5. Irkutsk, ‘el paraíso cultural’ de los disidentes

Apenas hemos dormido tres horas; los nervios se han impuesto al deseo y a los intentos de relajación. Nos vamos a Irkutsk. Más de tres mil kilómetros por delante sin bajarse del tren, asustan. En la calle, a las 4,30 de la mañana, la temperatura es perfecta; 22 grados para no pasar frío ni calor. Es domingo y mientras avanzamos por la avenida Ulitsa Karla Libkneckhta observamos a grupos de jóvenes y a algún hombre mayor abandonando discotecas y clubes nocturnos. Los reclamos luminosos en rojo y las figuras femeninas perfiladas en las fachadas por el neón chispeante les delatan. El taxi vuela hacia la estación.
¡Adiós Ekaterimburgo!
Los empleados del ferrocarril, uniformados de azul, se mueven pausado por el vestíbulo y los andenes; para ellos también es de noche aunque estén trabajando. Al obligado control de equipajes le sucede el de los pasaportes y el de los billetes sacados en España por Internet. No estamos solos, pero el silencio es casi absoluto. Rostros acartonados y serios van de acá para allá buscando el panel en el que se anuncie ese tren que les llevará al paraíso, al encuentro con alguno de sus sueños; también, para algunos, a la realidad.
Por fin, en la pantalla electrónica, aparece el tren que esperamos: Moscú – Pekín. Entrará por la vía 2, andén, 4. ¡Llega puntual! ¡Ni un minuto de retraso! Son las 5,45 y a las 6 en punto tiene anunciada su salida hacia Irkutsk, final de la etapa más larga, programada para este viaje; otros se bajarán antes, en Novosibirsk, Krasnoyarsk, ciudades importantes también, industriales, de nombre impronunciable. Por delante: 3.434 kilómetros; 50 horas; más de dos días sin poner un pié en tierra.

Camino de Irkutsk, al amanecer./ Foto J.M.
Camino de Irkutsk, al amanecer./ Foto J.M.

Como en el recorrido anterior, nos recibe la provanitsa de turno embutida en su traje de chaqueta en azul desvaído, mimetizando su figura con la luz cenicienta del alba; es una mujer de uniforme cumpliendo las reglas: revisora y cuidadora a la vez, vigilante, limpiadora… Ella se ocupa de todo en el vagón que le toca; el nuestro es el número 2. Durante el trayecto, esta rusa de hielo… pienso observando su rostro (aunque luego, en el trascurso del día, tal vez florezca ya que es verano) cuidará de nosotros y nos proveerá de todo lo necesario; desde una toalla a papel higiénico. Incluso nos hará un café “capuchino”, muy apreciado por aquí, según hemos podido comprobar durante la semana y media que llevamos en Rusia.
Nada más abandonar la ciudad nos envuelven los bosques otra vez ¡Más árboles no, por favor! Llevamos 2.400 kilómetros de arbolado continuo. Aunque descubro que en algunos trayectos la cortina de plantas es “artificial”; es decir, que responde a una reforestación programada, siguiendo el curso de la vía. “Estos rusos…”, se me ocurre pensar, “con tal de esconder sus secretos, son capaces de taparnos hasta las vistas al campo”. Pero no, más allá de esa primera maraña se percibe un horizonte boscoso.

Puesta de sol en algún lugar de Sibeia./ Foto J.M.
Puesta de sol en algún lugar de Siberia./ Foto J.M.

