He aquí otro dios

 

Viajar a Perniculás es retroceder por el túnel del tiempo hasta encontrarse frente a uno mismo y allí constatar que el goce supremo está en la recreación de la Nada. Esa nada rural, donde los seres humanos escasean cada vez más y se arrugan, añejos, hasta parecerse a los jíbaros. Perniculás es un territorio fronterizo, atrapado en el ansia de progreso, donde la vida se nutre todavía de un campo virgen y desnudo y del “nada que hacer”. Perniculás y sus gentes son pura sombra, mimetizados con el paisaje.
No hay automóviles por aquí, pero las chimeneas humean, contumaces, a los primeros atisbos de luz y anuncian la quema diaria de mil utopías y vanidades. Sale el sol. Y, mientras tanto, las aves: rapaces, palomas, tórtolas, cigüeñas y otras especies, todas vecinas de este lugar, coronan las copas de los olmos ahogados por la grafiosis a la espera de que la escarcha se diluya y deje franca la tierra para poder picotear y entretenerse.

Perniculás es esa Arcadia olvidada que cabalga entre lo imaginario y lo real, conectado con el mundo –como el viejo pueblo castellano que es– por cien senderos y caminos distintos de cuerda y asfalto, por los que hoy nos invade el consumo-progreso.
Y aquí estoy: esperando señales que me orienten para llegar a la cumbre de este 2017. Porque el año que ahora empieza se antoja difícil; en realidad, como todos. Se ha presentado preñado de guerras y de desasosiegos, acontecimientos a los que, sin embargo, por repetidos nadie por aquí le hace caso. Por eso en Perniculás, constatamos, que la vida no es más que Naturaleza en armonía o, si se quiere, y como diría mi tía Felisa, cada uno tiene su vida y esta no es más que una planta de la tierra. “Hijo, sólo somos plantas de la tierra”, le oí repetir muchas veces.
Sí, somos esas plantas a las que el aire liviano, ya sea cierzo, serrano o gallego, alimenta y arropa amoroso; aire que, de puro, hace daño. Somos luz y silencio en esta tierra mágica habitada por el uranio que nos impulsa hacia la inmortalidad. Cuando estoy en Perniculás percibo que la especie a la que pertenezco germina mejor en territorios como estos, con horizontes abiertos y cielos sin límites, abigarrados de estrellas refulgentes que cada noche te arropan.
He estado una semana alimentándome de la sabia dulce y antigua de Perniculás, caminando a la salida del sol sobre alfombras de escarcha por entre encinares de los que no se alcanza a ver el final; caminando, sí, a varios grados bajo cero, mientras perseguía la armonía, estimulaba la creatividad y recordaba que me había escapado del humo, de la costra de la contaminación, del ruido, de la ira y de las prisas, de la podredumbre urbana, que es ahora, casi siempre, la peor carta de presentación que tiene cualquier gran ciudad.
Pero acabo de regresar a Sevilla. Y nada más llegar decido dar un paseo por las calles del centro. Una hola incontenible de ruidos, prisas, angustias y ansiedad, anhelos no satisfechos, paquetes, luces… me zarandea de repente hasta el punto de obligarme a buscar refugio en el Parque de María Luisa. Allí no hay tiendas, ni escaparates, ni luces de colores, ni nada qué vender ni qué comprar…
Me quedo pensando. Y de inmediato corroboro lo que ya, desde hace años, sostengo: que el Dios Consumo se ha instalado entre nosotros para robarnos la vida, primero, y después destruirnos. Ha desplegado sus alas sobre la Humanidad azuzado por esa plaga de sacerdotes que cada día, sin tregua ni descanso, nos envuelve y atontan con zalamerías y mil y una perorata a través de las pantallas de televisión, emisoras de radio, escaparates y todo tipo de estrategias de comunicación; cualquier argumento les sirve con tal de llevarnos a la inanición intelectual. El Dios Consumo apenas nos deja resquicio por el que escapar de su yugo… Es casi imposible liberarse de la tiranía de este nuevo dios y encontrar el sosiego necesario para pensar y analizar la realidad con el fin de entenderla.
Somos arlequines, tirinenes en las manos del capitalismo y su dios. Un dios que está dirigido por siglas, sí, por siglas; siglas tras las que se esconden seres anónimos, carentes de ética, amorales, escondidos detrás de unas marcas, que, con un lenguaje críptico o muy técnico, difícilmente comprensible, nos evitan continuamente, al tiempo que eluden su responsabilidad. Somos seres atolondrados yendo de un lugar para otro, mientras aceptamos complacidos el caramelo del consumo y con él su tiranía. Vivimos como autómatas persiguiendo esos objetos que desde los púlpitos televisivos, principalmente, nos anuncian la dicha eterna.
Sí, el Dios Consumo reina hoy en el planeta Tierra mientras le cuesta respirar entre montañas de bienes inútiles; y nosotros parecemos mecanos autómatas gobernados por sus tentáculos, yendo de acá para allá, arrastrados por una ventolera que nos roba la vida, el dinero, el tiempo y la salud. Y aún diría más: no sólo la tiranía de este dios nos zarandea y nos atrofia para que gastemos nuestra vida en poseer lo innecesario, sino que, en su afán de gobernarnos la mente y el cuerpo, nos propone, además, que hagamos cien cosas a la vez cada día. Que, en vacaciones de Navidad, por ejemplo, vayamos “a la nieve” unos días, “a la playa” otros y aprovechemos también ¡cómo no! para visitar la familia… ¡Faltaría más! Y por supuesto que no se nos olvide acudir a las reuniones gastronómicas de amigos y empresa, o a las citas festivas de rigor: tomar unas tapas, ir a ver cualquier espectáculo programado ex profeso para aligerarnos el bolsillo y, por supuesto… ¡Que no se nos olvide comprar, comprar, comprar!
Porque si hacemos lo que nos dice este nuevo Dios seremos eternamente felices.

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