Vidas cruzadas

1

Dejé la ciudad por unos días y marché a refugiarme en la patria que dibujó mi infancia a golpe de sueños  hace ya tiempo. Allí he estado hasta ayer; hasta que desde la urbe empezó a gritarme la urgencia del “Hacer” y me llegó el eco…
“¡Tienes que volver…! ¡Tienes que volver! Regresa para afrontar nuevos retos.
Volví.
Y entonces comprendí que en la ciudad yo era un punto en la nada; una pieza insignificante en ese engranaje en el que miles de seres se ajustan como un guante a la rutina de cada día.

Paisaje de invierno./ Foto J.M
Paisaje de invierno./ Foto J.M.

2

La vida en el mundo rural es otra cosa…
En aquel territorio sin que cuenten las horas, con difuminadas fronteras y lejanos horizontes, bien abrigado con capas de silencio, siempre acunado por un aire que llega transparente… Allí sí eres tú. Tú frente a todo y la nada a la vez; tú. Tú, pensando, por ejemplo, sobre qué sentido tiene ese juego, siempre agotador, de celebrar francachelas continuas, almuerzos y cenas pantagruélicas, reuniones con carrusel de regalos absurdos que ahora llaman “pongos” (¿dónde los pongo?) y que todo el mundo practica.
Sí, allí la vida es otra cosa.
Poder descubrirla al caminar por el bosque de encinas que hablan de hogueras y amores, de leñadores, de pastores y oficios perdidos pero practicados durante siglos, de riqueza y cosechas.
Luego, acercarte hasta el río, romper el carámbano y tirar una piedra que resbala y que vuela… Los cantos rodando sobre el hielo que saltan, rebotan y dibujan chispazos de estrellas, estelas de luz y un hermoso arco iris atrapado en los rayos del sol.

Hay ovejas qeu hablan; no que balan solo. También hablan./ Foto J.M.
Hay ovejas que hablan; no solo que balan. Sí, también hablan./ Foto J.M.

3

Si el campo está níveo de escarcha –como lo estaba estos días– te detienes a hablar con el frío y llegáis a un acuerdo; te frotas las manos y el rostro para que no se congelen y sigues caminando; si los árboles se han desnudado, te acercas a ellos y descubres los secretos que guardan del pasado verano, cuando albergaban el hogar de los pájaros; y si ves, precisamente, a esos pájaros ateridos de frío, calentándose al sol sobre la rama de un espino, les avisas que ya las rapaces (milanos, alcotanes, las águilas…) están acechándoles. Y así, durante todo el paseo tu mente va acumulando experiencias, descubriendo emociones,  riquezas que son para siempre… Dones que recibes como si estuvieras visitando la isla de Jauja.
Si a los arroyos te acercas, verás que andan secos. La lluvia de otoño ha sido muy escasa en esta Tierra de Nadie. Sin embargo, el campo, que es generoso, ofrece un verdor incipiente, esperanzador, en el que pastorean las ovejas.
Ahí, en el prado, la madre amamanta al cordero, iluminada por ese sol tibio de invierno que apenas se apunta, ya, entre la niebla. El recental bailotea y hace requiebros, extrañas filigranas con el rabo, mientras trastabilla entre las patas traseras de la madre y exprime la teta. La madre se mueve, avanza unos pasos mordisqueando en la hierba, y allá va él detrás.
El hombre que observa y va solo, bien pertrechado con sus ropas de invierno, ensimismado y aturdido por tanto silencio, se detiene ante el grupo de ovejas paridas y contempla la escena. Las borregas alzan la cabeza, le miran y balan mientras los corderos glotones retozan o se dejan caer sobre el manto de hierba tirando las patas por alto. No saben qué hacer: ¿mamar?, ¿dormir?, ¿jugar?

Desfile de modelos: elegancia, luz y color... / Foto J.M.
Toros en un desfile de modelos: elegancia, luz, color… / Foto J.M.

4

En la dehesa, espartanas e inmóviles, las vacas resisten los embates del frío y las heladas. En cambio los toros de lidia se refugian y buscan abrigo en alguna barranca protegida del viento, a la espera de que el sol se sitúe en lo alto. Los ganaderos detienen la Chevrolet para saludar al viajero que gasta su tiempo practicando el oficio del paseo. Ellos, confiados y tranquilos, saben que aquí no sirven de nada las prisas. Tampoco hay tanto que hacer como para salir corriendo, piensan, supongo. Imagino…

El sendero de los sueños./ Foto J.M.
El sendero de los sueños./ Foto J.M.

5

Hace algunas noches, en la plaza, estuvo tocando una orquesta. No sé por qué, pero puede que viniese a decirles a los resistentes que todavía están aquí que no se les ocurra marcharse. No deberían sentir envidia de los que se fueron buscando fortuna… Que vete tú a saber cuántos la consiguieron. ¡Y cómo!
El bullicio duró hasta la madrugada. Daba la sensación de que alguien importante, llegado desde otra galaxia, por ejemplo, había venido a rendir pleitesía al pueblo encantado de Perniculás. La música consiguió llevar en volandas a los supervivientes hasta el alba.
Por la mañana, temprano, la vida empezó a gemir lentamente. Desde las chimeneas, vestidas con humo dibujado en mil formas, las emociones empezaron a tejer piruetas según se alejaban en busca del cielo. Hilos, telarañas de algodón y un aroma de leña quemada inundaron entonces las calles y tiñeron el aire hasta bien avanzado el día, pues, la mañana, más perezosa que nunca, estaba encontrando enormes dificultades para avanzar y conquistar el sol; un sol que saltaba tejados, colinas y horizontes mientras se peleaba con la niebla.
Algunas personas se asomaron a la puerta de sus casas y salieron al encuentro de una jornada que, ya al mediodía, parecía que, por fin, iba a escapar de la prisión de la bruma.
De pronto, las campanas irrumpieron descomponiendo el silencio. Igual que ese trueno que avisa de la eminente tormenta, el campanillo apremió para la misa de doce. Porque era domingo. Aunque a la ceremonia solo acudiría un puñado de fieles y las beatas de “plantilla”. Las buenas gentes de Perniculás no parece que estén muy dispuestas a regalar fácilmente su tiempo, y menos a cualquier precio.

Vvir para la eternidad./ Foto J.M.
Vivir para la eternidad./ Foto J.M.

6

En el cementerio, los muertos celebran también estos días el paso de un año a otro. Aunque la suya sea la vida eterna, ¿quién se sustrae a una celebración así, aunque esta sea breve y testimonial? El 2019 será para ellos un año como cualquier otro: silencioso… Aunque, eso sí, estarán expectantes también ante la llegada de nuevos vecinos.

A la espera de que algún día pase el tren./ Foto J.M.
A la espera de que  pase el tren algún día./ Foto J.M.

7

En la tasca de Pulpino, encerrado con diez parroquianos, el dueño se solaza junto a ellos celebrando el paso de las horas sin que ocurra nada. En las calles no se ve un alma. La soledad es prácticamente absoluta.
Por el territorio del frontón y campo de deportes -vallado todo el recinto como si fuera una cárcel- no aparece ni un niño. En Perniculás no los hay… Porque si los hubiese vendrían aquí a desfogarse y entonces serían la alegría del pueblo. Sin embargo, al abrigo del embarcadero de ganado, donde el sol les regala hasta el último rayo antes de esconderse, la juventud más alegre de Perniculás –esa que supera los 80 años– celebra la fiesta y el paso de la vida conversando, sin perder el buen ánimo.
Como los días son tan cortos en invierno, el atardecer se despliega instantáneo. Un manto multicolor, enmarañado en mil matices de rojo, flota en el aire, abarcando desde la dehesa de la Conquista hasta la carretera de Pozos de Hinojo. Entre tanto, el azul del resto del cielo oscurece hasta parecer casi gris. Y en la medida en que todo se tiñe, una nueva y sorprendente estampa se asoma a este particular paraíso donde las estrellas empiezan ya a chispear y a regalarnos su luz.
En el torreón del castillo, una estrella de hilos y cristal, débilmente iluminada, exhibe su pudoroso temblor; el ayuntamiento la ha colocado sobre un artilugio metálico al lado del nido de las cigüeñas; es la forma que tiene este pueblo de magos y nigromantes de celebrar el solsticio de invierno…

Después de la noche, siempre hay un amanecer./ Foto J.
Después de la noche, siempre hay un amanecer./ Foto J.M.

 

 

6 comentarios Añade el tuyo
  1. ¡Má encantáo!
    Se nota que el cambio de aire, ha seducido a tus musas y gracias a ello hemos deambulado por Perniculás, saboreando los pequeños detalles que gustan a nuestros sentidos.
    Gracias amigo.

  2. Magnificas descripciones de nuestra tierra y de los sentimientos, que reflejan un conocimiento profundo y real del viajero de su infancia y de su esencia castellana.

  3. Magnifica descripción de nuestra profunda tierra castellana.
    El viajero conoce y recuerda su infancia, reflejando sentimientos propios y colectivos de una tierra y unos hombres que tan bien conoce.
    Enhorabuena.
    Extraodinarias las fotografias .

  4. Hace algún tiempo, solía dar una vuelta en bicicleta todas las semanas, por los alrededores de Sevilla.
    Recuerdo en una de las salidas, la primavera me sorprendió, en la ciudad no era tan evidente. Desde ese momento, ha sido otro estímulo más. Este relato, me ha transportado a esa sensación.
    Gracias Joaquín

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