y calla.

              No hay que ser muy lince para darse cuenta de lo que está pasando en estos tiempos tan confusos en los que nos ha tocado vivir. Si cualquiera de nosotros –cerditos de la granja orwelliana– repasáramos el recibo de la luz, descubriríamos que nos es imposible entender los porqués de los precios, siempre in crescendo a su antojo. Y si vas a una gasolinera a repostar, te ocurre lo mismo; llegas escuchando en la radio del coche que el petróleo está en mínimos, pero en el surtidor fluorescente iridiado irradia un precio máximo, subido a las nubes. Y si se te quedas sin conexión a Internet, ídem de ídem. Lo mismo ocurre con la mayoría de servicios que a la granja orwelliana se le prestan.  La casta política no se ha cortado un pelo en hacer dejación en su trabajo de granjeros.

              La crónica sobre le indefensión que sufrimos, todos, en la granja es tan extensa y cansina que solo de pensar en ella uno se agota.

              La reflexión que podríamos hacernos es por qué se ha llegado a esto. No somos nadie. Los seres humanos no existimos en el sentido profundo del término. Estamos atrapados en medio de una pesada telaraña que apenas nos deja respirar. Somos –piénsenlo usted bien– parte de esa piara de 10.000 millones de seres, gobernados, consciente o subliminalmente, por unas multinacionales que nos estimulan como Pavlov a sus perros, invitándonos, sin descanso, a consumir para que una vez has caído en sus garras ya puedas celebrar alegre y confiado el Día del Soltero, el Día de la Madre, el Día del Padre, el Día del Hijo, el Día del Primo, el Día del Porno… perdón, el Día de san Valentín, el Freeday, el Halloween, la llegada de Santa Claus y su prima, los Reyes Magos… y el Día de la Biblia en Verso, por supuesto.

              Entonces, ¿para qué queremos tener un Gobierno si no somos capaces de exigirle que ponga coto a estos entes perversos que nos dominan? Por ahora nos conformaríamos con que, para empezar, obligasen a estos monstruos a tener un mostrador al que pudiera acudir quien quisiera para hablar con el capataz de la granja. Nada más. Los residentes de la granja orwelliana nos conformaríamos, por ahora, con que el cerdo de Stalin se humanizase un poco y pusiese a algunos empleados en el mostrador de atención al público.

Resulta alucinante observar cómo esta piara, casi infinita, deambula por ahí sin ton ni son sometida a los reclamos de esos dioses sin rostro a los que obedecemos ya como engendros autómatas.

              ¡Y parece que estamos contentos!

              Benditos seamos. Pero, si Georges Orwell volviera por aquí,  se troncharía de risa y de pena al ver cómo han evolucionado sus cerdos.

3 comentarios Añade el tuyo
  1. Así es Joaquin. Gracias por poner texto a lo que observamos y sufrimos. Y recordemos que un solo ser que se niegue en un momento dado, puede generar un gran cambio. Igual tenemos que empezar por recuperar el mostrador humano.

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