Silencio después de la tormenta

En Nochebuena, el móvil echaba humo.
Campanillas, lazos y flores, corazones palpitando de amor.
Guirnaldas, ramitas de acebo, besos y espuma de sentimientos ardiendo.
Videos ingeniosos, tonterías, y muchas frases huecas…
En Nochebuena la televisión era un caldero de amor y pamplinas,
merengue de palabras y sonrisas de celofán.
Con tanto amor, yo moría de emoción… porque me querían tantos y tantos,
¡Tanta gente!
Mi padre –92 años– estaba encendido. Miraba al espectáculo como el niño que acude a la feria y no sabe a qué atender: si a los caballitos o al tiovivo, a la noria o a los coches de choque.
¡Telecinco es la mejor! En las otras solo salen viejos!”, sentenció, mientras miraba a la pantalla donde un rey maqueado para la ocasión, con libro, foto familiar, estatuilla de no se qué princesa de Girona y belén incluido… se esforzaba con las manos (sobre todo con las manos), moldeando la voz, para tratar de convencernos de que no nos peleásemos.
Pero mi padre solo pensaba en Telecinco… ¿Pero por qué le gustará tanto el Sálvame ése o Pasapalabra? Ah, misterio.

La Nochebuena iba muriendo mientras el móvil ardía de felicidad en una marabunta de gente que no paraba de quererte. No hablo de las amigas y amigos, sino de esos otros que nunca les viste.
La cena fue tan sencilla y frugal que nos sentó la mar de bien. Mi padre erre que erre con Telecinco y recordando a todo el elenco de grandes periodistas y sabuesos que se dedican a gritar y a despellejarse unos a otros. Y entre tanto, nos fuimos quedando dormidos…

Ayer fue Navidad y todo era silencio.
Nadie llamaba. Nadie escribía.
El móvil estaba dormido y mi padre también.
Aunque tenía encendida la televisión a todo volumen como todos los días, ya no era lo mismo.
En medio de la oscuridad emocional por ese repentino apagón de mensajes en el móvil,
llegó la noche.

Ruge el cierzo. La lluvia racheada golpea en los cristales. Mi padre se arrastra ahora por el pasillo para que no se le duerman las piernas…
Y la caja tonta esa…, Telecinco, erre que erre con su cantinela de felicidad.
Hasta que llegan los informativos… Que cuentan ¡otra vez! un detallado abanico de sucesos. Supongo que para subirle a mi padre la tensión.
–¡Pero si solo te cuentan desgracias…! ¡Qué tormento…! –le digo, por decirle algo.
–“Ya, pero en las otras cadenas”, dice mi padre, 92 años, “solo salen viejos”.

Que tengan ustedes un buen año…

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Nota: Los paraguas estaban colgados en un casino de Las Vegas, Estados Unidos./ Foto: J. Mayordomo

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