La ideología ha vuelto… Y una pantomima

“Unos convencen a otros de que las cárceles españolas, en el fondo, no están tan mal. Peor sería volver a tu barrio y reconocer tu error”, escribe en eldiario.es Ignacio Escolar.

Como en los tiempos heroicos de las revoluciones, la CUP catalana (Candidatura de Unidad Popular) ha tomado la Bastilla, el Palacio de Invierno y la Generalitat. Todo al mismo tiempo. Y esto ha sucedido en 2017 ante la mirada atónita de la mitad de los catalanes (por lo menos), de la mayoría de españoles y de los europeos… Europa, que se impuso tras la Segunda Guerra Mundial la obligación de cultivar el diálogo y el consenso, no da crédito a lo que está sucediendo estos días en Cataluña. Un grupo bien organizado, con el única arma del pensamiento, ha sido capaz de llevarse de calle a burgueses y nacionalistas (PDeCAT, Partido Demócrata Europeo Catalán, de Artur Mas y Puigdemont) sin que estos hayan sido capaces (por circunstancias complejas, supongo, y, en muchos casos, ocultas) de decirles “No, no. Que ustedes y nosotros caminamos por senderos opuestos”.
Sea como fuere, lo sucedido es insólito. Y al margen de lo que se ve o se percibe, como en la cebolla, a la que hace falta quitarle cien capas para llegar al núcleo, en el “Procé català” hay muchas capas que quitar, sin duda, y más tela aún que cortar.
En mi opinión lo sucedido en Cataluña no es más que la síntesis, y una representación teatral si se quiere, de la realidad que ahora vive lo que llamamos eufemísticamente el “Primer Mundo”. Precisamente de eufemismos deberíamos hablar… De eufemismos y de relativismo cultural, los dos grandes estandartes que al “mundo rico” ha utilizado en las últimas décadas hasta la saciedad y hasta tal punto que hoy las ideas se han ido al carajo (permítaseme la expresión) para entregarle el gobierno de los Estados al capital.
Pero a veces el dinero no lo puede todo. Y mientras se daba este “abandono” de la responsabilidad política, echándose en manos del capital, llegó la CUP y, con estrategia de libro, con el manual de la revolución en la boca, comenzaron sus líderes a colocar sus peones en el tablero del poder hasta ganar la partida… O al menos, la primera partida.
¿Y que hacía mientras tanto el binomio capital/política de eufemismos? Esperar, salvar sus poltronas y hacer malabarismos para “no perder votos”. No lo decían, pero se veía que lo pensaban. Los PP, PSOE y compaña, por ponerlos de ejemplos, instalados en ese perverso sistema donde el capital es quien gobierna, han sido incapaces de enfrentarse a lo que, seguro, sabían: que la CUP en Cataluña tenía (tiene) una estrategia revolucionaria que persigue un fin muy claro: la independencia de este territorio. Y no les importa, por ejemplo, saltarse aquellos principios que son santo y seña de su ideología, como es la votación a mano alzada (lo recordó ayer Anna Gabriel, uno de los líderes de la CUP, en una intervención, in extremis, en la última sesión del Parlamento catalán, por ahora) para apoyar el voto secreto con tal de seguir avanzando hacia la consecución de sus objetivos.
Todo esto, no tengo dudas, lo han sabido y lo saben aquellos que no se dan tregua en aventar lo de “la legalidad democrática”. Que cansan… Una legalidad y una democracia, sin embargo, que se la saltan según les conviene o cuando les interesa. Pero, bueno, aceptando que “la ley democrática” va a imponerse, no puede obviarse que en esta estrategia del avestruz –que sea la Ley y no la Política la que resuelvan los conflictos– ha habido y habrá, siempre, damnificados. Y en Cataluña no va a ser distinto. Habrá consecuencias… Para los más débiles, sobre todo. Como siempre. Y por largo tiempo. Porque los desgarros emocionales no se curan tan fácilmente como podrán curarse los económicos, que también los habrá.
En cualquier caso: sobre lo que cabe reflexionar, a mi modo de ver, es que estamos asistiendo a una realidad en la que en cuanto surge un grupo que tiene principios ideológicos firmes y se empeña en llevarlos a la práctica, el desconcierto de la política tradicional (desnuda ya de toda ideología) es de tal envergadura que la inseguridad aflora enseguida. Porque, frente a ese tenaz esfuerzo del grupo que se guía por un manual ideológico, está la vaguedad del dinero y de la clase política que, como se sabe, siempre se arriman unos a otros para protegerse, y, bien por el vil metal, bien por conservar su cuota del poder o seguir pegados al pesebre, los políticos se dejan llevar al huerto. Y si no, que nos explique Carles Puigdemont que le ha ocurrido… Aunque en la dirección contraria en la que pretendía.
Cataluña, hoy, es un teatro en el que todavía el final de la obra queda lejos. Porque unos y otros se afanan en ser hasta el final los protagonistas. Mientras tanto, sospecho que los próximos actos se conocen… De lo que nadie tiene ni idea es de qué ocurrirá cuando alguien pretenda interpretar la escena final; la del final de verdad, no la pantomima que ayer hemos vivido.

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