A veces se ve alguna casa; pueblos; industrias humeantes. Residuos de vida en medio de la taiga, perdidos en la nada. Nos cruzamos con trenes que transportan carbón, gas y petróleo, cemento, contenedores, maquinaria pesada, ganado, viajeros…Viajeros, pocos. Y extranjeros, menos. ¿Quién puede estar dispuesto a subir en un tren para recorrer 10.000 kilómetros, sin “nada que hacer”, desconectado del mundo? Venimos de un lugar en el que gobierna la prisa, la necesidad de “hacer algo”, la insatisfacción permanente porque nunca llegamos a cumplir las expectativas. Venimos del mundo del ruido y la furia, de la competitividad… Y aquí lo único que hay es tiempo para gastar y ese traqueteo acompasado, constante, que adormece, provocado por los vagones al rodar por la vía.
Apenas somos un par de docenas de personas en nuestro vagón; cada cual recluido en su compartimento como si tuviésemos miedo a salir de la jaula. Todos, parece, andamos un tanto embobados, ensimismados con la monotonía del paisaje; un paisaje que no es más que una repetición infinita de árboles; lagos y ríos, pantanos, alguna pradera. Y vuelta a empezar…
Viene la provanitsa, se asoma a la puerta del compartimento, sonríe, ¡oh, milagro!, ¿a qué se debe este gesto tan dulce?, y se sienta con nosotros. Junta las piernas y se acomoda sobre el halda una caja de plástico, de unos cincuenta centímetros de largo por treinta de ancho, y empieza a mostrarnos sofisticados abalorios bañados en dorados, plateados… Son los tesoros de su vida: imanes de locomotoras y vagones del ferrocarril ruso, bolígrafos; una navaja de acero, imitación de las famosas suizas, pero aparentemente más resistente y con más chismes; portavasos de café, una campanilla, llaveros… Le explicamos con gestos que “no”. “No”. “Que no queremos comprar nada…” Pero ella ni se inmuta y sigue, dicharachera, explicando su rudimentario negocio como si fuésemos bilingües y el ruso nuestra lengua; como si entendiésemos a la perfección su relato. Una locomotora con el correspondiente vagón (220 rublos, unos 3,5 €) puede ser un buen souvenir para recordar que estuvimos aquí, recorriendo estas tierras que habitan los confines del mundo, viajando en el Transiberiano. Nos convence… ¡Hala, ya tenemos el recuerdo!

Casas de madera hundidas en la tierra y el tiempo en Irkutsk./ Foto J.M.
Casas de madera hundidas en la tierra, en Irkutsk./ Foto J.M.

El tren se detiene de pronto en un pueblo sin nombre… Sube una chica elegante; delgada; con cintura de avispa y nariz respingona. Ligera y resuelta. ¿A dónde irá? ¿Quién es? Y la imaginación se alborota y ya está tejiendo una historia. “Es estudiante. No, mejor profesora y regresa a Irkutsk, donde imparte clases en la Universidad. ¿De qué? Ah, vete tú a saber… ¿Quién lo sabe? Tal vez de música. No, no; de música no… No tiene pinta. Es la hija de una familia adinerada y va a visitar a su novio, que es oficial de marina en la flota rusa del Pacífico, en Vladivostok… Pero, ¿y si fuera novicia ortodoxa, a punto de tomar los hábitos, que ha venido a su pueblo a despedirse de las cosas terrenas? No, no, tampoco parece que pueda ser eso… Monja, no… Tal vez sea amante de alguien… De un hombre importante… Y puede que haya venido a reconciliarse con su familia y ahora regrese a reunirse con él, un potentado del petróleo”.
Así son los sueños, así los viajes: ventanas que se abren para que la imaginación no descanse; para que siga volando sin límite de tiempo, fronteras ni horizontes.

 

En tierra de nadie, donde se confunden las horas

Después de 30 horas sin bajarnos del tren, jugar con las palabras es tentador. También puede que te asalten extrañas ideas. “¿Qué hacemos hoy, qué programa tenemos?”, pregunta Joe, por sorpresa, nada más despertarse, poniendo cara de pillo. “¿Falta mucho para llegar?”, insiste, mientes sonríe, sabiendo que aún tenemos más de 1.500 kilómetros por delante hasta Irkutsk, la ciudad legendaria fundada al abrigo del lago Baikal.
Los cambios de hora dan mucho juego. El tren y todo lo que tenga que ver con él (estaciones, vagón restaurante, horarios) funciona con hora de Moscú, pero, a medida que avanzamos hacia el Este, el huso horario se corrige adelantando el reloj de hora en hora. En estos momentos, por ejemplo, el reloj electrónico del vagón marca las 7,17 de la mañana, pero la realidad es que son las 11,17 en el pueblo en el que el tren ha parado. Así, con este lío de horas, cuando menos te lo esperas huele a comida; los locales ya están almorzando y tú aún andas dándole vueltas a qué prepararte para el desayuno. No hay mucha variedad para elegir… Pero la imaginación nos auxilia y enseguida disponemos de una tarrina de caviar, tostada de pan de leña regada con aceite de oliva virgen extra, con adorno de jamón ibérico de selección, y un buen café humeante. ¡El sueño de todo viajero del Transiberiano al despertar por la mañana! Pero no, solo es un juego; la expresión de un deseo, una fantasía. La realidad es que hemos de conformarnos con el agua caliente que nos proporciona el samovar, los sobres de té o de café que hemos traído para el viaje y las galletas que compramos antes de salir, en Ekaterimburgo. También, como somos viajeros previsores, tenemos fruta, queso, embutido, tomates… No podemos igualar el desayuno que hacemos al que nos propone la imaginación, pero tampoco está mal.

Ventana de una casa de madera en Irkutsk./ Foto J.M.
Ventana de una casa de madera en Irkutsk./ Foto J.M.

Los rusos, insisto, me parecen silenciosos y educados. Especialmente respetuosos con todo lo público. En Moscú un hombre joven me llamó la atención porque me subí a un banco de hormigón buscando una mejor perspectiva para hacer una foto; quise deducir que lo que me estaba diciendo era que un banco no es para subirse en él sino para sentarse, aunque vete tú a saber qué improperios me soltó.
Hay niños en nuestro vagón, pero no se les nota; no se oyen. Y eso que llevamos casi dos días, ya, sin abandonar el tren. En las estaciones con parada de 15 minutos o más, algunos viajeros descienden a estirar las piernas; casi todos lo hacen en pijama, que es como más cómodo se va en el viaje. Entonces llegan algunas mujeres que les ofrecen de todo: desde bocadillos y fruta, hasta objetos de decoración para la casa, artesanía y recuerdos de la región, animales disecados y pieles. Pero no te atosigan (“¡compra, compra, compra!”) como suele ocurrir cuando hay por en medio turistas; ellas pasan, miran, les miras y, si no les compras nada, se van.
Observo que el paisaje está cambiando… ¡Qué ilusión! Ahora en lugar de diez árboles por metro cuadrado hay ocho; quizá sean solo siete. Sí, exagero, pero es que empiezo a añorar el desierto y los campos de trigo amarillos. Es cierto, de vez cuando aparece algún claro. Recortamos colinas… ¿Encontraremos al fin las montañas? No, no. El horizonte se cierra un instante entre verdes praderas, pero vuelve enseguida, otra vez, la llanura infinita.
Sí, ahora sí, se repiten los campos de cultivo y surgen pequeñas aldeas. Las casas son de madera, modestas, viejas. Huertos cuidados, en pleno apogeo: patatas, girasoles, judías, coles… ¡Y muchas flores! Parece que la primavera ha estallado en este rincón de la Tierra con varios meses de retraso y no tiene tiempo que perder, acechando como está ya el otoño. No se ven pájaros. ¿Otros animales? He reconocido un par de cabras entre la hierba de un prado, y al lado, en la parcela contigua, una vaca mirando hacia el tren. Los bosques sin embargo, no cambian; son permanentes. ¡Llevamos cuatro mil kilómetros de verdor y foresta!
Las horas pasan lentamente… En el vagón reina el silencio; la mayoría de la gente dormita o intenta leer. Digo “intenta”, porque el vaivén es continuo; demasiado traqueteo. Sin embargo, los compartimentos son cómodos; será por esto que no sale nadie al pasillo; se quedan ahí, en la guarida, como esperando a que algo extraordinario suceda y estimule su mente, despierte su curiosidad y les obligue a salir. Las literas, abatibles, son cuatro, pero por espacio podrían viajar seis personas. Tienes tu almohada y tus sábanas; tu edredón y un aire acondicionado que nos congela, pero que, gracias a que podemos tapar su salida con una toalla –por indicación de nuestra cuidadora–, lo regulamos según nos conviene.
La provanitsa está en todo momento pendiente de que los aseos estén limpios; no deja de sorprenderme su laboriosidad. Y cuando se pone el uniforme y su gorra-casquete, un halo de autoridad la ilumina; entonces el tren se detiene, ella baja al andén, se cuadra, y recibe a los viajeros que llegan. Ni una sonrisa para los que se van.
En el restaurante, algunos extranjeros –¿turistas?, ¿viajeros? qué más da– beben cerveza rusa o de la república checa; latas de medio litro a tres euros cincuenta. Almorzar o cenar puede salir por unos veinte euros; un precio asequible si tenemos en cuenta que estamos rodando por los confines del mundo.

Aumando el omul, el pez preferido en el Baikal./ Foto J.M.
Ahumando el omul, el pez preferido en el Baikal./ Foto J.M.

Hacer una excursión al vagón-restaurante puede ser un aliciente cuando pasan varios días sin que uno se haya bajado del tren. No solo porque estiras las piernas, puedes comer cualquier cosa o tomarte un café. También por las aventuras que corres. Acabamos de hacer una de estas excursiones para tomarnos ese “té de las cinco” que nos ayude a digerir mejor el paso del tiempo; ese té que apetece saborear cuando se vence la tarde mientras devoramos kilómetros… El camarero nos recibe muy serio (como si hubiera estado riñendo con alguien), y sin darnos tiempo a sentarnos, y menos a plantearle lo del té, ha levantado la mano derecha y, apuntando con un dedo al reloj de pared que hay en un lateral del vagón, al lado del mostrador, nos ha dicho: “¡Las 4,40 en Moscú, hasta las 8,40 en Moscú, cerrado!” Lo ha explicado de un tirón, en un inglés macarrónico, de manual para autodidactas, pero le hemos entendido a la primera. He mirado mi reloj y en ese momento marcaba las 7,30… ¿En dónde? Ah, vaya usted a saber por qué lugar de Siberia transitamos en este momento. En cualquier caso, hemos sonreído y, dándonos la vuelta y las gracias por “su amabilidad”, hemos empezado a discutir sobre las horas y horarios que debíamos seguir por aquí mientras desandábamos el pasillo, camino otra vez, de nuestro vagón, danzando como zombis con un intenso bamboleo.

Lenín, apuntando al futuro, en Irkutsk./ Foto J.M.
Lenín, apuntando al futuro, en Irkutsk./ Foto J.M.

Recorrer los pasillos de un tren camino de Siberia siempre resulta estimulante. Te cruzas con gente; gente de hielo, generalmente, pues andas por Rusia. En el momento del cruce te miran y miras a ver quién se arruga y, educadamente, deja pasar al otro. Luego te comunicas con él o con ella haciendo aspavientos, o acudiendo al recurrente lenguaje de los signos: “¿Pasa usted o paso yo, señora? ¿No ve que los dos a la vez no cabemos? Ande, apriete ese mapa estupendo de Rusia que le adorna la tripa, hermosa matrioshka, y échese a un lado, por favor. ¡Ay, señora, espere, que me encojo yo! No, no. Espere, espere… Ya le he dicho que me encogeré yo… ¿que remedio? No sea impaciente…, ya me aplasto, ya…” Todo esto dicho así, con el pensamiento; sin emitir ni un sonido. Sin llegar a abrir la boca, salvo para exhibir esas muecas ridículas que hacemos cuando no sabemos qué hacer. Y ella, supongo, piensa lo mismo, aunque, en su caso, sin mover ni un solo músculo mientras que yo me contorsiono como si estuviera en el circo. Al fin el conflicto se resuelve intensificando los gestos, con un armisticio. Ella pasa primero y yo espero. Luego, cada uno sigue a lo suyo.

