Correcaminos… entre alambradas

Fuerza, amistad y energía.
Belleza.
Risas y libertad…
No importa el orden de los términos porque, como en los cócteles, las palabras se mezclan aquí, propiciando un cuerpo uniforme, para, al fin, conformar lo que es una pasión: ¡La pasión por la montaña!
Correcaminos… Dícese de ese ave de costumbres terrestres, aunque a veces realice pequeños vuelos de planeo, saltando desde árboles y arbustos, hasta escabullirse correteando como una avispada comadreja. Quizás, lo que no se sepa de este pájaro es que mutó hace algún tiempo, un cuarto de siglo tal vez, y a veces se le ve en bandadas, con forma de figuras humanas, trepando por enriscados parajes de la sierra de Grazalema, en Cádiz, y en otros espacios naturales de inusitada belleza, ya sea en Europa, África o América, a donde solo aves tan raras, de tan caótico pensar como estas, son capaces de llegar.
Algunas, ya por costumbre, se reúnen cada miércoles en la Casa de las Sirenas, en Sevilla, en una especie de rito, como el que acude a la llamada del druida que convoca en torno al caldero humeante para practicar sortilegios y otras artes de brujería. Allí, junto al gorgoteo del muérdago y pensamientos dispares, cocinados con pasión, se anuncia la extraordinaria aventura del sábado próximo, que siempre conlleva sorpresas.
¿Reglas? Pocas. Las imprescindibles. Pero la que siempre se cumple es la de partir a las nueve en punto desde la Estación de Santa Justa, esté quien esté. Regla sagrada, ya he dicho; tanto, que más de una vez se ha dado el caso de que alguna avecilla confiada se ha despistado un momento mirando a otro lado o yendo a aparcar, y cuando ha vuelto la nube de pájaros se había esfumado.

En el fondo del Salto del Cabrero, Sierra de Grazalema, Cádiz./ Foto Joaquín Mayordomo
En el fondo del Salto del Cabrero, Sierra de Grazalema, Cádiz./ Foto J. Mayordomo

Un frugal desayuno en una venta… Bueno, lo de frugal, frugal…
Algunos se enfusan, con inusitado apetito, una hogaza de pan con manteca; la ingieren con tal devoción que da gloria verlos. Los hay que devoran el consistente alimento con la misma pasión que el que dice “sí, quiero” el día de esa boda… O como si tuviesen delante un plato de jamón pata negra o un jugoso recental.
¡Pero es lo que hay! Y mientras el sol se levanta y riega con su luz y energía la hermosa campiña andaluza, esta bandada de pájaros se refocila y recrea dándole gusto al paladar y al estómago, ajena al esfuerzo que luego ha de hacer para corretear por las laderas de la sierra y cumplir con la aventura programada. No hay prisa por partir… ¡Y esto sorprende! Porque el día se anuncia largo y difícil, como casi siempre. Pero no importa, piensa esta extraña especie de aves, que tan pronto corretea como vuela. Unos pájaros que saltan en manada, ayudándose, sobre los riachuelos o se pierde, cada uno a su aire, gateando por canchales y riscos o entre gayombas y jaras. Piensan estos seres… ¡tan difíciles de clasificar si uno se atiene a la ortodoxia montañera!, que el día será eterno y la noche más…
De modo que a eso de las once y muchos minutos, tras alguna que otra peripecia para reunir a las veinticinco avecillas que hoy se han dado cita para iniciar la excursión, echamos a andar junto al río en la aldea de Tavizna. Ya en los primeros metros se comprueba que el día va a ser mágico, preñado de sorpresas. ¡Cómo no! Si no fuera así, no se denominarían “correcaminos” estos extraños humanos.
No hemos avanzado (bueno, gateado) ni cien metros y ya Antonio Barros propone retroceder para corregir el entuerto y ajustarnos al plan inicial de la marcha… El día va a tener su salsa, ¿verdad?

Decía que el viento arreciaba mientras el sendero, a veces, había que inventárselo. Las alambradas, como si fueran capas de un emparedado, se van sucediendo una tras de otra y nosotros, aves atrevidas y, evidentemente, con recursos, las vamos sorteando sin mayores problemas con la imaginación que caracteriza a esta especie y la generosa colaboración que siempre se practica entre todos. Choca que en tamaña inmensidad y salvajes parajes, los humanos, avarientos, se empeñen en ponerle puertas al campo… Este pájaro ha visto puertas en medio del desierto, por ejemplo; una especie de abertura en forma de portería de fútbol delimitando la inmensidad de la hamada; símbolo extraño con el que alguien pretende decir “¡esto es mío y solo mío!”, cuando es evidente que la arena y las piedras no son de nadie pues el viento transporta de un lado a otro ese polvo, imposible de encerrar en una botella, y menos, alambrarlo. Pues así parece que ocurre en la sierra de Grazalema. ¡Y hasta en las cumbres han puesto vallas!
Sorprende que nadie pierda el humor; que nadie se enfade, que los obstáculos sean motivo de risa durante el esfuerzo por la superación y el gateo. En un marco relacional tan amplio no caben los tiquismiquis ni las estrecheces de pensamiento o los obtusos de mente, ni los espíritus miedosos… Y menos los que no son capaces de imaginarse caminando (exagerando ya un poco) desde la sierra de Cádiz hasta el Polo Norte.

