¡Ay, mi teléfono!

Lo que me ocurrió cuando me quedé sin teléfono. / Foto J. Mayordomo

En vísperas de irme de este país, un descuido por mi parte ha propiciado que un niño de “la calle” me robara el teléfono. Descubro su falta una hora más tarde, cuando ya he vuelto a casa. Pienso en lo ocurrido y lo acepto como uno de los muchos incidentes que solemos vivir a diario; buenos y malos, favorables y en contra. ¡Por supuesto que me he contrariado! Es más, casi me da un ataque de pánico… Quedarse sin teléfono en los tiempos que corren es como quedarse desnudo, atrapado en medio de un huracán, con la mente en blanco, desorientado, zarandeado por el viento y sin saber hacia dónde tirar.

Mi agenda marroquí de dos décadas… ¡Zas!, se esfumó. ¡Ya no existís, mis queridos amigos! Y esto me ocurre, además, cuando estoy a punto de abandonar Marruecos para siempre. ¿Cómo haré para despedirme de todos vosotros? Ya no puedo llamaros para daros ese abrazo… telefónico que solemos dar, urgente, al despedirnos. Ya no podré deciros “hasta pronto”; hasta que vuelva por aquí otra vez.

Sin embargo, más allá de la angustia percibo territorios más calmados, un mar de sosiego al que cuesta llegar, pero que existe. Lo sé. Me aferro a ese pensamiento; no quiero aceptar que perder el teléfono (o que te lo roben robado) desquicie mi vida hasta el punto de que la ira me venza. Hay cosas infinitamente peores, mucho más graves que quedarse sin móvil. Carecer de salud, por ejemplo. O esas tempestades de dolor que nos asolan por todas partes: las guerras, la explotación de miles de seres humanos por sus semejantes, el hambre…

Pero, ¡ay, mi teléfono! Su pérdida me golpea en la sien como un martillo pilón. Lo he perdido, perdido, perdido. Y me invade el horror… ¡Lo he perdido! Entonces me paro a pensar… Rebobino; necesito ver la película del suceso.

Es domingo por la tarde y decido acercarme hasta el zoco a dar un paseo y comprar un poco de fruta. La vida bulle; estruendo de sonidos en la calle reinando en medio de un gran guirigay: cláxones que estallan, amenazas y gestos con dedos apuntando a la luna, preguntas y un torrente de palabras pronunciadas al mismo tiempo para no decir nada. Son las cinco y al ser la tercera semana del mes de Ramadán, la fatiga pesa ya, aplanando los cuerpos. Pies que se arrastran a un ritmo más lento, como si no tuviesen fuerza o les faltase el aire para ir ligeros, como cuando hay calma chicha en el mar y la nave no avanza. Aprieta el calor y hace bochorno; el sol derrite el asfalto. Huele a humanidad, a sudor. ¡El zoco peta! ¡Es la hora del caos!

Nadie se está quieto; todos van y vienen, se mueven, se dirigen a alguna parte; con bolsas, con panes, con manojos de nabos y de acelgas, con naranjas, melones, sandías, hierbabuena; con cilantro y con diez panes más…  Avanzo pidiendo perdón, sonriendo, disculpándome por pedir que me dejen un sitio. Smahli, disculpe. Con toques suaves por la espalda. Smahli, smahli.

Nunca se ve a tanta gente comprando alimentos como en Ramadán. Quizá sea porque el tiempo así pasa más rápido; quizá porque la espera de al-fitr (rotura del ayuno) es más llevadera si el tiempo se mide en un movimiento. El calor es asfixiante. Y la sensación de que en cualquier momento puede estallar la tormenta, es real: una disputa por nada, la pelea callejera de la que jamás se sabrá quién la empezó; un conflicto que surge de pronto, que no se sabe por qué ni por qué no; una reunión que convoca a la gente en el Zoco Gran y la invita a pararse… ¡La fiesta!

Mientras tanto, ahí están todos, decenas, centenares de curiosos fagocitados por el gran remolino que ya desborda la plaza; nadie quiere perderse detalle de la convocatoria que el gran mago-charlatán ha improvisado; todo el mundo está dispuesto a entretenerse en la desgana, a distraer el ocio hasta que se acerque el momento de acudir a la mesa. Los coches no avanzan, se han quedado también atrapados en medio del gentío. Es imposible escapar del enjambre que revolotea por todas partes: abejas que te golpean el capó, que surgen por detrás de los espejos y los doblan, que esquivan la maniobra que haces con las ruedas, que se deslizan pegadas a los faros sacándoles brillo… Abejas que te miran como a un extraterretre que se ha quedado atrapado en la cápsula de metal. ¿Qué se puede hacer? No hay posibilidad de avanzar. Solo cabe esperar, esperar, esperar… Dejar que los pájaros vuelen y vuelvan al nido otra vez a la espera de que el muecín anuncie al-fitr. Una masa informe se desplaza sin saber a dónde va; avanza boquiabierta, confusa; como los peces que en el charco hirviendo de calor sacan la cabeza del agua en busca de la vida.

En la frutería, en la que compro desde hace quince años, me relajo y me dejo aconsejar. Abro mi mochila, cojo el monedero para pagar y la cremallera queda abierta (estoy entre amigos). Mientras Hassan me entrega las vueltas, veo que mira extrañado hacia algo que tengo a mi espalda. Me giro y descubro un niño triste, con cara de ángel, literalmente pegado detrás de mí. Pienso que es hijo de una clienta; tiene buena pinta…

En casa sigo rebuscando; busco y rebusco por todas partes el teléfono y este no aparece.

