Donde se da cuenta de cómo el Presidente
y la Primera Dama desaparecieron  

Pues sepa usted, señor Conde, que en sus predios del Zurraque, el sábado pasado, se vivieron extraños fenómenos que algunos han llegado a tildar de milagros, aunque no sé si pueden nombrarse así aquellos hechos sobre los que la razón no entiende.

Milagros tales, le cuento Excelencia, como la desaparición por arte de birlibirloque del Presidente y la Primera Dama, máximos representantes de esta tribu de Correcaminos que no ceja nunca en su empeño de tramar sustos, aventuras, propuestas a cual más, más estrambótica, promover reuniones jaraneras y aventar su leyenda.

En un día tan singular, como es un 29 de febrero, Vuecencia ha de saber que los sucesos extraordinarios a los que aludo –y que ahora paso a narrarle– sucedieron a plena luz del día, durante la jornada montañera; es decir, en ese tiempo que va del alba al ocaso. Una jornada que, ya se lo anuncio, resultó muy entretenida con avistamientos singulares de fauna y contemplación de flora; con disfrute mayúsculo y general por el buen ambiente y compañerismo que hubo, sin citar los juegos de cortejo, requiebro, y las muchas risas que unos a otros se prodigaron.

Detrás de la mirada, el misterio; y, más allá, los seres mitológicos que raptan a quien no camina./ Foto J. M.

Y así ocurrió que, llevando apenas un kilómetro recorrido, en dirección al cortijo del Zurraque, después de haber partido del paraje de Los Álamos, apareció, descendiendo de las crestas rocosas, un unicornio alado que vino a posar sus reales sobre una encina seca; asentó después sus patas en el suelo y, en un suspiro, raptó a la Primera Dama sin darle tiempo a reaccionar. Todo porque andaba sola –pues, la verdad, camina poco– y así, rezagada en el valle, resultó ser presa fácil para el mitológico intruso que había percibido que la dama caminaba con fatiga y justa de resistencia, debido a la falta de entrenamiento.

Esculturas que asombran en el entorno de La Breña y El Búho./ Foto J.M.

Pero ¿qué digo? ¿Un unicornio? No, no… No fue un unicornio el que se llevó en un soplo a la dueña del corazón del Presidente, sino un carnero torvo que, dejando de lado el rebaño de ovejas que guardaba, se acercó ceremonioso a la Consuerte y, exhibiendo trapío y cuernos (véase si no esa instantánea que se adjunta en esta crónica) con zalamerías y requiebros, la sedujo.

Echársela luego a las ancas fue lo de menos. Lo de más fue comprobar como en un visto y no visto el macho emprendió monte arriba la huída, salvando precipicios y riscos a la vez que hacía cortes de manga… o tal vez señales de gozo –no se le distinguían bien los gestos– en tanto recorría la hermosura de aquellos contornos poblados de esas gigantescas esculturas que la naturaleza ha creado en estas tierras lunares y kársticas.

A través del bosque encantado, buscando las huellas de la vida./ Foto J.M.

A todo esto, nuestro egregio Presidente, que no paraba de mirar para atrás temiéndose un arrebato como el que, efectivamente, se produjo… –este es un reino encantado desde el origen del mundo, en el que abundan los duendes y los elfos, las hadas y otros seres extraños–, se armó de valor… ¡cómo si el valar a él le faltara! y con arrojo cogió el hilo de la huída por el que escapó el carnero, tiró de él, y desapareció siguiendo el rastro por los montes, en pos de su dama. El club no volvió a verles, ni a él ni a ella, en todo el día.

Trepando a las cumbres./ Foto J.M.

Ante tan altas ausencias, los 13 correkas restantes nos quedamos como huérfanos. Sin su protección, sin el cariño de la Primera Dama, ¿qué sería de nosotros?, ¿dónde podríamos ir? Mas reaccionamos a tiempo y liberados del yugo del riguroso protocolo que exige una comitiva de esta suerte, en la que comparecen tan ilustres personajes, reanudamos la marcha; y es la verdad: más contentos que unas pascuas nos olvidamos del Poder y cantando, alegremente, nos fuimos…

Tiramos monte arriba buscando senderos que no existen, Mientras, guiados por Aurelio –que se erigió en nuestro líder– alcanzamos altas cotas de aventura y divertimento. Atravesamos bosques vírgenes, saltamos muros, reptamos para salvar alambradas, escalamos paredes y monumentos de caliza, bajamos a las cárcavas más antiguas y profundas, y sorteamos las aliagas, vestidas ese día de gala con un intenso amarillo; el color más festivo y radiante que una planta silvestre pueda imaginar.