Correcaminos en marcha. / Foto J.M.
Correcaminos en marcha. / Foto J.M.

Subimos y subimos… Que nadie me pregunte por donde; para eso están los mapas de Fran, de Alfonso, de Antonio, de Clemente, de Maruja… Que me disculpen ellas y ellos, a los que todavía no cito aquí, pues mi adaptación a la tribu es aún precaria. Ya digo que cada día acuden aves nuevas atraídas por la curiosidad que despierta la pócima del druida o porque añoran tiempos pasados. También los correcaminos que quieren iniciarse en este juego…
El objetivo es llegar al Salto del Cabrero y descender por esa garganta asombrosa, dentellada de algún dios resuelto, terriblemente enfadado, que en el origen de los tiempos, en un día de rabia infinita, partió la roca en dos mitades. Antes atravesamos el río Tavizna varias veces y praderas sembradas de olivos centenarios, de alcornoques y encinas; descubrimos boyadas de vacas rojizas, jardas y rubias, que nos miraban con asombro. Vamos de un lado a otro superando en cada repecho una alambrada más…
¡Y llega el momento de la fruta! Que es como pararse a pensar para poder reír un rato en medio de tanta fatiga. El viento sigue arreciando y ni las rocas, tras las que nos resguardamos, nos libran del desagradable zarandeo. Se hacen bromas y se recuerda a los ausentes o se indaga en los porqués de: “¡Cuánto tiempo sin venir por aquí!, ¿qué te ha pasado?”. La amistad y la chanza son señas de identidad de esta bandada que reemprende al instante la marcha hacia el objetivo sin perder el buen ánimo… ¡Allá vamos! “Allí… En esa ladera que se ve enfrente, por esa garganta hay que subir”, explican los que saben. Y se sube. Y se espera a los que se quedan rezagados. Y se vuelve a agrupar la familia de correkas hasta que en la cumbre intenta cada uno hollar un rincón para acomodarse y almorzar. Se dispersa en varios corros el grupo; algo tan natural que a nadie sorprende; tan natural… pues es lo que los pájaros hacen cuando buscan refugio en el hueco de las rocas si el viento les azota. Prima la iniciativa individual sobre el espíritu gregario que, en general, caracteriza a los humanos… De ahí la fama que tiene esta familia de montañeros. Grupo del que se fabula en Sevilla y se inventan leyendas; todas inciertas, doy fe. Porque hay que ver cómo cuidan a las avecillas que llegan, primerizas, cuando aparecen buscando incorporarse a esta gran familia.

Correkas bajando en el Salto del Cabrero./ Futo J.M.
Bajando el Salto del Cabrero./ Futo J.M.

En fin, tras una breve siesta, los correcaminos emprenden la marcha y descienden por la garganta del Salto del Cabrero hasta llegar a sus mismas entrañas, allá donde nace el río Hondón y la pradera se ensancha. El descenso es como ir dando cuenta de un manjar de platos exquisitos… a cual más, más sabroso. Rocas quebradas en una morrena delirante que han de salvarse dando saltos y haciendo equilibrios, túneles entre el compacto ramaje por los que hay que reptar, senderos difíciles de penetrar entre la tupida maraña que conforma el lentisco apretado…
La experiencia requiere tener buenos muelles de amortiguación en las piernas y una vista de águila para no dejarse los ojos entre el espeso enramado. ¡Al fin se llega al río Hondón! Y otra vez la civilización… ¡Las vallas, la propiedad privada, la mano del hombre encerrando la tierra y quebrando el horizonte!
Como somos pájaros correcaminos nos tienta echar vuelos cortos, pegar saltitos para acortar la distancia, trasgredir el orden… Y nos topamos con el campesino que, firme, se planta en el sendero empuñando una sierra mecánica en la mano derecha y un calabozo en la izquierda. Conciliador, nos avisa. ¿Desafiante? No, no; el enfrentamiento no nos va. Aunque, como diría y reiría Fátima –la voz y la alegría del viaje– “¡Ojito, que nosotros sumamos lo suyo: 25 pares de bastones son muchos palos!” Pero desistimos, insisto, de cualquier desafío y discusión… Somos pacíficos; amamos la naturaleza y la vida. Así que observamos al hombre orgulloso de haber puesto vallas y candados a “su” finca y, desandando el camino, volvemos a la pista que nos lleva al sendero en el que la bandada, ahora sí, va a partirse en dos grupos… ¡Vamos, como siempre!

