Parábola de Cristina Pi, una alumna ejemplar

A Cristina Pi la han pillado copiando. Es una metáfora, claro, porque ni siquiera se presentó al examen. ¡Y aún así ha obtenido notable! Son los milagros del sistema educativo que tenemos en España.
Ocurre aquí como en algún otro país que conozco: la palabra “no”, no existe. ¿Será por las creencias religiosas? Si allá, Alá perdona todo… Acá… ¿Por qué, entre los políticos, no dimite nadie cuando se les pilla in fraganti? ¿Será que se confiesan y el cura les absuelve? ¿O se absuelven ellos mismos y aquí paz y después gloria?

Imaginad la situación: A la alumna adolescente Cristi Pi, la profesora la sorprende con las manos en la masa, copiando; tiene la chuleta engurruminada en una mano…
–¿Qué…, qué es eso?
–¿Qué, que, que? No, nada…

La profesora ha estado observándola un buen rato y no da crédito. ¡Vaya trajín que se trae Cris! Mete el dedo en la manga, saca una chuleta, la vuelve a meter; mira arriba, abajo, al centro, al reloj y a la chuleta otra vez. Escribe…
–A ver, Cristina, dame eso… ¡Por favor, Cristina, por favor!
–¿Qué? ¡Yo no tengo nada!
–¡La chuleta!
–¡Yo no tengo ninguna chuleta!

El papelito se ha esfumado y ha caído discretamente al suelo. Y la profe, inexperta todavía por el poco tiempo que lleva en la docencia, aturdida ante el descaro de la alumna, se subleva. Le gustaría decirle algo, ¡cuatro cosas!, pero no se atreve a decir nada. ¿Cómo es posible que Cris (una de sus alumnas favoritas por su gracia y desparpajo) no acepte que la ha descubierto copiando? ¿Cómo se atreve? ¿Cómo es que se empeña en mantener el “no” por respuesta?

La profesora le señala el papel que hay en el suelo.
–Cógelo, Cris, por favor. Dámelo.
–Ah, eso… ¡Eso no es mío!

El papel está arrugado, hecho una bola. ¡Se ve, puede tocarse! ¡Amasado con los dedos muestra letras diminutas, abigarrada la escritura en miniatura, estilizado el trazo para contar lo más posible en el menor espacio… La prueba existe, no hay duda.

O eso cree la profesora… Porque Cris sigue negando.
–¡No, ese papel no es mío!

Intentar que Cris comprenda será un empeño en vano. Su alumna, por la que sintió simpatía, no acepta la culpa ni asume su responsabilidad. Su inmadurez es obvia, tan evidente que ni se plantea aceptar los hechos. No va a disculparse ni prometerá enmendarse nunca, faltaría más.
Al fin, la expulsa de clase. Y Cris Pi se levanta, orgullosa, protegida y coreada por la corte de parte del grupo que la aclaman –ya que ellas y ellos suelen hacer las mismas trampas– y se dispone a irse.
–¡Sal de clase, por favor!

Otros profesores, nuevas asignaturas… Y Cristina Pi vuelve a asistir a las clases decidida a salirse con la suya. El tiempo pasa. En la evaluación correspondiente, el profesorado que prefiere no “hacer ruido” y evitar “ciertos” escándalos resulta ser mayoría. Así que aprueban a Cris Pi, le ponen un notable y a otra cosa mariposa. La vida sigue…

Mientras tanto, la joven profesora, traumatizada todavía por lo desagradable del incidente, convencida pedagoga e ingenua hasta soñar que podrá cambiar el mundo aportando su grano de arena, no acaba de asimilar lo ocurrido. Le asaltan dudas… El asombro es permanente. Descubrir en su alumnado que hay muchas Cristinas Pi, le acarrea desasosiego y, a veces, pesadillas por la noche.
Mas pasa el tiempo y, casi sin darse cuenta, aprende a capear los temporales.

Poco a poco, aquel primer dolor “pedagógico” que le causara Pi remite y hace callo. Observa a las chicas y chicos, la vida de sus colegas… y, como a ellos, también a ella la piel se le pone de elefante. Solo cuando se cruza con Pi, o la tiene allí, delante, en la clase que imparte de Historia del Arte, experimenta cierto ahogo o se le nubla la vista; su vida de docente, piensa a veces, no tiene demasiado sentido. Pero sigue… ¡Es su vocación!

Y el tiempo pasa. Nuevos cursos, otros destinos, más arrugas y más canas; más disgustos y un interminable anecdotario de alegrías cuando muchos de esa legión de alumnos que ha formado para la vida y en la contemplación de la belleza se le acercan en la calle, si la ven. Todos se paran a saludarla, le agradecen sus desvelos y lo que les enseñó.

Un día está viendo la televisión y aparece en la pantalla Cristina; aquella alumna… “¡Oh, ahí está…! ¡Hay que ver qué chica…! ¡Cómo ha prosperado!”, piensa.
Y entonces, una estoica locutora narra sin inmutarse que a la toda poderosa presidenta se le acusa de haber obtenido injustamente el título de un máster de Administración Pública. “Ninguna de las alumnas matriculadas con ella en el curso, con las que hemos podido hablar, recuerdan haberla visto en clase”, lee la locutora. Luego, sin apartar de mirar de la profe, a la que ha hipnotizado con la luminosidad de la pantalla, añade: “También nos dicen las alumnas que nunca acudió a hacer los exámenes”.

“No, si se veía venir… Menuda era Cris Pi”, balbucea la profesora al tiempo que sonríe y apaga la tele.

3 comentarios Añade el tuyo
  1. Los luteranos alemanes a los que se les ha descubierto irregularidades en su curriculo han dimitido. Por que los politicos españoles catolicos pillados en trampas, poe ejemplo, nunca dejan sus cargos?

  2. ¡Que extraño y que evidente es todo eso!
    La actitud de Pi, la real, me trae a la memoria una frase de Groucho Marx que recuerdo así:

    Señora: ¡Usted no va a creer lo que ven sus propios ojos!

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