7. Mongolia, nada es como nos lo habían contado

La primera imagen de Mongolia que conservo en la retina es una tienda de campaña plantada en medio de la estepa; luego, en la inmensidad difuminada por la niebla se suceden otras más, solas o agrupadas; son las yurtas, el hogar blanco y redondo de los nómadas mongoles que, como ocurre con las plantas silvestres, abundan por todas partes. Y en el aire todo flota. El humo expulsado por la máquina va formando nubes grises, enredadas como si fueran madejas, que se elevan hacia el cielo. El tren avanza. La locomotora, que gime igual que siempre, parece hacerlo ahora más alegre, como si adivinase la proximidad de la llegada. Amanece. Son las cinco en punto y el sol se asoma ufano, saltándose el perfil del horizonte. ¿Dónde están los árboles? Dónde aquellos que nos han acompañado durante 7.000 kilómetros… ¿Dónde, donde están?

            Por la ventanilla, asomado a ese balcón que se dibuja, recorro con la vista un campo verde, desnudo de arbolado. Hay rebaños de ovejas paciendo aquí y allá; algunas vacas; muchos yaks; caballos… Pero ni una sola, entre los miles de cabezas de ganado que observamos, levanta la vista parar mirarnos; no se inmutan. El paso del progreso a lomos del ingenio ferroviario les da igual.

            En estas tierras altas del Asia Central, cerros y praderas no parecen tener fin. El tren se acerca a prisa a Ulán Bator; serpentea entre colinas, barrios periféricos, casas de un par de plantas a medio hacer, almacenes de chatarra, basureros… y algún que otro edificio, aún en su esqueleto. Nada que anuncie todavía el encuentro inminente con esa gran metrópoli que es Ulán Bator, cercana ya al millón de habitantes.

Retrato de familia tras la boda delante de la estatua de Gengis Kan, en la plaza Sükhbaata de Ulán Bator./ Foto J. Mayordomo
Retrato de familia  ante la estatua de Gengis Kan, en la plaza Sükhbaatar, después de la boda./ Foto J. Mayordomo

            Enfrente, al fondo del paisaje, varias columnas de humo se elevan hacia el cielo entre un enjambre de viviendas; son las chimeneas de las dos centrales térmicas de carbón que abastecen de electricidad a la ciudad y que sueltan, día y noche, toneladas de hollín a la atmósfera, convirtiendo a la capital de Mongolia en una de las más contaminadas del mundo.
Al fin hemos llegado. Las ocho en punto. Dos taxis de fabricación rusa –Mongolia fue un país “asociado” a la URSS hasta la Perestroika– nos conducen al hotel. Es domingo y se observa poco tráfico. El hotel está muy céntrico; dejamos el equipaje y salimos a “explorar” las calles. Plazas y avenidas continúan aún desiertas; solo algún madrugador y algún despistado noctámbulo se cruzan con nosotros.

            De pronto, un coche se para a escasos metros de donde nos encontramos; es un taxista pirata (nos enteraríamos de ello luego) que anda a la caza de clientes. El conductor se inclina hacia la ventanilla que acaba de abrir y se dirige a la pareja que camina por la acera; tras un breve diálogo, el chico abre la puerta de atrás e intenta, con palabras amables (o eso es lo que parece) que la chica entre en el coche; pero ella se resiste, protesta; frágil como una marioneta, se tambalea… Él la sostiene y, con cuidado, la empuja suavemente hasta que logra su objetivo; después también sube él al taxi y este arranca; despacio. La fiesta del sábado-noche ha tocado a su fin.

Los niños, en las bodas de Mongolia, son la estrella./ Foto J.M.
Los niños, en las bodas de Mongolia, son la estrella./ Foto J.M.

            En la plaza Sükhbaatar, de dimensiones soviéticas, Gengis Kan nos recibe, solo, reencarnado en una estatua de bronce, gigantesca. Ahí está, repantigado en su trono, esperando; como si quisiera reunir a todos los mongoles en su halda; dispuesto a ejercer su protección con aquellos descendientes de los que ya fueron sus súbditos en el siglo XIII. Gengis Kan mira al frente y barre con la vista la explanada solitaria, inmensa, buscando algún vestigio, quizá, que le recuerde al gran imperio mongol; aquel que fuera, hace siete siglos, uno de los más extensos de la tierra.

Hombres con sombrero de ceremonia./ Foto J.M.
Hombres con sombrero de ceremonia./ Foto J.M.
Retrato de familia./ Foto J.M.
Retrato de familia./ Foto J.M.

            Como le ocurre al gran guerrero, nosotros también estamos solos. Hasta que, de pronto, vemos cómo se acerca una marea de gente ataviada con ropas coloridas, de ceremonia. ¡Demonios, otra boda…! ¡Las bodas nos persiguen! Llegan también los novios, que se acercan enseguida a los soldados que hacen guardia junto a la estatua del héroe. Hablan con ellos y estos asienten; y luego les permiten que se hagan fotografías al lado del gran Kan, en una especie de gesto, intuyo, que rubrica su amor.

            Los invitados aguardan al pié de la escalera. Cuando los contrayentes regresan junto a ellos, todos les rodean y se ordenan para las fotografías familiares de rigor. “¡Ah, han venido hasta aquí, a las 9 de la mañana, solo para hacerse fotos!”, comentamos. Nos fotografiamos con ellos, sonríen. Son simpáticos… Nada que ver estos mongoles con los estirados rusos. Nos preguntan, les contamos… “Spain, Spain”. En inglés; por señas. En español. Y miramos, sorprendidos, al típico vestuario…

            Las mujeres y hombres mayores visten una especie de albornoz de una sola pieza y único color (añil, ocre, rojo…), ceñida a la cintura con un cinturón a juego. Los hombres se cubren la cabeza con sombrero; los hay que parecen “cordobeses” y otros, sustraídos del guardarropa de Al Capone. Las mujeres lucen sin adornos los cabellos. No así las más jóvenes, que se han puesto de todo: minifaldas, prendas ajustadas, tacones de aguja… Pasarían por europeas si no fuera por los rasgos característicos que embellecen su rostro. Es una boda campesina… Gente con pocos recursos. Pero con los niños y las niñas no han escatimado gastos. ¡Cómo les han maqueado! ¡Cuánto perifollo!

            En Ulán Bator, las franquicias de empresas occidentales proliferan como setas en otoño; no importa el sector, ya sea de alimentación, ropa, ocio o servicios, están por todas partes. Las chicas visten de forma desenfadada y los chicos con vaqueros y zapatillas de deporte. Los teléfonos móviles son la enfermedad más común y extendida; nadie se libra de ella. Como de los atascos, que son permanentes. También se observa que la fiebre del ladrillo ha llegado hasta aquí. Y surge la pregunta: ¿qué esconde esta tierra de pastores, prácticamente deshabitada –Mongolia, tres veces España, tiene solo tres millones de habitantes, de los que un millón reside en la capital–, como para que el capital internacional construya edificios por docenas? Sin grandes reservas de materias primas reconocidas (minerales, petróleo, gas, etcétera), ¿a qué obedece este afán inversor? Cuesta encajar lo que se ve en el puzzle del país, y más aún entender por qué en Ulán Bator hay tantos hoteles de lujo y rascacielos. Cosas de la política, se supone: un régimen comunista que práctica el liberalismo y el libre mercado a partir del laissez faire. Sea o no la causa esta, lo cierto es que en Mongolia hay ya más de 10.000 compañías extranjeras trabajando.

            Volvemos a la calle, al relato que se fragua en ese mar de zozobras cotidianas donde el viajero acumula encuentros y experiencias. Caminar, preguntar, intercambiar sonrisas y gestos, hacer cola para coger un autobús o comprar un tique para entrar al museo de los Dinosaurios, por ejemplo (en Mongolia se han descubierto algunos de los restos más valiosos de estos herbívoros que vivieron hace 240 millones de años), pueden deparar siempre vivencias interesantes con las que seguir alimentando el viaje. Interesante fue, por lo insólito, “tropezarse”, en la plaza que lleva su nombre, con un monumento dedicado a los Beatles, inaugurado en 2008, y ahora a punto de ser demolido por obra y gracia del furor desarrollista que vive la ciudad, que pretende levantar en el lugar un centro comercial, pese a la oposición frontal de los incombustibles forofos, que, afirman por allí, siguen siendo muchos los mongoles que aman la música de los Beatles.

Monasterios al calor del dinero

Cualquier rincón es bueno para dejar un donativo y pedir una "gracia" a Buda./ Foto J.M.
Cualquier rincón es bueno para dejar un donativo y pedir una “gracia” a Buda./ Foto J.M.

Al monasterio de Gandantegchinlin, un gran complejo conventual, situado en un altozano, no lejos del centro de la ciudad, acuden, a diario, las gentes en masa a hacer sus ofrendas y ruegos; a cambio se supone que Buda les echará una mano en temas de fertilidad, riqueza y amor. Muchos de estos fieles tienen en los monjes sus intercesores con el más allá. En una especie de confesión con el monje de turno, que pagan con dinero, este les escribe en un papel el deseo que exponen o les recita las jaculatorias correspondientes, que será mano de santo, nunca mejor dicho, para que se cumplan sus sueños.

            Lo que choca de los templos y recintos budistas es que el “vil metal” abunda por todas partes. Donde menos te lo esperas se halla un “nido” en el que los creyentes han dejado los billetes, además de toda clase de exvotos, en particular trozos de tela, palitos y piedras. Lo de la telas atadas a rejerías y postes, como, en occidente, los candados-del-amor en las barandillas de los puentes, empieza a ser preocupante. Sin ir más lejos, recuerdo que en un mirador del lago Baikal, la baranda parecía la cerca de un basurero de tanto trapo enredado como había. Sí, también en Mongolia abundan los montones de piedras y exvotos de tela en torno a una roca, tronco o montículo. Se ve que creer… creer en lo que sea, es consustancial al ser humano.

El almuerzo de los monjes en el monasterio de Gandantegchinlin./ Foto J.M.
El almuerzo de los monjes en el monasterio de Gandantegchinlin./ Foto J.M.

            En uno de los templos del citado monasterio (hay varios en el complejo) topamos por azar con la imagen surrealista del viaje. Los monjes se habían reunido allí para la oración previa al almuerzo. Desde su cubículo, cómodamente sentados, los cenobitas repetían las oraciones al ritmo que marcaban los tambores, aporreados por los niños novicios. Delante, cada uno tenía una bandeja a rebosar de productos; todos envasados con envoltorios de colores: galletas, barritas energéticas, chocolates, patatas fritas…  ¡Era el almuerzo! Había paquetes rotulados en inglés; otros, en chino, en mongol; un arco iris de rutilantes filigranas destinadas a estimular la apetencia… Acompañaban esta dieta singular con una botella de fanta de dos litros. ¡Hay que ver, hasta los monjes han caído en las redes del consumo!, pensé. Ya ni cocinan… Impresionaba aquella estampa: un grupo de hombres envueltos en sus túnicas rojizas, en chanclas, con la cabeza rapada, sosteniendo entre sus manos la bandeja rebosante de comida “basura” y al lado la botella “gigante” de fanta.

            Muy en consonancia con esta forma de plantear los viajes (ir… y a ver qué sale), una noche descubrimos, un tanto apartado, ocupando un palacete, un restaurante italiano que parecía de postín. Allá nos fuimos. Nos atendió un hombre mayor, malencarado, más seco que una pasa. Además de un perfecto italiano, hablaba inglés, francés, mongol y lo que le echasen. También exhibía un malhumor permanente y le reñía sin cesar a la camarera, la única que había en la sala, una sala con tres mesas. “¿De dónde habrá salido el energúmeno?”, nos preguntábamos. Tenía aspecto siniestro. “Seguro que es de la mafia… Un arrepentido protegido por la justicia, enviado a aquí con una identidad falsa”. Cenamos estupendamente. El risotto resultó ser extraordinario; los fetuccini de espinacas con verduras al roquefort, como si acabasen de traerlos de Italia; el ragú di mazo con funghi, delicioso y el tiramisú a estilo Venecia, sublime.

            Nos pasamos la velada elucubrando quién sería aquel señor alto y fibroso, al que no le sobraba ni un gramo, que tenía un carácter tan agrio. Gozamos de la cena rica, rica, y especulamos, molestos, con el porqué y el cómo del trato que el patrón dispensaba a su empleada. Al marcharnos le agradecimos a la camarera el servicio y, para desagraviarla… “quizá volvamos otro día”, dijimos.

            Y así fue. Dos noches después, atraídos por el recuerdo de los opíparos manjares que habíamos degustado, retornamos a aquel extraño santuario de la gastronomía italiana en Ulán Bator. Y allí estaba el patrón con la misma cara, algo menos avinagrada, es cierto, y su inefable camarera, ahora espléndida y sonriente. Por lo visto, todo había mejorado… Menos los platos que pedimos que, sin llegar a ser pésimos, dejaban mucho que desear… Todo nuestro gozo en un pozo. Como en la primera noche, también algunos clientes de traje oscuro y amantes (o esposas) discretas, repetían. ¿También a ellos el extraño personaje les estaba tratando igual de mal? Es una pregunta para la que jamás habrá respuesta porque nos fuimos sin atrevernos a preguntar. Esta vez las alegrías nos las habían dado las cervezas; degustamos varias y todas nos parecieron excelentes… ¿Tampoco eran las mismas que bebimos el primer día? ¡Uf, cuánto misterio!

            Volviendo para el hotel, siempre alegres por los muchos pensamientos y enredos que nos deparan los viajes, constatamos que en Mongolia hay tantas estatuas… que hasta el primer mongol que obtuvo un doctorado en la Universidad del país tiene la suya; esto ocurrió en 1924. Algo que hay que agradecer pues siempre es bueno que se celebre la cultura.

Dos yaks enamorados en la estepa mongoliana./ Foto J.M.
Dos yaks enamorados en la estepa mongoliana./ Foto J.M.

            Pero Mongolia es, sobre todo, una tierra sin fin, un espacio abierto en el que siempre queda lejos la línea del horizonte; praderas infinitas; desiertos como el del Gobi, en la frontera con China; uno de los más secos del planeta. Mongolia es la naturaleza en estado puro… Y aunque carecíamos ya de tiempo para recorrer el país con calma y acercarnos a la estepa más profundamente, no quisimos irnos del país sin visitar antes el Parque Nacional de Gorkhi Terelj, próximo a Ulán Bator, y ver de cerca cómo eran los peludos yaks, lar yurtas y esos mongoles ensimismados que cabalgan sobre sus peculiares equinos de pie. No tuvimos demasiada suerte… El “progreso” había llegado antes que nosotros al parque y, más que soledad y salvaje naturaleza, encontramos hotelitos y resorts por todas partes; complejos turísticos. Eso sí, los rebaños seguían estando allí, y los yaks y los caballos también. Un tanto decepcionados, aunque conscientes de que Mongolia se merecía otro viaje con más tiempo, regresamos a Ulán Bator; teníamos que partir hacia China, Pekín nos aguardaba.

 

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