En la subida al castillo de Aznalmara./ Foto J.M.
Frente a la subida al castillo de Aznalmara./ Foto J.M.

Faltaba la guinda del día. En una tarta así, tan jugosa como la que habíamos compartido, había que jugársela: subir al castillo de Aznalmara; un torreón natural coronado por almenas de piedra y mampostería de cal en el que en ese momento el sol empezaba a anunciar su inminente despedida.
La subida, lomeando, la hacemos a ritmo y con ánimo. Fátima tira de nosotros como el que lleva por las bridas al caballo… “Vamos, vamos, que se nos hace de noche”. Y allá fuimos la mitad de la bandada, que, para esa hora ya, había perdido bastantes efectivos en su anhelo de volver cuanto antes al lugar de partida.
Coronamos el sueño y meditamos en el patio de armas sobre aquellos locos que se habían propuesto hacer allí su morada. Aunque, pensándolo bien, seguro que no fue el capricho de un demente levantar un castillo en torreón tan inaccesible, sino la necesidad de un señor poderoso, inteligente, que, consciente de que todo lo que desde allí se veía era suyo, quería conservarlo.
Desde arriba vemos como se escurre definitivamente el sol. El viento ha amainado por unos instantes y el crepúsculo se brinda a ofrecernos líneas increíbles de orlados reflejos de púrpura, violeta y amarillos. Hasta que el horizonte palidece y el día se cierra. Apresurados, descendimos. Y aún tenemos tiempo de disfrutar de un par de sorpresas a oscuras: dos alambradas más. Sobre la primera saltamos con la ayuda de un árbol. A la segunda la salvamos reptando como experimentadas serpientes o emulando a los coyotes que cruzan de México a Estados Unidos. No puedo evitar pensar en los que buscan cambiar su destino y se escurren entre vallas y fronteras, en un interminable viaje, desde el tercer mundo a Europa, en donde, piensan, nunca se apaga la luz. Pero, a nosotros, que ya nos abraza la noche, la oscuridad nos aprieta. No hay tiempo para más.

Como todo relato que se precie, este también tiene epílogo… o debería tenerlo. Mas, ocurre, que el correcaminos que escribe, aún aprendiz y tratando, todavía, de adaptarse a las costumbres del grupo montañero, no ha tenido la fortuna de gozar de esa fiesta nocturna con la que la bandada celebra cada sábado su aventura, que es, lógicamente, el brindis final por un día más de gloria.
Es por esto que no hay aquí epílogo; solo un punto y seguido. Y el recuerdo de un camino de vuelta que se inicia al son del rumor de las aguas del río Tavizna bajo el puente, con una luna brillante y un viento que vuelve, vuelve. rabioso, a zumbar.

Puesta de sol desde el castillo de Aznalzara. Al fondo la Sierra de la Silla, Grazalema, Cádiz./ Foto J.M.
Puesta de sol desde el castillo de Aznalmara. Al fondo la Sierra de la Silla, Grazalema, Cádiz./ Foto J.M.
17 comentarios Añade el tuyo
  1. ¡Bienvenido, Joaquín, al grupo! ¡Enhorabuena por tu evocadora y sentida escritura! Intuyo que tu presencia nos hará sentir afortunados. Muchas gracias.

  2. Cuando vengas a Asturias, me gustaría hacer una con la guía de Pepe el gallego, que conoce todos los rincones de los Picos de Europa, como ésta que tan bien describes de Grazalema, por donde pasé con otra forma de mutante, el correcaminos motero tranquilo, acompañado de otros dos buenos pájaros. Fue cuando te conocí y nos dabas energia con aquellos desayunos inolvidables y nos la reponias de nuevo con tus cenas y tu conversación permitiendonos descansar en tu nido desde donde veiamos la Giralda. Muchisimas gracias, una vez mas Joaquín
    Que recuerdos de Grazalema, Zahara de la Sierra…..

  3. joaquin lo que has escrito solo se puede escribir con el corazon que es el que te ha llevado la pluma por ese sendero tan certero y luminoso.gracias por describir al grupo con tanta belleza.

  4. Joaquín he disfrutado enormemente leyendo la completísima y preciosa narración que hiciste de la última ruta. Y me alegro mucho al comprobar como Charo y tú os habéis integrado en nuestro grupo, se nota que tenéis un importante bagaje que hace que, como muchas otras incorporaciones, enriquezcais Correcaminos. Estoy deseando regresar a Sevilla y contactar con la peña. Un abrazo pa tos. CARLOS

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *