Elogio de la España vacía (I)

Animales y plantas, el palpitar de la vida

Me comen las moscas.

El sapo gordo –“tanque”, lo llamábamos cuando éramos niños– hace tres días que no aparece; quizá, buscando humedad, se ha enterrado vivo. El último día que lo vi estuvimos hablando y le dije que vigilara su panza, que si seguía por ese comino pronto no podría moverse. ¡Qué glotón! Estaba mirándome… pero no paraba de tragar mosquitos. A lo mejor se ha enfadado y por eso no ha vuelto.

El sapo y el espíitu de la paciencia. / Foto J.M.
El sapo, parece que no, pero mira al mosquito. / Foto J.M.

Sobre las lanchas de pizarra del sendero que atraviesa el jardín caen sin cesar las manzanas, rebotan y se dejan morir. ¿Manzanas suicidas, tal vez? Hay demasiada soledad por aquí, demasiado silencio, demasiado abandono y espacios vacíos…

Pero no… No creo que las manzanas quieran morirse tan pronto; aún están en el albor de la vida.

Lo que ocurre es que las ramas del árbol no soportan el peso. A medida que pasan los días, estas engordan y se empujan unas a otras para hacerse sitio hasta que la más débil cae. Un día de estos ocurrirá una desgracia: se partirá alguna de estas ramas y tendremos que celebrar un funeral de manzanas.

Manzanas, alcachofas y rosas./ Foto JM
Manzanas, alcachofas y rosas./ Foto JM

¡Chipssss! ¡Fuera, fuera moscas! ¡Qué pesadez! Abejas, avispas, hormigas, violeros y toda clase de bichos minúsculos merodean a mi alrededor como si uno fuera un panal; algunos atacan a traición. Pican. Muerden. Me rasco los muslos y piernas. Las moscas  más atrevidas liban entre el vello de mis brazos; me buscan las vueltas, intentan penetrar en cualquier orificio… Atacan por los flancos más débiles, me atosigan, me marean con su eterno zumbido…

¡Cuánta vida, aunque parezca que no, hay todavía en la España vacía!

A las rosas blancas el calor las asfixia. Lo mismo que a las rojas, aunque a estas el sufrimiento no se les nota tanto. En cambio, las flores violáceas de la adelfa parecen felices con los chorros de sol.

La rosa en su soledad./ Foto JM
La rosa en su soledad./ Foto JM

Pía un gorrión en lo alto del almendro. Por el tono y la angustia que sus lamentos denotan parece perdido. Su madre seguro que se ha ido a la Fiesta del Agua que se celebraba esa tarde en el río Yeltes, en Perniculás.

Un mirlo picotea en las ciruelas, aún verdes. Desconfía. Mira nervioso a izquierda y derecha. Salta de rama en rama… Escruta la fruta, va hasta donde anida el pulgón del cerezo y picotea como si fuera un furtivo. Vuelve a alejarse. Viene y se va de nuevo. Regresa. Ahora se posa en el suelo y atosiga a las hacendosas hormigas que arrastran ramitas y otros frutos secos hasta su despensa para cuando llegue el invierno.

Mientras las adelfas ríen al sol, la rosa huye./ Foto JM
Mientras las adelfas ríen al sol, la rosa huye./ Foto JM

En la parra, los racimos están engordando en silencio. Lenta, muy lentamente, cada día que pasa se observa como las uvas acumulan más jugo. Aunque aún están demasiado verdes  para que  algún intruso aparezca e intente comérselas; la zorra de la fábula, por ejemplo… Alguna noche de luna llegará ese momento, estoy seguro. En esta Tierra de Nadie, pobre y deshabitada, siempre ha habido misterios,  leyendas y alguna conspiración, como la de la zorra y las uvas, para que después haya algo que contar.

Las alcachofas, en lo alto de la mata cenicienta, florecen espléndidas. Los filamentos de añil irisado atraen a un enjambre de abejas. Da gusto ver trabajar a esta nube de obreras. ¡Qué entrega! En cambio, las acelgas del huerto han muerto ya en el más absoluto de los olvidos; el calor ha acabado en cuatro días con ellas.

En el mundo perdido de Perniculás, animales, plantas y los pocos humanos que quedan conviven en perfecta armonía. No hace mucho, caminando por el monte, se paró frente a mí una liebre. Nos miramos. Alargué la mano para saludarla pero  se asustó y se alejó unos metros. Luego fijó en mí sus ojos, atrevida, con mucha atención y, sin perder la compostura, se fue alejando despacio hasta perderse en el bosque.

Así pasa el tiempo en esta España vacía. La tarde, poco a poco, consume las horas mientras se despereza de la siesta. Sobre las seis llega hasta nuestra casa un murmullo de voces. La soledad se hace añicos… Y, ¡como un milagro!, una voz infantil protesta y reclama atención en algún lugar indeterminado del pueblo. ¡Es la vida!

El jardín se vistió de granizo durante la tormenta./ Foto JM
5 comentarios Añade el tuyo
  1. 👏👏👏
    Muy bonito!!
    La verdad es que el que no sabe apreciar lo que nos brinda la naturaleza, no sabe lo que se pierde.
    Un abrazo, Joaquín.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *