4. Ekaterimburgo, del asesinato del zar al cementerio de los mafiosos

Miro por la ventanilla del compartimento y, sin querer, me viene a la memoria la megalomanía de Napoleón Bonaparte y… ¡Qué ingénuo Hitler, también, repitiendo el mismo error! Y es que la inmensidad de la llanura se sucede sin dar tregua; durante centenares de kilómetros un mismo paisaje y una monotonía que perturba: bosques que no se acaban nunca, tierras pantanosas, ríos, lagos y más árboles. Todo se repite sin que se atisben señales de cambio u horizontes que indiquen al viajero que va a encontrarse “algo…” Algo distinto un poco más allá.
Después de 28 horas en el tren y 1.814 kilómetros –2.464 recorridos desde San Petersburgo– llegamos a Ekaterimburgo, ciudad importante en “la frontera” con Asia, donde los bolcheviques ejecutaron al zar y a su familia y, ahora, para entretenimiento de turistas y curiosos, la capital de los Urales ofrece al visitante, entre otras cosas, un singular cementerio: “El cementerio de los mafiosos”.
Bajamos del tren. Embotados por la larga travesía, caminamos por el andén escrutando nuestro entorno. El sol, a punto de ponerse, nos envuelve con una luz lechosa.

Vista general de Ekaterimburgo. En primer término, la iglesia de la Sangre que fue levantada en los años 90 sobre el solar en el que se encontraba la casa Itzair, en cuyo sótano fue asesinada la familia imperial./ Foto J. Mayordomo.
Vista general de Ekaterimburgo. En primer término, la iglesia de la Sangre, construída en 1988, sobre el solar en el que se encontraba la casa Ipátiev, en cuyo sótano fue asesinada la familia imperial./ Foto J. Mayordomo.

Mientras avanzamos, una sensación de irrealidad lo invade todo. Las sombras se proyectan sobre el suelo deformando los vagones y edificios aledaños; los rayos que rebotan en el ventanal que tenemos enfrente, nos ciegan. La estación, casi desmantelada a causa de las obras (Ekaterimburgo será una de las sedes del Mundial de Fútbol, en 2018) se me antoja un lugar triste; apenas transitan personas por ella. Los escasos pasajeros con los que nos cruzamos no parecen rusos; al menos no “tan rusos” como los rusos de Moscú o de San Petersburgo. Son menos esbeltos y su tez es más oscura; sus ojos achinados nos recuerdan que estamos a punto de entrar en otro mundo. ¡Pero si esto es Rusia…!, exclamo.
Tal vez confundido por esa neblina crepuscular, que está cayendo sobre Ekaterimburgo, huyo y me refugio en mis pensamientos. Me alejo de la realidad que tengo delante e imagino que he llegado a una tierra mítica, donde los tópicos más conocidos de Rusia aún perviven; la esencia más poética, la más literaria, puede que se halle aquí, en esta ciudad que encontró su acomodo en 1723 (año de su fundación) al abrigo de los Urales. Todas las fantasías que soñara en mi adolescencia y juventud leyendo a los clásicos rusos toman ahora cuerpo, al tiempo que reviven en mi mente olvidadas aventuras. Y así evoco recuerdos de León Tolstói, Dostoyevski, Chéjov, Pushkin, Gógol, Pasternak… Pero la realidad se impone. Siento ganas de saber en dónde estamos, a dónde hemos llegado.

Ekaterimburgo monumental./ Foto J.M.
Ekaterimburgo monumental./ Foto J.M.