El día avanzaba dulce y los elfos escrutaban nuestros pasos desde lo alto de los riscos. Nosotros, caminando abstraídos por las lomas o saltando como cabras por las cornisas de roca desnuda, intuíamos, mientras tanto, que en algún perfil remoto de aquellos horizontes que veíamos lejanos habría algún castillo… En él estarían nuestros ilustres dirigentes celebrando con pompa y armiño el ritual de esponsales en el mejor de los casos, o, puestos a pensar mal, encadenados al potro de tortura, por negarse a someterse a los caprichos de sus raptores.

Las cabras, sorprendidas, vigilan./ Foto J.M.

Mientras tanto, el trino de los pájaros nos arrullaba; las águilas, vigilaban aviesas. Los buitres planeaban sobre nuestras cabezas dejándose llevar por las corrientes de aire húmedo que llegaban del Atlántico a la vez que las nubes voraces saltaban sobre las primeras estribaciones de la Sierra de Grazalema… Desde el borde de los precipicios nos observaban también algunos ciervos. Y las cabras salvajes, o las que dan vida y renombre al queso payoyo, nos estudiaban preguntándose, imagino, quiénes serían aquellos humanos que caminaban perdidos por su paraíso…

A medida que la tarde avanzaba, las nubes fueron llegando en tropel, con más fuerza, por el oeste. Nosotros, mientras tanto, nos paramos a almorzar, sesteamos un rato aprovechando los últimos rayos de sol que de improviso surgían por los huecos que dejaban las madejas negruzcas, y, en una sobremesa alfombrada de verde, recapitulamos sobre los hechos y aventuras vividas. De nuestro Presidente y de su Dama, ni rastro.

Cresteando… Allá vamos en la búsqueda del castillo de irás y no volverás./ Foto J.M

Así nos llegó la hora de volver. Habíamos dejado a nuestra izquierda El Cabrizal (1.224 m.) y más adelante el Cortijo del Mojón Alto para seguir descendiendo por la cara sur del conglomerado kárstico de Cabeza del Caballo, acercarnos a las inmediaciones del Cortijo de los Núñez, en Cancha Bermeja, y girar ya hacia el noreste para completar el círculo en las inmediaciones de El Buho, La Breña, y salir a campo abierto por El arroyo de los Álamos que nos condujo hasta La Vereda de los Bueyes de Ronda y, por ella, al punto de partida.

El buitre en su hábitat./ Foto J.M.

A esas horas el cielo estaba ya completamente cubierto, pero la magia que nos había acompañado y envuelto durante todo el día continuó dándonos alegrías. Así pudimos contemplar, todavía, según los expertos, una comadreja (otros denominaron al bicho: un hurón); también una culebra merendándose a un suculento ratón y, finalmente, un nuevo rebaño de ovejas en el que faltaban –era de suponer– los carneros; machos a los que el imaginario colectivo les atribuye poderes y que deberían, en esa hora, estar gozando de la Fiesta del rapto.

Mas no fue así pues al acercarnos al punto de partida, una luminaria de risas relumbraba en lo alto derritiendo las nubes. Abajo, junto a los coches, allí estaban ellos esperándonos. El Presidente y la Primera Dama, envueltos en un aura de mimos y rosas, nos miraban sonriendo. Aunque con aura transparente, no destilaban ningún gesto; tampoco palabras. Solo sonreían. Ella y Él nos sonreían. Sonreían…

Hasta tocar el cielo./ Foto J.M.

 

GALERÍA FOTOGRÁFICA

 

 

 

5 comentarios Añade el tuyo
    1. Ciertamente, brillante relato por sendas maravillosas que me traen hermosos recuerdos de esa zona de la sierra gaditana. Un abrazo, Joaquín

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