 

Nos persiguen las bodas

El tren llega a Irkutsk por la vía 3, andén 2. Ha tenido que esperar un buen rato hasta que dieran las 8 y hacer su entrada triunfal a la hora en punto. Así hemos tenido tiempo de observar las inmediaciones de la ciudad, donde se cruzan mil vías y caminos. Constatamos que hasta dónde alcanza la vista hay decenas de vagones en vías muertas cargados de contenedores con todo tipo de mercancías, en particular con madera. Acaba de hacerse de día y la temperatura es suave; el murmullo que envuelve la urbe va in crescendo; esta despierta muy lentamente.
La estación es antigua, monumental; tiene ese aire de reliquia imperial que retrae a aquel tiempo de zares e imperios, cuando la nobleza en su holganza se perdía por aquí. Ya en el taxi, camino del hotel, observamos una ciudad desgastada, con signos visibles de cierta grandeza, pero que se esconde como aquella vieja dama consciente de que ha pasado su época. Tranvías decorados que rugen como si fueran chatarra, fachadas ennegrecidas, casas de madera que se caen a pedazos… La llegada al hotel nos asusta. Después de dar varias vueltas (el taxista se ha perdido) penetramos en un laberinto de calles y bloques de viviendas humildes, desconchadas, con cornisas que parece que están a punto de caerse… ¿Pero dónde estamos? ¿A dónde hemos venido a parar? ¿¡Es aquí dónde se encuentra ese hotel tan fantástico que vimos en Internet cuando reservamos las habitaciones?!, exclamamos, confundidos. El edificio, ubicado en medio de una especie de toral y rodeado de inmuebles con profundas heridas en sus muros, está, sin embargo, recién restaurado. El entorno también está bastante sucio, y la gente que pasa nos mira, curiosa, como si fuésemos sospechosos de algo; nosotros les miramos a ellos y pensamos ¿dónde nos habremos metido…?

Bañistas en el lago Baikal (Rusia)./ Foto J.M.
Bañistas en el lago Baikal (Rusia)./ Foto J.M.

Tenemos previsto quedarnos aquí cuatro días… Dudamos. Mas, se abre la puerta y aparece la dueña sonriendo, encantadora, hablando en ruso de corrido como si nos conociese de toda la vida. Su marido (se supone que es su marido) se muestra más mustio, retraído, aunque balbucea algunas palabras en inglés. Él enseguida se ofrece a mostrarnos las habitaciones. ¡Uauuuu! ¡Cómo son! ¡Perfectas! Amplias, limpias, luminosas, decoradas con gusto y detalles. Hay una mesa redonda auxiliar dispuesta con todo lo necesario para que el cliente prepare, si quiere, un ligero desayuno. ¡Estamos en Irkutsk, en los confines del mundo, pero aquí, en la habitación, podríamos estar en París! Y no se oye un ruido… Tampoco queda lejos del centro… El nubarrón que nos había caído encima de pronto se disipa.
Después del correspondiente registro como clientes, salimos a recorrer la ciudad. Enseguida nos sorprende la música ambiental que se escucha en las calles. Hay librerías, cafés con aire de antiguos; edificios de corte neoclásico que sorprenden por su armonía; vemos algún teatro, estatuas, artistas callejeros… El centro neurálgico lo conforma el cruce de la avenida Carlos Marx con la de Lenin; no muy lejos queda la calle Friedrich Engels; de Stalin, ni rastro.
Irkutsk, es verdad, tiene ese aire decadente e intelectual que se le atribuye. ¿Y a qué, o a quiénes le debe la abundante creatividad? La opinión más común es que fueron muchos los rusos perseguidos, proscritos o disidentes de los regímenes anteriores –tanto de la época zarista como de la comunista– los que vinieron a dar aquí con sus huesos y acabaron quedándose, bien porque les enviaban a Irkutsk directamente el Gulag, bien porque, tras cumplir la condena a trabajos forzados en alguno de los campos de trabajo, recalaban en esta ciudad que es la que tenían más a mano. Los supervivientes, ya liberados y empeñados en volver a la normalidad, recuperaban amistades y lugares de reunión, seguían conspirando y soñaban. Y mientras envejecían agrandaban su obra. Pero también comprendían que volver a Moscú era una quimera; entre otras razones, porque desandar los 4.202 kilómetros que les separaban de la capital de todas las Rusias les exigía disponer de unas fuerzas de las que ya carecían, además de un esfuerzo que no estaban dispuestos a hacer.
Disidentes y conspiraciones aparte, Irkutsk conserva ese aire de ciudad de provincias, tranquila, que al viajero tanto le agrada descubrir al llegar y luego pulsar, cuando camina por sus calles. Situada a orillas del río Angará, río que nace en el lago Baikal a medio centenar de kilómetros de la ciudad, goza de un clima aceptable en verano y templado en otoño; del invierno, mejor no hablar porque empieza en octubre y se alarga hasta bien entrado el mes de marzo; los 22 grados bajo cero de media que exhibe son demasiados grados, incluso para los 600.000 habitantes que viven en ella
Las joyas de Irkutsk son sus casas de madera; algunas tan viejas como la misma ciudad, fundada en 1661. Las que han sobrevivido a los reiterados incendios y al paso del tiempo, el peso de los siglos las va hundiendo en la tierra un poco más cada año. Las hay que para no caerse han optado por recostarse en un árbol; pero otras, las más, se dejan arrastrar hacia la inevitable desaparición, cansadas de esperar una rehabilitación que no llega.

