En el Salto del cabrero y el acecho de los buitres

Le pregunté a Marta, mientras se cambiada de calzado al final del día, qué tal le había ido en su primera excursión con el club. “Bueno, bien… Pero no entiendo por qué vais tan de prisa, por qué no se espera a los que se retrasan, por qué ese afán de correr tanto, por qué no puede uno detenerse a mirar, a hacer una foto, a…” O sea, que tú no vuelves. “¡Oh, sí, sí qué volveré! Me ha encantado”, concluyó. “¡Y eso que venía a ciegas!”, añadió luego, tras una pausa. “Pensé que Monti me traía a una ruta normal de senderismo. Y este es un grupo de montaña… Montaña pura y dura”.

            ¡Ea, pues, Marta acababa de descubrir a los correkas! Ella sola ha resumido en cuatro línieas qué es el club Correcaminos: cierta dosis de anarquía y un sube y baja continuo. Con un buen ambiente siempre, eso sí; y también, cómo no, con su dosis, naturalmente, de quejas. Normal. Este grupo tiende siempre a practicar “el clasicismo” que practica el montañero, que consiste, como todo el mundo sabe, en llegar a la cumbre cuanto antes para bajar enseguida. Con una particularidad: que el grupo no comienza a caminar antes de las once con lo que a la vuelta puede hacérsele de noche. Correcaminos es así.

            Subimos, bajamos, atrochamos, nos perdemos, avanzamos, retrocedemos… Caminamos sin cesar y eso nos hace fuertes. Y de ahí surgen las quejas que antes enunciaba. Se quejan, normalmente, los que vienen por primera vez, y no volverán porque piensan que el placer no se ajusta al sacrificio; aunque, sobre todo, no volverán más, porque, tras la excursión vivida, descubren que la realidad no se corresponde con el goce distendido que se desprende de las fotografías del grupo que circulan por la red.

            También se quejan algunos asiduos, claro. Estos preferirían, como es lógico, hacer recorridos más plácidos, menos tortuosos. Sí, es verdad, en Correcaminos se practica la contradicción con frecuencia: por un lado hay afición a lo heroico y, por otro, a más de uno le encantaría caminar por llano. C ést la vie. Y esto es lo que le ha ocurrido a Marta en su primera inmersión correka, que acaba con la extraña sensación de haber estado en algún lugar del Paraíso sin haber podido disfrutarlo al tiempo que ya anhela repetir, porque la excursión, el grupo, el ambiente… “casi todo”, dice, le ha encantado.

            Es inútil pretender que Correcaminos sea un club al uso. Ya desde al principio, nada más dejar Benaocaz, alguno de los 23 que nos dimos cita este sábado practicó la disensión al llegar al Ojo del moro. Y eso que es un balcón único desde el que con una mente abierta y echándole imaginación puede verse, quizá, el fin del mundo. Se trata de un agujero, un ojo descomunal, horadado en la roca a capricho, al que se sube casi en vertical como si se subiese a un santuario para hacer una foto.

En lo alto del Ojo del Moro./ Foto JM
En lo alto del Ojo del Moro./ Foto JM

            Cuando regresamos al sendero después de la ofrenda floral en el Ojo del moro, desandamos un centenar de metros lo andado para cruzar al otro lado del arroyo del Pajaruco donde cogimos la cuerda de una senda poco clara e intrincada que nos llevaría por la sombra a las planicies del paraje Las Veredas, donde hay algunas dehesas en las que abundan los cochinos, vacas y cabras. Desde ahí, por un camino limpio y bien trazado, bajamos hasta el manantial del río Hondon para la tradicional “pausa de la fruta”.

            Tras llenar las cantimploras (no sin miedo a las bacterias que pudieran relamerse de gusto en el intestino de cada uno) emprendimos la noble misión de remontar garganta arriba ¡a pleno sol, en el cénit del mediodía! hasta el Salto del cabrero. El astro rey aporreaba en las cabezas de lo lindo pero nosotros, ni caso. Caminamos en hilera por el carril entre marañas de aligustres y de zarzas –a veces arrastrándonos, otras reptando– para remontarnos metro a metro hasta alcanzar el roquedal que, aunque en posición más vertical, es menos agresivo y gravoso que el tupido manto vegetal que habíamos dejado a atrás.