Un túnel en penumbra, con paredes desconchadas, nos conduce hasta la calle. Caminamos entre gente que nos mira con inusitada atención; curiosean y nos retratan mentalmente. Se les nota. “Un billete para el metro, por favor”, pedimos. En inglés, claro; porque de ruso, ni palabra. “No, mejor le mostramos el mapa… Mire usted… Aquí está la dirección del hotel”.
Antes de acceder al suburbano el escáner nos chequea las maletas otra vez. Luego, tras pasar cinco estaciones y un cambio de línea, volvemos a la superficie. En la calle nos sorprende una avenida atascada de automóviles rugiendo en ambas direcciones. La cartelería luminosa, que se nos antoja extemporánea, pintarrajea las fachadas. ¡Y nosotros que creímos haber llegado a un rincón solitario! Nos llama la atención especialmente el tamaño de los paneles publicitarios, que son como pantallas gigantes de cine; su agresividad, el continuo chispear y los cambios de luz y color nos hipnotizan. Estamos en una ciudad occidental, no hay duda; más occidental, incluso, que la modernísima Moscú o la sobria San Petersburgo.
Como no hablamos el ruso ni entendemos el cirílico, nos dirigimos al hotel igual que aquellos náufragos que ansían tocar tierra… ¡Ahí, ahí está la isla donde vamos a dejar el equipaje! Es viernes y verano, y, por ello, la calle parece un jubileo con tanta gente. Nos choca ese bullicio permanente que sin cesar nos acompaña y que se mezcla con el rodar de las maletas…
Estamos a un paso de Asia, pero podríamos estar en cualquier urbe de Europa occidental. Sí, ser puerta de entrada a Siberia le da a Ekaterimburgo un cierto halo y aire de misterio, mas no somos turistas que se empeñen en ver todo lo que ofrecen las guías y renunciamos a “admirar” el monolito que “celebra” la raya fronteriza que parte en dos Eurasia. Aunque solo esté a 38 kilómetros… No, no vamos a ir; preferimos callejear.

Tumba mafiosa con coche./ Foto J.M.
Tumba con coche en  Shirokorechenskoe./ Foto J.M.
Tumba en el cementerio de ./ Foto J.M.
Tumba de la matriarca de un clan en Shirokorechenskoe./ Foto J.M.

En cambio, nos seduce visitar el cementerio Shirokorechenskoe, a 7 kilómetros del centro. Vamos a ir andando. Por el camino descubrimos barriadas humildes, con edificios que se caen a pedazos; también estupendos chalets y centros comerciales que nada tienen que envidiar a los de Londres o París y, al fin, el cementerio… literalmente “enterrado” en un bosque de pinos.
La entrada es surrealista: las flores que hay en los puestos de venta son de plástico y las coronas, corazones y otros adornos extraños se apilan en desorden al más puro estilo kitsch. Dentro ya, nada más traspasar la verja, dos perros sestean al lado de una tumba. Enfrente: el inquietante camposanto que se abre en senderos, en forma de abanico, hasta perderse en el espesor del pinar. Nos detenemos ante el realismo de algunas esculturas; las hay que parece que van a hablar. El paisaje, húmedo y selvático, es un enjambre de sepulcros; muchos tienen un banco a su lado y una mesa para que los familiares se acomoden mientras comparten alimentos y bebidas cuando les visitan. La sensación es de sosiego; el sol apenas filtra la luz entre el tupido ramaje. Buscamos a los gánsteres, las tumbas que han hecho famoso a Shirokorechenskoe. Después de varias vueltas… Ahí están… Mafiosos desafiantes tallados a tamaño natural con rayo láser sobre mármol negro. Algunos personajes parecen tan reales… El sol enciende, a veces, ¡un instante!, estrellas de color en sus manos y cuellos. Son las joyas que portan. Los hay que se han hecho esculpir, junto a ellos, el coche en el que perdieron la vida.
El bosque-cementerio resulta inabarcable; las tumbas y mil plantas se enredan a los troncos, sorteando la espesura de los pinos. Hay otras esculturas que recuerdan el “capo” de una importante familia, a la matriarca de un clan, también asesinada durante aquel tiempo de ira que sacudió a Ekaterimburgo.
La historia se remonta a los años 90, cuando la Perestroika dejó a la URSS en el limbo económico, atrapada entre el arcaico comunismo y el prometedor capitalismo. Entonces tenía Ekaterimburgo minería, una industria floreciente. Muchas de estas empresas, ante el vacío de poder que se produjo, quedaron a merced de grupos y familias mafiosas que invertían sus ganancias ilegales en ellas; el objetivo era controlarlas. En algún momento se rompió el equilibrio y alguien decidió restablecerlo a tiros. La guerra encarnizada la libraron varios clanes; el Central y el Uralmash, que llegaría a constituirse en partido político, se hicieron famosos. E igual que habían empezado a matarse a tiros, dejaron de hacerlo; sin ninguna explicación; pero, para entonces, cada grupo tenía ya su cosecha de muertos; la mayoría enterrados en el mismo cementerio: Shirokorechenskoe.

El Ekaterimbugo soviético; en prrimér término un abigarrado barrio popular./ Foto J.M.
El Ekaterimbugo soviético; en prrimér término un abigarrado barrio popular./ Foto J.M.