Boda ortodoxa en la basílica de Nuestra Señora de Kazán (Irkutsk)./ Foto J.M.
Boda ortodoxa en la basílica de Nuestra Señora de Kazán (Irkutsk)./ Foto J.M.

Durante los días que permanecimos en Irkutsk callejeamos sin rumbo o guiados por unas líneas pintadas en rojo, verde o amarillo, en las aceras; ellas nos iban llevando a los lugares más emblemáticos. Así terminamos en la basílica de Nuestra Señora de Kazán, al otro lado del río, en el extrarradio. Al llegar nos encontramos con una ceremonia nupcial ortodoxa. Ni que decir tiene que asistimos a la celebración en primera fila. Parece que las bodas nos persiguen… ¡Ah, no, es que la gente se casa en verano! Ya, pero es que desde que vimos la primera en San Petersburgo, nos las hemos encontrado por docenas… ¡Pero cuánta gente se casa! Los novios de traje, con esmoquin, en vaqueros… ¿Y las novias? ¡De blanco!
Para el viajero curioso, que jamás asistió a una boda ortodoxa, encuentros como este forman parte de esos regalos que el viaje le hace. Así que… ¡a no perder detalle! Lo fotografía todo, lo escucha todo, lo mira todo… Trata de atrapar cada instante para no olvidar nada y recordarlo después, cuando se reúna con los amigos y les cuente. La novia, de cara rechoncha y de blanco (¡cómo no!) y el novio espigado, un tanto escuálido, con una camisa azulona de manga corta, modesta, ajustada, y un pantalón de paño que emite reflejos según le ilumina la luz que rebota en las columnas y los santos, atienden con cara de póker al pope que, con suaves palabras y un ritmo cansino monocorde, les anuncia un futuro mejor… ¡Seguro que prometedor!
Es una ceremonia modesta; apenas acompañan a los contrayentes un grupo de familiares y amigos. El pope, menudo y calvito, con barba cerrada, sigue a lo suyo, como si el acto lo tuviera grabado y él se limitara a actuar. ¡Ninguna emoción! Ahora les da a beber la sangre de Cristo del cáliz, les toma de la mano y les unce con la estola y, apoyando sobre las de ellos la suya, va tirando suavemente de los dos tortolitos hasta hacerles dar tres vueltas alrededor del libro sagrado. Luego les lleva, así, juntitos, sin soltarles, hasta el altar mayor, donde les cuchichea los deberes y obligaciones que contraen al casarse, supongo. La ceremonia concluye con el beso rutinario (ninguna pasión) entre los novios, y el de los invitados que se acercan, allí mismo, con ramos de flores para agasajarles. Al instante abandonan el templo y se hacen las fotografías de rigor en las escalinatas, donde aguardan nuevos contrayentes para entrar…
Deprisa, deprisa… Porque ya hay dos bodas más esperando turno.
¡Qué trajín! Y eso que Rusia era un país comunista hasta hace bien poco y no creía en Dios…
Asistir a ritos como este, universales, comunes –pero diferentes según las creencias–, es una experiencia que ayuda a comprender mejor la complejidad del mundo en el que nos ha tocado vivir; también a ser tolerante y discreto y, sin duda, a huir de los discursos dogmáticos.
Nuestra estancia en Irkutsk toca a su fin, pero antes hacemos una excursión al mítico lago Baikal, que con sus 636 kilómetros de largo, 80 de ancho y más de uno y medio de profundidad en algunas zonas, contiene el 20% de la reserva total de agua dulce que hay en el mundo. Como todos los lagos singulares, este también invita a soñar: ¿qué esconde en sus profundidades?, ¿qué historias y mitos lo rodean? Efectivamente, las leyendas abundan; y el avistamiento de monstruos también. Aunque el día que fuimos a verlo hacía muy buen tiempo y nada invitaba a tener pensamientos extraños o a elucubrar con misterios; algunas personas, incluso, se atrevían a bañarse; una heroicidad si se piensa que todos los año, durante algún tiempo, lo cubre una capa de hielo.
El Baikal, no iba a ser menos, también ha dado pie a urbanizaciones y proyectos de recreo en sus orillas, donde abundan los hoteles y restaurantes. El ojo azul de Siberia, como lo conocen los rusos, esconde en sus aguas más de mil variedades endémicas de plantas y peces. El omul es el pez más común y el favorito de los habitantes de su entorno; lo comen ahumado. De hecho, los fines de semana, si a alguien se le ocurre aparecer por las zonas turísticas descubrirá una humareda de tales dimensiones que asusta; son los puestos de pescado, en pleno apogeo, trabajando a destajo para tenerlo todo dispuesto al mediodía, cuando acudan a comer los turistas y domingueros.