            Pararse a hacer una foto significa que puedes quedarte solo. Menos mal que éramos tantos, este sábado, que mirando hacia adelante o para atrás, siempre se veía a algún peregrino enganchado entre las ramas o las piedras, tan liado como cuentas de un rosario. Al fin remontó el último, y ya reunidos a la sombra de un grupo de encinas, nos dispusimos a dar cuenta de ese almuerzo que tanto merecíamos.

Aunque surjan los obstáculos, tenaz sigue el camino./ Foto JM
Aunque surjan los obstáculos, tenaz sigue el camino./ Foto JM

            Como en los viejos tiempos… O en recuerdo de aquellos días antiguos en los que Institución Libre de Enseñanza salía al campo con profesores y alumnos para hacer pedagogía, el presidente nos leyó un poema de amor… de los suyos. Bueno no, no era él el autor, pero como si lo hubiese sido. Porque puso tanta énfasis y pasión en su lectura, ¡declamó con tanto ardor!, ¡con tanta entrega y apasionamiento!, que hasta los buitres que merodeaban en lo alto se posaron en los salientes del farallón acantilado para escuchar al vate. Quizá, pensando en que alguno de nosotros, o el mismo juglar,  estaríamos patitiesos no tardando mucho; de hecho, más de uno, confundido con el suelo, espatarrado, apenas se movía.

            Pasó el tiempo volando, concluyó la siesta y retomamos el camino gateando un poco más para cerrar la circular. Remontamos al fin el cañón del Salto  hasta alcanzar los llanos del puerto de Don Fernando por los que discurre un sendero antiguo que comunica Benaocaz con  Grazalema.

            Fue un paseo tranquilo el de la vuelta. Volvíamos conversando, reconfortados por el éxito de una jornada plena. Recordaba, entre tanto, esos cuadros no pintados, la belleza del paisaje y el tiempo no gastado en su contemplación; la recompensa que da siempe el esfuerzo; las fotografías no realizadas; las plantas que nunca nos asombran porque no hay tiempo de verlas; las aves que nos sobrevuelan normalmente, pero que casi nunca vemos, porque vamos concentrados mirando al suelo para no tropezar. Y mil detalles más que pasan como reflejos fugaces, apenas perceptibles. Le nuestro es caminar.

            Mas no vaya a pensarse que somos un club triste por vivir la montaña deprisa. Al contrario, practicamos la chanza y la risa continuamente. Todo el día. Incluso cuando vamos con la lengua fuera. Nos encantan los juegos de palabras, el doble sentido, que estimulan el buen rollo. Y luego, claro está, para que no falte de nada, siempre hay algún que otro  cortacircuito, como hay chispazos de amor, que encienden luminarias. Es la vida. Lo cierto es que caminamos mucho y a cada paso que damos nos acecha una aventura. Sí, efectivamente, a los correkas les “pone” lo inesperado.

Al fondo, Benaocaz, la meta./ Foto JM
Al fondo, Benaocaz, la meta./ Foto JM

            Arranqué en el primer párrafo recabando de Marta su impresión sobre este primer día. Además de quitarse las botas, Marta en ese momento miraba nerviosa el reloj. Monti, su amiga, no llegaba. Deseaba despedirse de ella antes de volver a Málaga. Tenía dos horas por delante de camino y no quería conducir de noche.

            Mientras tanto, el goteo de correkas llegandoera continuo. Hasta que no llegó ni uno más. ¡Y faltaban la mitad! Supe que unos cuantos había optado por desviarse para acercarse al mirador del Cabrero. Otros se habían parado a tomar una cerveza en el complejo de turismo rural de Los Chozos. Y el resto, nosotros, que pensamos reunirnos en Benaocaz, una vez hubiésemos vuelto todos, comprendimos que no cabía esperarles. Así que desandamos el camino hasta Los Chozos y nos reunirnos con ellos.

            No sé si por la cerveza o por haber concluido la excursión con éxito, cuando llegamos reinaba en el grupo gran contento. Una nube de alegría lo cubría todo. La energía acumulada durante el día por el esfuerzo, supongo, estimulaba las gargantas, generando un revoltijo de voces. Había llegado el momento de la despedida y los abrazos. Marta se despidió de Monti. También era el momento de las risas. Nos felicitamos por el día vivido juntos. Había una cierta euforia, se me antoja, generada por la liberación de endorfinas durante la jornada; era como si una tempestad hubiese inundado el complejo turístico. Las voces se apoderaron finalmente de Los Chozos. Los pájaros huyeron…

GALERÍA FOTOGRÁFICA

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