Pasó el tiempo, la URSS solo fue Rusia y todo volvió a ser normal. La ciudad recuperó otra vez la paz. Los mafiosos retornaron al juego ilegal, a sus secretos, al ocio nocturno y al tráfico de drogas.  Todo era ya consentido, o al menos lo parecía. Los gánsteres agrandaron su leyenda y en el cementerio, al que el pueblo le ha dado su nombre, reciben desde entonces, orgullosos, a miles de visitantes a diario; a cambio les ofrecen un singular corolario de “santos matones”.
Salimos a la calle por una puerta lateral y solitaria y allí estaba el panel avisándonos: ¡Atención a las picaduras de mosquito! Ay, me faltó tiempo para empezar a rascarme. Y mis amigos hicieron lo mismo. Quien más quien menos descubrió algún punto rojo sospechoso sobre la piel de su cuerpo.
A estas alturas del viaje habréis notado, ya, que la gastronomía, los lugares de ocio o las tiendas no tienen cabida en estas crónicas; podría explicaros por qué, y generar un debate, pero no lo creo necesario y, en todo caso, cualquier guía que se precie aborda estos temas con más conocimientos y datos que los que pueda aportar yo, incluso con fotos. Lo nuestro es caminar; recorrer las ciudades despacio y pulsar la rutina de la vida callejeando y visitando los barrios, utilizando el transporte público si es necesario. Hemos caminado tanto en este último viaje que algunos días superamos los 35 kilómetros de marcha, y cuando se ponía el sol, lógicamente, lo que más apetecía era llegar al hotel, abrir la puerta de la habitación y tumbarse. De modo que mis impresiones de viajero trotamundos se refieren, más que nada, a la descripción del ambiente callejero, a la observancia de la vida o a narrar algún encuentro casual. Hablaros de lo que se encierra intramuros en una ciudad no es lo mío, aunque no quiero decir con esto que hayamos renunciado a visitar los principales monumentos civiles y religiosos, a entrar en algún que otro museo o a acercarnos a aquellos lugares que consideramos que merecía la pena.
Nos despedimos de Ekaterimburgo subiendo, un día luminoso –tuvimos suerte–, al mirador de la torre Visotsky Business Center Lookout, 188 metros de altura. El edifico es un cilindro de acero y hormigón, revestido de cristal, inaugurado en 2011. Tiene 50 pisos y la mayoría son oficinas. Las vistas son espléndidas en días claros. Ahí los barrios abigarrados, los edificios pegados como si fueran colmenas, herencia y recuerdo de la época soviética; allá las chimeneas de las fabricas, los polígonos industriales; al norte lagos, bosques que se pierden en el horizonte; al sur y al este, lo mismo; al oeste el sol avanzando hacia Moscú sobre otro lago. Por el centro de la ciudad discurre el río Iset dándole vida, al tiempo que amalgama, pintando cuadros, los rascacielos más modernos con aquellos edificios, nobles y clásicos, que hicieron de Ekaterimburgo, en otra época, una ciudad próspera y capital de los Urales, a los que, por cierto, ni se les ve ni se sospecha dónde están, pues quedan más al norte, a varios centenares de kilómetros.
Ekaterimburgo tiene hoy un millón y medio de habitantes y el edificio abandonado más alto del mundo. Como un mástil perdido, hincado en medio del océano, la torre de la televisión rusa, que comenzara a construirse en 1988, quedó atrapada en el “colapso Perestroika”. Hoy es una columna de hormigón de 200 metros de altura (cuando estuviera acabada iba a tener 400) rodeada de hierbajos y flotando en el limbo, a la que los turistas dirigen sus miradas, que la consideran una atracción más de la ciudad; tan atractiva, casi, como la iglesia de la Sangre, levantada en el mismo lugar que estuvo la Casa Ipátiev, en cuyo sótano fue asesinada la familia imperial rusa, en 1918.
La última noche en Ekaterimburgo fue breve. A las 4,30 de la madrugada estábamos ya en pié; el tren Moscú -Pekín, que nos llevaría hasta Irkutsk, 3.334 Km. más al este, tenía su entrada anunciada por la vía 2, andén 4, a las 5,45 de la mañana. La salida era a las 6,00 horas en punto. Y ya sabíamos que los trenes rusos ni se retrasan ni esperan.

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