Exvotos colocados en cualquier parte, aquí a la orilla del lago Baikal./ Foto J.M.
Exvotos en cualquier parte, a la orilla del lago Baikal./ Foto J.M.

También es frecuente encontrarse en las inmediaciones del Baikal –en un lugar singular, con una vista espectacular, o junto a un árbol que, por las razones que sean lo consideran especial– altares con exvotos. Sorprende acercarse a esas barandillas forradas de trapos raídos y sucios que recuerdan más a un basurero que a un altar.
Regresamos a Irkutsk después de comer. Hay microbuses que comunican la ciudad con los pueblos del entorno del lago cada pocos minutos. Tenemos por delante algunas horas de sol y la tarde invita a seguir paseando. Recorremos las calles más comerciales, atascadas de gente comprando; entramos en el impresionante mercado central de abastos –moderno, bien abastecido (a pesar del boicot que la Unión Europea practica con Rusia cada dos por tres), limpio, iluminado y perfectamente ordenados los paquetes de chicles o las bolsas de pipas–, para acabar en la zona de ocio más europea, donde la juventud acude a divertirse. ¿Y qué hacen? “Los chicos beben hasta hartarse y las chicas bailan solas… Luego, cuando ellos superan la fase de timidez, se exhiben y empiezan a meterse con ellas”, explica Matías, entre risas, un trotamundos argentino, varado en Irkutsk desde hace algunas semanas, que nos encontramos por casualidad en una cafetería. Pero, para que no nos quedásemos solo con esta impresión de “incomunicación juvenil”, el trotamundos de Ushuaia, Matías, nos cuenta también que “aquí, en Irkutsk, los intelectuales son muy apreciados, especialmente los escritores”. “¡Esta si que es una buena noticia!, le digo. Y con ella nos quedamos…
Al día siguiente, a las 8 de la mañana salía nuestro tren hacia Ulán Bator; Mongolia estaba esperándonos.

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