El amago de pánico me sigue golpeando en la sien. Necesito ver de nuevo la película del  paseo que he dado hasta el zoco. No me es muy difícil. Mi memoria fotográfica tiene esa cualidad; puedo ver una película todas las veces que quiera sin necesidad de sentarme delante de una pantalla. De hecho, cuando vuelvo del cine, suelo verla una vez más en la cama; recreo, fotograma a fotograma, la historia. A veces me falta algún plano y lo busco, lo busco, hasta que aparece.

Ya estoy en la frutería otra vez, justo cuando Hassan me entrega las vueltas. Y es ahora, cuando descubro esa mirada extrañada de Hassan, esa reacción mía de volverme a mirar, y ese pensamiento de “será hijo de alguna clienta”, cuando me doy cuenta de que algo ha pasado. Por supuesto que no he sido consciente hasta ahora de esta secuencia. Ahora sí, ahora que me falta el teléfono, a posteriori, claro, comprendo lo que ha sucedido: dejé la mochila sin cerrar, se acerca aquel niño con cara de bueno, se me pega por detrás, alarga la mano…

Extrañado todavía, sorprendido por la voluntad y el empeño que me impongo para aceptar lo ocurrido, me consuelo pensando que esa fierecilla abandonada, en su búsqueda de la vida, encontró en mi mochila un tesoro. ¿Qué le voy a hacer?

El problema para él es que mi teléfono no vale gran cosa; no creo que le den más de cuatro o cinco euros al venderlo. De hecho, una vez lo olvidé en una cafetería, volví una hora tarde “por si acaso…” y allí estaba aquel grupo de jóvenes alzando los brazos y riéndose para decirme, enseguida: “¿qué, buscas esto?”. Sí, me lo devolvieron.

Pero para el niño ratero es distinto; es probable que mi móvil le dé de comer un par de días. Yo le daría para que comiese una semana… Pero no creo que pueda; no existe ninguna posibilidad de avisarle de que le busco; habrá tirado ya la tarjeta a la basura y estará negociando a ver por cuánto lo vende.

El mundo es así, el niño se sentirá feliz por unas horas porque podrá comer varios días seguidos y yo me estoy lamentando por no poder despedirme de algunos amigos. El abismo que se abre entre nosotros es el mismo que asola al planeta y lo hace tan inhóspito; tan incomprensible, verdad.

Empecé contándoos que no quería darle importancia a este suceso. Lo he conseguido. Acepto de buen grado que el niño coma, gracias a mí, dos o tres días. Al mismo tiempo pienso ya en soluciones para esa despedida de mis amigos. A algunos los localizaré por el facebook, de otros tengo su correo. A varios más les haré una visita.  De otros no importa que no me despida pues hace diez o más años que no sé nada de ellos…

Soy moderamente feliz por lo bien que he resuelto el problema; casi podría decirse que soy un experto en gestionar emociones. Me alegro de verdad por el pillo que ya habrá obtenido su premio y estará celebrándolo con algunos amigos.

Disipada la nube de la ira, recobro fuerzas para empezar de nuevo a tejer otra vez esa agenda perdida y recuperar amistades. Me llevará algún tiempo….

Bajo al garaje, subo al coche, y me dispongo a hacer las primeras visitas. ¡La calle, ahora sí, es de verdad una fiesta! Rostros sonrientes y felices se saludan, se besan, se dan los parabienes; se agolpan apretándose en las aceras. Rostros satisfechos, eufóricos, contentos de haber resistido un día más al calor y la sed suben y bajan como la marea. Son las diez de la noche y Tánger es el mapa de un  atasco infernal. Tengo un gran trabajo que hacer por delante, voy pensando, mientras empiezo a ponerme nervioso por no haber caído en la cuenta de que a estas horas, en Ramadán, es imposible circular por el Boulevard Mohamed ben Abdellah. Me desasosiego, me irrito, aprieto el puño… Y entonces, no se dé dónde, me llega, como la caricia de una voz dulce que acude a calmarme, el sonido familiar de mi teléfono.

 

 

2 comentarios Añade el tuyo
  1. Hola Joaquín!!
    Acabo de leer tu artículo y me deja impresionada, sea cuento, o no. Esas son las sensaciones que tuve en la medina de Tetuán, cuando “perdí” mi teléfono. Me encanta esa capacidad para retratar emociones, sentimientos ajenos. Todavía recuerdo que cuando nos vimos en Tánger yo todavía estaba cabreada, enrabietada por mí descuido, llevar el teléfono a la vista, sobresaliendo del bolsillo del abrigo, caminando descuidada en medio del zoco Tetuaní. Todos los contactos, todas las fotos de mi primer viaje a ese país mágico, que aquel día se me tiñó de gris. El miedo a que cualquiera pudiera entrometerse en mis cuentas de correo, blogs, Facebook, WhatsApp …y se convirtiera en mi, sin siquiera yo saberlo… Vaya día de angustia y dolor.
    Mi luto por el teléfono ya hace dias que pasó, aunque hoy, con tu artículo haya vuelto una punzada de dolor. ¿Quien sería ese chaval que conseguiría comer dos días o una semana a costa de mi desesperación? Yo no le vi la cara.
    Muchas gracias por tu verbo.

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