Mi padre, los chinos, la capa y los calzoncillos

Mi padre rebulló, tras un breve arribalbo* a las diez de la noche, y preguntó si todavía había sol. Pero el sol, oficialmente, se había puesto cuatro horas antes; además, no lo habíamos visto en todo el día; no había parado de llover.

–¡Pero… padre… que van a dar las uvas! –le dije mientras me restregaba los ojos, brillantes como dos girasoles maduros; enrojecidos de mirar Telecinco.

Esto fue el día 31.

Hoy, 2 de enero de 2018, recuerdo que a la hora en que mi padre despertaba de su enésima siestecilla Ramón García ya estaba cepillándose la capa que, luego se vio, no pudo evitar que pareciese vieja, ¿verdad? ¡Es cierto! Televisión española, digo yo, podría haberle comprado un uniforme más moderno. ¡Que ya está bien de repetir caspa y antojos!

También pudo mandarle a África con los bantúes, por ejemplo, para que le explicase a aquella gente cómo es el rollo de las uvas, te comas las doce, y no te atragantes. ¡Pero que pesadito, Ramontxu, hijo! ¡Si es que eres más plano que una tabla de planchar! Y, a todo esto “tu” Anne consintiendo, asintiendo con los brazos en jarras, sin saber qué hacer con las manos, la probe.

La luna y el naranjal./ Foto J.M.
La luna y el naranjal./ Foto J.M.

Antes de que apareciera Ramontxu me había liado con la cena… ¡Poca cosa! Un consomé y merluza al vapor, sazonada con una mota de sal, un soplo de pimienta, chorro de aceite de oliva virgen, perejil, laurel… Y la magia del cocinero, que no es poca.

En estas andaba yo… cuando… al asomarme para ver si mi padre cambiaba de canal y volvía a Telecinco… apareció José Mota para hablarnos de los chinos. ¡Esto si que es… una noticia! ¡No puedo perdérmelo!, clamé en voz alta, para que me oyera mi padre y me entregara el mando de la tele.

–¿Ves ese señor? Ha dado en el clavo con el tema… El mayor problema que tenemos en España, padre, no es Rajoy, el PSOE, ni Podemos, ni esos señores naranjas… Ni siquiera la monarquía o los catalanes que quieren irse por ahí, a su bola… son problema al lado del que nos pueden causar los chinos. El problema padre, es el jamón. ¡Los chinos van a dejarnos sin jamón! ¡Se lo van a comer todo! –casi le grité para que viera que iba en serio y no estaba dispuesto a que me dejase sin ver el programa de Mota.

¡Y vaya si me entendió! ¿Cómo no iba a entenderlo si mi padre se ha pasado la vida criando cerdos y matándolos después? ¡Ay, las matanzas!

–¡Pero, cómo! ¿Qué los chinos van a dejarnos sin jamón? Eso no puede ser cierto… No te creo, hijo –remató con una sonrisa beatífica, de escéptico más bien, mientras ponía su mejor cara, la que a uno se le queda a los 92 años tras dormir una siesta.

–Pues así es, padre. Los chinos van a arramblar con todo. Hasta las pezuñas del marrano van a llevarse para China…

Y en esto salió el señor Mota que, este año, pienso, se ha liado bastante. Demasiado chino y demasiados Motas… Para acabar estrellándose contra una farola que, una vez se ha dado el primer golpe, los demás ya no tienen gracia ni a los espectadores nos duelen.

Aún así tuvo sus momentos de genio, como cuando entrevistó a Garbiñe Muguruza.

Noche de luna./ Foto J.M.
Noche de luna./ Foto J.M.

Mas, Mota terminó, mi padre cenó y ¡repuesto! se fue a la cama.

Y entonces empezó el espectáculo. El mando de la TV ardía en mis manos: aquí una tal Pedroche con su mono de trabajo rojo pasión dispuesta a desnudarse en cualquier momento –“!Qué yo soy muy feminista y mi vestido también!”–. Allá un señor y una señora, que un servidor no conocía, tratando de convencer a la gente para que se fueran con ellos a comer las uvas. Ya, ya… Cualquiera se fía. Y en otro canal una panda de… ¡no sé como calificarlos… maqueados, saludando a la abuela, a la madre, a la gata de su hermana, al perro del primo… ¡Como si la televisión fuese un asunto doméstico!

Había una chica que imitaba a la insigne Pedroche dejando que sus senos se asomasen al albur de cualquier fantasía y miradas procaces, embutida en un escote que se tragaba todo su cuerpo ¡Esta, también, seguro que se proclama feminista! Y había otras almas que no paraban de cacarear felicidad y soflamas, huecas de amor, mientras prometían paz y concordia para el año que empieza, en el que su trabajo, ¡su trabajo!, consistirá, precisamente, en despellejarse entre ellas o hacerlo con terceros.

Entre tanto, el cocinero y la sirena Pedroche vendían cerveza fresca en tanto Anne y Ramontxu… no me acuerdo qué hacían. ¡Ambos estaban tan sooososss!

 

Y, como si fuera mi padre (¿será algo genético?) volví una vez más a Telecinco. Y allí estaba la peña del Sálvame ese, quitándose los pantalones, arrancándose la camisa y jugando a carneros y cerdos… ¡Menuda piara! ¡Qué genial era todo! ¡Que guay quedarse ante el público en calzoncillos!

Pensé que era suficiente para empezar el año. Apagué el televisor.

 

Feliz 2018.

¡Salud!

 

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* Arribalbo. Dícese, en mi tierra, de alguien que echa una pequeña siesta. Algo así como quedarse dormido unos minutos para luego regresar a lo que se estaba haciendo como si no hubiese pasado nada.

2 comentarios Añade el tuyo
  1. De lo que se deduce, que los programas de T.V. son más repetitivos cada año. Mejor tocar las campanadas a mano y probar si hay suerte jugando a las cartas…..

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